La economía antigua y la decadencia argentina

 SÍ, A UNA SOCIEDAD DE HOMBRES LIBRES! ¡ NO, AL ESCLAVIZANTE ESTATISMO!

El autor de nuestro Código Civil en su nota al art. 2503 expresó que para legislar la propiedad de la tierra “había juzgado que era más conveniente aceptar el derecho puro de los romanos”. Como puede leerse en los párrafos que más abajo transcribo era una solución contraria al sistema liberal establecido por nuestra flamante Constitución Nacional, aun hoy vigente. Con la adopción de tal Derecho nuestro país sufrió y sufre el mismo proceso de decadencia que derrumbó a Roma. Punto por punto. Podemos detener esa caída. Hombres de pensamiento y acción deben recuperar para nuestro pueblo la dignidad social de ser hombres libres. Para proponerlo y lograrlo aprendamos de la Historia , descubramos los perniciosos efectos del derecho Antiguo y pongamos en existencia los institutos legales diseñados por los hombres de Mayo. Apliquemos la voluntad democrática a crear una sociedad libre, igualitaria y fraterna como postula nuestra Constitución.
Hector Raul Sandler, profesor Consulto, Derecho, UBA.

Dice el historiador Toutain al final de su libro sobre la Economía Antigua:

Por último, y sobre todo, el Gobierno imperial creyó que podría dominar la crisis económica que sufría el mundo romano mediante remedios que resultaron peores que el mismo mal.
Para impedir la deserción de los campos, se esforzó por dejar clavados a los campesinos a la tierra; de ahí las constituciones que vinculaban a los colonos a los dominios en los cuales trabajaban. Aunque el colono no es un esclavo, “se parece a él en muchos puntos. Si el esclavo no puede abandonar a su dueño, el colono no puede abandonar la tierra. Su vínculo con la tierra es tan estrecho como el vínculo del esclavo con su dueño. Pertenece de algún modo a la tierra «para la cual ha nacido». Debe «servirla a perpetuidad. Es «una persona humana debida y sujeta al suelo» … Es significativo
que el legislador aplique al colono términos que sólo parecen convenir el esclavo.

Por motivos análogos, el Estado transformó en instituciones sociales las corporaciones de artesanos y de negociantes sobre las cuales no había ejercido al principio más que una fiscalización discreta, vigilancia legítima. Los desastres que habían reducido a la miseria muchas de las ciudades del Imperio habían asestado un golpe terrible a la actividad económica, a la industria y al comercio. El Estado confió a cada uno de esos trabajos a una determinada clase de ciudadanos,lo que formaban corporaciones que poco a poco se convirtieron en instituciones oficiales, en ruedas de la máquina Administrativa… (así) los armadores de buques, que al principio formaban compañías libres, que transportaban artículos de todas clases por su cuenta y por la de los ricos negociantes, así como por cuenta del Estado, pasaron, durante el Bajo Imperio, al servicio público; lo que transportan, son cargamentos del Estado; “están consagrados a la expedición de los artículos públicos”; su servicio se ejecuta bajo la vigilancia de funcionarios . Después de haber pasado revista a las diferentes corporaciones, todas las cuales, en mayor o menor grado, fueron víctimas de esa concepción.

Walzing concluye: “Ese régimen de trabajo estaba fundado en la coacción; en todas partes la mano del Estado; en todas partes su tiranía; en todas partes la fuerza recluta o sostiene a los trabajadores; en ninguna parte se encuentra la iniciativa privada, el trabajo libre. Ahora bien, nunca la fuerza ha favorecido la productividad del trabajo; los progresos industriales sólo resultan de la libertad… La coacción destruye la energía individual; disgusta y aleja de una profesión para la cual no se tienen condiciones, que no remunera, a la cual no nos liga ningún interés. Inevitablemente el trabajo tenía que disminuir; la productividad tenía que descender; el comercio tenía que desfallecer; era una consecuencia necesaria de esa reglamentación minuciosa y tiránica que suprimía toda libertad.

El Gobierno imperial quiso ir todavía más lejos. Para hacer bajar el costo de la vida que no había hecho más que aumentar durante el Siglo III, Diocleciano publicó en 301 su famoso edicto del precio máximo.
Después de una larga exposición de motivos, en la que el emperador desarrolla, no sin elocuencia, las razones de utilidad pública que han provocado la intervención del Estado, el documento va a parar al remedio necesario, el establecimiento de un precio máximo, aplicable a todas las mercancías, y que en ningún caso tendrá que ser sobrepasado.

Ese principio general va seguido por el cuadro de los precios, uniformemente fijados en denarios. Artículos alimenticios, materias primas, objetos fabricados, honorarios de las profesiones liberales, salarios de los obreros, son objeto de una enumeración tan completa como minuciosa. .. “Se necesitan sanciones, y éstas contienen el máximo rigor: pena de muerte para el comerciante que contravenga el edicto vendiendo por encima de los precios fijados; pena de muerte para el comprador que se preste a esa combinación; pena de muerte, por último, para los acaparadores y los detentadores de depósitos ilícitos.”

El resultado de la medida fue un encarecimiento inmediato de todas las cosas ; la aplicación rigurosa de las sanciones previstas no dio ningún resultado. Pronto hubo que renunciar a hacer observar el edicto. Juliano trató de renovar el experimento en 362; fracasó lo mismo que el de 30l.

Por último, los emperadores buscaron un remedio a la crisis económica en la reorganización de las finanzas y en la reforma de la moneda. Esa reorganización y esa reforma sin duda hicieron desaparecer algunos de los abusos, nacidos de la anarquía del siglo III. Pero los resultados obtenidos no fueron más que paliativos poco eficaces. La misma pesadez de los impuestos, ya en especie, ya en efectivo, que gravitaban ‘Sobre todas las clases sociales, no podía sino ser desfavorable a un enderezamiento económico de algún valor. En cuanto a la moneda, aunque se aportaron algunas mejoras a su acuñación y a su emisión, aun- que el nuevo sistema monetario instituido poco a poco por Aureliano, por Diocleciano y Constantino, por Juliano, representaba en comparación con la anarquía del siglo III, un progreso inmenso, fue impotente para impedir la depreciación progresiva de las piezas de plata y de bronce.

Así, cuando al final del siglo IV y al principio del V, los bárbaros, después de haber roto las últimas defensas que protegían al mundo romano, hicieron irrupción en el sur del Danubio y en el oeste del Rin, la economía antigua no se había restablecido del desorden en que la había sumido la crisis del siglo III. …no eran más que los restos, muy empobrecidos, de una prosperidad que no había dejado de decrecer desde hacía doscientos años por falta de paz, de seguridad, de libertad.

Las condiciones necesarias para la expansión y la fecundidad del trabajo humano, en todas sus formas, habían desaparecido a fines del siglo II. Después, no habían sido restablecidas. El Gobierno imperial no había conseguido hacer desaparecer las causas del mal ni había comprendido que la intervención abusiva y despótica del Estado era impotente para borrar sus consecuencias.

Sus primeros progresos han sido debidos a la pasión de los griegos por la libertad, a su gusto por las iniciativas a veces aventuradas; conquistando Asia, organizando sus conquistas bajo la inspiración de un amplio espíritu de tolerancia y de asimilación.
No ha comenzado a decaer sino el día en que, bajo el influjo de peligros exteriores e interiores, el Gobierno imperial ha creído que la autoridad pública era capaz de dirigir el trabajo de los hombres y que podía substituir su influencia, muy a menudo deprimente, a las inspiraciones fecundas de la libertad.

TOUTAIN J., LA ECONOMIA ANTIGUA, UTEHA, México, 1959, (ps.300-303)

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