LA CRISIS DE ORIENTE MEDIO

– Por Claudio Chaves –

Los grandes acontecimientos históricos dividen aguas, marcan a fuego una época y arrastran tras de sí una ola ingobernable capaz de modificar el escenario mundial, hasta que un nuevo ciclo instale otra agenda.

En los últimos doscientos treinta años se han sucedido tres de estos momentos liminares: La Revolución Norteamericana y su hija la Revolución Francesa, La Revolución Rusa de 1917 y la Revolución Liberal de 1989.

Cada uno de estos acontecimientos instaló un sistema de valores y principios.  Un ideario que alimentó luchas cifradas en la esperanza de un mundo mejor, en los marcos del relato construido por la obra revolucionaria.

Así la Revolución Norteamericana y la Francesa cedieron al mundo fundamentos sesgados a la libertad, la democracia, el libre mercado, la república, el voto universal, y este mensaje se extendió por el mundo a lo largo de más de cien años. ¿De que otra manera puede  explicarse la guerra de la independencia americana que no sea por los argumentos construidos en los hechos políticos franceses? El constitucionalismo y la organización republicana de los pueblos de América abrevaron en la fuente nutriente del liberalismo racionalista. Juan Bautista Alberdi lo explicaba magistralmente:

“La revolución Argentina es un detalle de la revolución de América, como esta es un detalle de la de España; como esta es un detalle de la revolución Francesa y Europea.” [1]

Así las cosas, este ciclo iluminó al mundo a lo largo de más de cien años. Como decía Perón: “Todos somos hijos del liberalismo creado en la Revolución Francesa”. (Discurso en el Colegio Militar de 1952. Citado por Ángel Pérelman “Como hicimos el 17 de Octubre”)

Sin embargo el ciclo revolucionario iniciado en 1776 tuvo marchas y contramarchas. Avances y retrocesos.  Por ejemplo, la derrota de Napoleón en 1815 abrió un período de conservadurismo signado por la Santa Alianza y la restauración del absolutismo que pretendió alcanzar al continente americano y aplastar la revolución independentista y democrática que se expandía con gran fuerza, puesto que las coronas europeas, al decir de Chateaubriand, temblaban ante la posibilidad de que:    “Si el Nuevo Mundo se convierte en república, perecerán las monarquías del Viejo Mundo” [2]

Luego, en 1830,  comenzó un nuevo ciclo revolucionario que abrazó a Francia, quién reemprendió el camino iniciado el siglo anterior,  para profundizarse  en 1848.  En este caso en toda Europa.

En síntesis, ascensos y descensos de la marea revolucionaria que de todos modos evolucionaba en  la idea que acuñara Lenín “dos pasos adelante y uno  atrás”

Ya en siglo XX y ante la crisis del modelo de crecimiento liberal, por un lado, y la Primera Guerra Mundial, por el otro, el sistema capitalista se resquebrajó por el “eslabón más débil”  y en 1917 se produjo la Revolución Rusa.

 

OCTUBRE DE 1917

 

El socialismo, el comunismo, el marxismo o el capitalismo de Estado en el poder, o como quiera que se le llame, abrió un nuevo escenario.

Ciertamente estos acontecimientos no irrumpieron de la nada. Todo un proceso previo de pensadores, filósofos y artistas habían minado desde el saber, la atmósfera intelectual del progreso indefinido.

Emergían, de esta forma, dos grandes alternativas al liberalismo en crisis: el sovietismo y el nacionalismo, que guardaban algo en común: la herramienta del Estado para el “mejor” gobierno de los hombres.

Se puso de moda el Estado interventor (para decirlo de alguna manera).

El liberalismo incluso debió conceder al nuevo Dios del siglo XX y entonces Lord Keynes arrimó la solución teórica habilitando el puente por el que cruzaron los últimos liberales. El círculo se había cerrado.

Otros paradigmas fueron construyéndose a lo largo del siglo XX impulsado por las nuevas ideologías de la “salvación por todos”.

La planificación centralizada y estatal, el industrialismo forzado como garantía de riqueza y poder, mercados auto-centrados y herméticos, el derecho de las masas populares al poder o dicho de otra manera la clase obrera sería en este siglo el nuevo sujeto histórico del cambio y el progreso.

Otro paradigma del siglo, también  una consecuencia de la Revolución Rusa, o mejor dicho de una revisión del marxismo llevada adelante por Lenín, fue  el concepto de naciones opresoras y naciones oprimidas en el marco de su idea sobre el imperialismo.

“La guerras nacionales libradas por las colonias y semicolonias no son solo probables sino inevitables. Las guerras nacionales contra las potencias imperialistas son progresistas y revolucionarias”  [3]

El esquema de Lenín incluyó fundamentos básicos del nacionalismo: autonomía nacional respecto del capitalismo mundial, protección del mercado interno, desarrollo industrial. El revolucionario ruso fue el puente entre el marxismo y el nacionalismo. ¡Si hasta la CEPAL incorporó el esquema bautizándolo: centro y periferia.

De todos modos el avance del comunismo y del nacionalismo, esto es, del intervencionismo de Estado tuvo adelantos y retrocesos en el período, entendiéndolo en los términos ya citados de Lenín “dos pasos adelante y uno atrás” lo que determinó que en la década del 60’ la idea rectora en el mundo fuera “que el capitalismo de libre empresa y el sistema de mercado son instrumentos para explotar a las masas, mientras que la planificación económica central es la tendencia del futuro que colocará a sus  países en la senda del progreso económico rápido” [4] El comunismo y el nacionalismo habían impuesto su cosmovisión. Restaba el zarpazo final al poder mundial.

En síntesis al estar en la etapa más alta del capitalismo la revolución socialista se hallaba a vuelta de página, así lo creía Lenín y el conjunto del firmamento marxista para quienes siempre se está en vísperas de la Revolución. Sin embargo algo falló. Algo salió mal.

 

UN NUEVO SALTO CUALITATIVO DEL CAPITALISMO

 

Las dos guerras mundiales fueron un trágico ejemplo de guerras ínter imperialistas, desde esta perspectiva el marxismo tenía razón, sin embargo concluido el conflicto el capitalismo curó sus heridas, se unificó bajo organismos internacionales enfrentó a la Unión Soviética en la Guerra Fría y el imperialismo tal cual lo había comprendido Lenín, desapareció.

Las enormes inversiones extranjeras en Japón, Malasia, Singapur, Corea, Taiwan y Hong Kong vinieron a demostrar que no era necesario romper con el circuito capitalista mundial (imperialismo) para alcanzar el desarrollo industrial y tecnológico.

La caída de la Unión Soviética, la tercera revolución industrial y el fin de la Guerra Fría indicaba una nueva revolución capitalista que dejaba atrás los argumentos ideológicos del mundo que fenecía. Adiós al comunismo, al nacionalismo, al intervencionismo, al keynesianismo puesto que una nueva realidad se imponía tras el desmoronamiento del siniestro Muro de Berlín.

 

 

1989.

 

“Al inicio de los 80’ comenzaron a soplar vientos de cambio en la marcha de la humanidad que cobraron impulso durante esa década y aún después; en el comienzo de los años 90’ barrieron todo lo que se ponía por delante y promovieron en el paisaje global una transformación fundamental. Los años ochenta fueron una de las divisorias de aguas de la historia moderna. El espíritu de la democracia recobró confianza y se difundió” [5]

A este concepto de libertad y democracia debemos añadirle el definitivo triunfo del capitalismo que se ha transformado en dueño del universo terrenal.

Con esta victoria se hunden los preceptos fundantes del período anterior: el intervencionismo de Estado, la subsidiariedad, la planificación central como modelo de gestión y todas aquellas formas que han hecho del Estado y la salvación por la sociedad, lo substancial de su pensamiento.

Un nuevo mundo emerge del naufragio de las ideologías totalitarias. La individualización se instala como paradigma, al igual que la libertad, la democracia y las instituciones. Lo que para algunos es positivo:

“La sociedad nunca anduvo mejor. Todas las economías dirigistas han fracasado, de modo que el neoliberalismo actualmente es el único sistema económico que más o menos funciona. La democracia ha progresado mucho en los últimos veinte años, por supuesto no son perfectas, pero los derechos fundamentales son respetados y las garantías jurídicas existen” [6]

Para otros, es desesperanzador y angustiante. El conocido sociólogo francés Jean Baudrillard le respondía de este modo a un periodista que lo abordaba con preguntas acerca de los acontecimiento del 89’ y que al sociólogo entristecían.

Periodista: ¿Estamos condenados?

No lo sé. Los análisis tradicionales (el crítico, el marxista, la filosofía en general) no pueden afrontar la actual situación. Se acabaron las trascendencias, las esencias y las finalidades que lo explicaban todo. Sólo quedan los acontecimientos puros. Desazón y desesperanza” [7]

 

EL PORVENIR

 

Los vientos revolucionarios de 1989 signan  una nueva etapa de la historia. Al igual que 1776 o 1917 propone un relato y una agenda. Podríamos resumirla de este modo: Fin de la Guerra Fría, triunfo de la economía de mercado, individualización, democracia, libertad, adicionándole  los principios irrenunciables de la Revolución de 1917, como es  el derecho de los pueblos a gobernarse y a la justicia social. Un nuevo liberalismo humanista volcado a satisfacer las necesidades de los pueblos.

El período que se ha abierto a fines de los ochenta, vivencia, al igual que los otros de impulsos proactivos y reactivos. Pero como decía Lenín “dos pasos adelante y uno atrás.

Los noventa fueron un torbellino. El capitalismo abrazó la totalidad de la geografía mundial con excepción de Cuba. Luego en el dos mil creció un período reactivo especialmente en América Latina con Chavez, Kirchner, Evo Morales, los primeros minutos de Lula, Ortega y Correa.

Diez años después un nuevo envión democrático y liberal sacude a Medio Oriente. La onda expansiva no cesa.

De que otra manera pueden explicarse los acontecimientos de Tunez. Egipto y Libia que no sea a la luz de los nuevos tiempos abiertos tras la caída del Muro de Berlín.

Las movilizaciones populares  desplazan a políticos de distinto firmamento ideológico y lo hacen porque  expresan el pasado. Son antiguallas de la  Guerra Fría que ya no explican nada, y a los pueblos no les interesa.

Fidel Castro bramando a favor de Khadafi suena tan antiguo como un minué en el Rockefeller Center.

Cae un Presidente amigo del capitalismo internacionalizado y de los EE.UU.,  Mubarack, pero   también  Khadafi  enemigo del capitalismo liberal  y de Occidente. ¿Es que el pueblo egipcio simpatiza con el antiguo Tercer Mundo y los libios con los EE.UU.? Evidentemente no es así. Hay un solo impulso que iguala a los pueblos y ese ímpetu es la búsqueda de la libertad, la democracia y la justicia social en el marco de las instituciones republicanas y la convivencia. Este mundo es ajeno y extraño a Castro y a Chavez, francamente no lo entienden. Sospecho que también al kirchnerismo.

Estas revoluciones populares son esperanzadoras en la medida que revelan una enorme voluntad de participación y modernidad por parte de pueblos que creíamos adormecidos por años de maltrato. Es también una lección para los EE.UU. que ya debe comprender, al menos su élite gobernante,  que la democracia y la libertad no se exportan en carros de asalto.

De prosperar, es posible que veamos florecer, en un futuro no tan lejano la ansiada paz en esta región tan golpeada por la Guerra Fría. Es momento  de comprender que no se puede gobernar arbitrariamente “hasta el fin de los tiempos”

 

CLAUDIO CHAVES


[1] Alberdi, Juan B.: Escritos Póstumos. Ed. Imprente Europea. Bs. As. 1896. Pág. 70.

[2] Kossok, Manfred: Historia de la Santa Alianza y la Emancipación de América Latina. Ed. Sílaba. Bs. As. 1968. Pág. 67.

[3] Lenín, Vladimir I.: El Imperialismo etapa superior del capitalismo. Ed. Anteo. Bs. As. 1974. Pág. 106.

[4] Friedman, Milton y Rose: Libertad de elegir.  Ed. Planeta. España 1993. Pág. 84.

[5] Johnson, Paul: Tiempos Modernos. La Historia del Siglo XX desde 1917 hasta nuestros días. Ed. Vergara. Bs. As. 2000. Pág. 856.

[6] Revel, Jean-Francois: El Liberalismo nunca anduvo mejor. En La Nación 27/04/05.

[7] Baudrillard, Jean: El País. Madrid. España. 123/04/04

 

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