El aparato propagandístico del poder

– Por Ricardo Gamba –


Si algo no puede negarse al Kirchnerismo es astucia. Con su frontal ataque al “monopolio” comunicacional, ha logrado ocultar el montaje del más sólido y eficaz aparato propagandístico que cualquier gobierno haya tenido después del peronismo  del primer período.

Contra la obviedad de las tapas de los diarios y los editoriales comprendió que no es allí donde esta el verdadero poder propagandístico. Construyo de esta manera un sutil aparato comunicacional, tanto mas poderoso cuanto mas oculto es, encargado de difundir el relato oficial. Este relato se construye alrededor de una vieja y sencilla idea: la de la repetición sistemática de unas pocas consignas sencillas y de afirmaciones definidas por su utilidad antes que por su veracidad, capaces de ser tomadas y repetidas por cualquier hombre común, e incluso por opositores.

La punta mas visible de esta pirámide comunicacional es el polémico 6,7,8. Está dirigido no al público en general sino a la militancia, a los periodistas amigos y a un difuso pero sistematizado grupo de reproductores. Es la fuente que unifica el discurso y desde donde se derrama el estructurado relato del poder.

Su estructura repetitiva de consignas, la insistencia en los temas y enfoques “del día”, la fijación de los blancos a los que hay que dirigir los dardos, la información que debe ser reproducida, están evidentemente dirigidas a un complejo y difuso universo de intermediarios en la comunicación.

 

Ese universo tiene algunas expresiones visibles como los programas al estilo de Victor Hugo Morales, los noticieros de los canales amigos o diarios financiados por el gobierno. También programas menos ortodoxos, al estilo de Duro de domar, que incorporaron el formato de la TV cholula a la política.

 

Pero a partir de este nivel ya comienza a jugar lo novedoso del modelo comunicacional.

 

Una parte de él es, paradójicamente, un conjunto muy variado de periodistas que están en los medios “monopólicos”. La presentación de los medios como emisores de la palabra de la empresa, oculta la diversidad de periodistas que, por convicción o ingenuidad, son difusores de las consignas oficiales. Un periodista que en medio de un articulo crítico desliza, casi al pasar, “lo notable de la presencia juvenil en el sepelio de Kirchner”,  ya está trabajando para el aparato oficial. Son ellos, junto a dirigentes opositores que caen en la trampa, los que han permitido que se instalen verdades a medias o directamente imposturas, como las de que el Kirchnerismo sacó al país de la crisis económica, que existe un modelo distributivo o que designaron una corte “de lujo”.

 

Esta presencia del discurso oficial en los medios “opositores”, tuvo su más rotundo éxito en la cobertura del sepelio. Allí se instaló la visión de los hechos generada en las usinas oficiales, en la que incautamente cayeron todos los medios.

 

A partir de acá, el aparato comunicacional empieza a discurrir por otros carriles. Uno de ellos es la organizada incorporación de los artistas. Su uso ya no es el de ponerlos como candidatos, sino el de utilizar su presencia mediática para dar respaldo a la historia oficial. Muy junto a ellos aparece la cohorte de los intelectuales, encolumnados por intermedio de Carta Abierta.

 

Y finalmente esta la disciplinada reproducción que hace la militancia de las consignas obsesivamente remarcadas en 6,7,8. Esta reproducción se produce por muy diversos medios, desde el contacto personal hasta la legión de blogers y participantes de las redes sociales que machacan hasta el cansancio el puñado de consignas y de datos que estructuran el discurso. Repite, repite, que algo quedará.

 

Artistas, dirigentes, periodistas, intelectuales, militantes, no casualmente los obligados invitados de cada día en 6,7,8, se ven en conjunto como un disciplinado ejército de que repite incansablemente las mismas consignas, las mismas formulas, el mismo sermón que deberá convertir a los infieles.

 

El éxito de esta maquinaria esta definido por la capacidad que tenga de superar el círculo de militantes y aliados. Esto sucede cuando el público común comienza a repetir ingenuamente, por sentirlo en el ambiente, las mismas consignas, considerándolas como evidentes simplemente porque las dice todo el mundo. Ya aquí esta oculto que son parte de un discurso sistemático y organizado. Allí donde las ideas son anónimas, cuando se escucha en el bar, en la panadería, en la escuela o entre los amigos, es cuando el aparato ha triunfado.

 

Hay en este montaje una evidente influencia de las teorías gramscianas acerca de la construcción de un discurso “contrahegemónico”. Lo notable es que se ha invertido la relación: no se trata, como en Gramsci, de la creación de un discurso de la sociedad civil independiente del estado, sino un discurso que brota del poder del estado para conquistar a la sociedad civil.

 

Para poder efectuar semejante inversión es que se construyó el enemigo Clarín. El ataque contra “los monopolios de prensa” es la llave del montaje propagandístico: para que esta estrategia sea exitosa, es necesario que se presente como discurso del contrapoder redentor que se levanta desde la sociedad oprimida contra el injusto opresor. Solo que el opresor, ahora, no es el estado sino un diario.

 

Lo ridículo de la idea de que el poder de un diario, incluso de todos,  sea mayor que el poder del estado y que la liberación de la sociedad se produzca por medio de un discurso instaurado desde el poder estatal, no parece molestar a nadie. Pero no importa que sea absurdo. Es peligrosamente eficaz.

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