CUANDO LA LEYENDA SE VUELVE HECHO, SE PUBLICA LA LEYENDA

Por Pierre De Vitton* – Investigación Foro Republicano –


Néstor Kirchner ha muerto. Pasado el impacto provocado por su fallecimiento, llega el momento de hacer un primer análisis de la herencia que nos lega su presidencia. Antes que nada, cabe preguntarse si es justo analizar a un personaje histórico sin gozar de la perspectiva necesaria para ello. El tiempo moldea y le da forma a la historia. A veces también suele distorsionarla. Por eso es necesario ser precavido a la hora de escribir sobre un personaje histórico como Kirchner.

La visión que se tiene ahora de Néstor Kirchner seguramente no será la misma de la que tendremos dentro de 10 años. 10 años es el tiempo normal de maduración y de digestión, 10 años permiten atenuar, redondear los ángulos mas marcados de los conflictos simbólicos inspirados por todo personaje que haya ocupado un espacio importante en la historia de su país. Recién dentro de una década estaremos en condiciones objetivas de hacer un análisis más sereno sobre lo que significó Kirchner para la Argentina. ¿Si Menem hubiese muerto en 1998 antes de la recesión que empezó al año siguiente por culpa de sus políticas económicas, hubiésemos tenido en aquel momento la misma visión del ex-presidente riojano de la que tenemos ahora con una perspectiva mayor y conociendo las consecuencias que trajeron a posteriori sus políticas económicas? Seguramente que no.

En política, como en todo movimiento que afecta a las masas, la percepción muchas veces pasa a ser considerada como realidad. El primer análisis debe superar la percepción para hablar de hechos concretos. ¿Qué generó un personaje como Kirchner en la política Argentina? Antes que nada, mucha controversia. Hasta quienes no concordaban con sus ideas y su manera de hacer política no niegan que Kirchner ocupa un lugar de peso en la historia argentina reciente, aunque sea por el enorme poder que detentó. El estupor que generó su muerte, no solo entre sus condiscípulos sino también entre sus opositores, no se debe únicamente a su brusquedad. Algo más insidioso se esconde detrás del simple recogimiento frente a la muerte y esta vinculado con una especie de fascinación del ser humano por el poder y hacia el hombre que lo detiene.Kirchner fue antes que nada un aventurero político. Entendió que las grandes aventuras políticas son las de un hombre y no las de un pequeño grupo o de las masas. Las masas producen representantes pero no producen jefes. Para presidente de la Republica, uno elige a un jefe y no a un comité. Y Néstor Kirchner actuó siempre de jefe. Ejerció el poder con tanta decisión, con tanta voracidad y de un modo tan férreo (por lo menos en apariencia) que generó respeto y adhesión entre sus admiradores, temor y recelo entre sus opositores. Por eso la sensación de vacío y de titubeo que predominan en el oficialismo y en la oposición desde que se dio a conocer la noticia de su muerte. La desaparición de un jefe, de una persona que constituye el centro neurálgico alrededor del cual todo organismo se articula, siempre deja una sensación de desorientación que tiende a idealizar (a veces de manera inmerecida) al líder que se fue.

Para hablar de Kirchner, conviene antes que nada hacer la distinción entre el jefe y el estadista. No son siempre lo mismo. Si bien todo estadista es un jefe, no todo jefe es un estadista. El estadista es el líder auténtico, es quien detiene un poder verdadero y no ilusorio. Y si bien todo poder se basa sobre la percepción del mismo, eso no siempre significa que sea verdadero. Una vez hecha esta sutil distinción, debemos preguntarnos a qué categoría pertenecía Néstor Kirchner. ¿Fue solamente un jefe? ¿O fue un estadista? Una de las cualidades más valorables de los estadistas -y la más certera para detectar quién es un verdadero estadista y quién solamente simula ser uno- es la capacidad de cambiar la visión popular. Todos los jefes políticos, y más aun en una democracia, se fijan mucho en las encuestas populares y las usan como un marco de referencia importante para concebir su hoja de ruta política. Pero pocos son aquellos verdaderos líderes que en lugar de seguir como ovejas a las encuestas en cada momento, se proponen transformarlas al generar un cambio en el punto de vista de la opinión pública cuando la causa lo merece. Ese es el estadista. El deber de un estadista reside en aceptar y asumir a veces una impopularidad pasajera para hacer triunfar a una gran idea. Un jefe incapaz de correr voluntariamente el riesgo de la impopularidad no puede ser un verdadero líder. A la luz de esta definición, esta es la pregunta que uno tiene que hacerse cuando recuerda las acciones de Kirchner.

El estilo construcción/deconstrucción

Gritos y furores en el Congreso y en el Senado, degradación general de los términos de un debate público que ya no trata las cuestiones de fondo, rabietas e invectivas en el ámbito internacional, con Uruguay por las papeleras y con Chile por el gas y el caso Apablaza Guerra. Deconstrucción, histerización: estos han sido los dos defectos mayores del liderazgo Kirchner, cuya explicación más allá del temperamento del hombre en sí, reside en el superpoder presidencial. La deconstrucción fue una estrategia política predilecta de Kirchner y seguía siempre a su fase de construcción. Ejemplo: los movimientos sociales más radicalizados (gremios de izquierda, piqueteros, organismos de los DDHH). Al principio de su presidencia, Néstor Kirchner pareció ser quien iba a domar y calmar la extrema izquierda, engatusándola, comprándola y negándose a criminalizarla cuando esta se lanzaba en iniciativas anti-democráticas (cortes de calles, violencia sindical, boicot de diarios y trabas múltiples a la libertad de elección y de expresión etc). Lo que ninguno de sus predecesores había conseguido o ni siquiera intentado. Esa complacencia K hacia la extrema izquierda totalitaria y su reivindicación de los ideales setentistas provocaron rápidamente una escalada de emoción, de protestas y de radicalización de los clivajes ideológicos polvorientos al punto de que hasta la Iglesia empezó a tomar la costumbre de opinar sobre todo. Resultado: Néstor Kirchner, para gran parte de la población se volvió quien rehabilitaba las tesis del terrorismo de la extrema izquierda intolerante de los 70, alienando parte del electorado moderado que empezó a refugiarse en la figura del vicepresidente Julio Cobos.

El problema de Kirchner siempre fue su personalidad de jefe descarado. No tenia ningún filtro, ninguna reticencia en decir lo que pensaba y en darle rienda suelta a su ira. Al designar a su esposa como su heredera en la Presidencia, se había instalado en verdadero poder detrás del poder, una suerte de presidente de facto sin límites que no tenía ningún cargo electoral pero ocupaba el poder a pesar de todo. Por eso gran parte de la sociedad argentina se sentía insegura e incomodada por su influencia. Cada nuevo dia uno se preguntaba qué nuevo límite o qué nueva frontera Kirchner iba a autorizarse a sobrepasar. En realidad, la división que Kirchner provocaba entre los argentinos nos confrontaba cotidianamente a una cuestión institucional fundamental para toda democracia y que casi nadie en Argentina suele tomar en serio: el concepto del superpoder presidencial.

Pero a pesar de las críticas hacia su estilo político y su herencia, Néstor Kirchner dejó la Argentina en mejor estado en el 2010 que cuando asumió como presidente en el 2003 y eso también hay que recordarlo. La situación económica mejoró a pesar de una inflación galopante en los últimos 3 años -pero en manos de un verdadero estadista, la economía Argentina debería estar funcionando de manera sobresaliente ya que es un país que posee todas las virtudes para funcionar como una economía de país desarrollado. Los movimientos sociales extremistas parecerían menos volátiles que en los 2 años que siguieron a la crisis del 2001, por lo menos hasta el caso Ferreyra el mes pasado. Kirchner se beneficio del contexto económico internacional más favorable que tuvo la Argentina en toda su historia y el mayor reproche que se le podría hacer es que no supo aprovechar a pleno esa oportunidad única para sacar a la Argentina del subdesarrollo. Sin embargo la vida de muchos argentinos ha mejorado desde el 2003. Pero en medio del barullo desatado por la cantidad de atropellos institucionales perpetrados por el kirchnerismo mientras Néstor vivía, pocos podían recordar los avances logrados por la Argentina durante su liderazgo. Las intervenciones brutales de Kirchner en todo tipo de asuntos (pequeños o grandes) solo creaban tensión ahí mismo donde debía tranquilizar y proteger.

Esa costumbre tan kirchnerista de concebir el poder a través de la confrontación creaba una lógica guerrera en la sociedad con una fidelidad total de sus defensores (lo que explica las escenas de viva emoción en su velatorio) y un rechazo visceral de sus opositores que el propio Kirchner (con la complicidad de sus militantes) se encargaba de exacerbar al tratarlos como  enemigos y no como simples opositores. La epidemia de inseguridad que sufre el país estos últimos tiempos se inscribe en esa misma lógica de fractura social provocada desde el oficialismo y pudo desarrollarse porque encontró un terreno fértil para eso.

Kirchner no ha sabido concebir un modelo de país que incluya a todos los argentinos y eso le impide ser considerado un estadista. Ha sido en realidad un jefe corporativista, es decir un caudillo que monopolizo el poder (con fuertes sospechas de corrupción mientras lo ejercía) para gobernar solamente para algunos argentinos y no para TODOS los argentinos. Hasta el último día de su vida siguió negando la legitimidad de los reclamos del 70% de los argentinos que no votaban por él y no concordaban con sus ideas y su manera de hacer política. Eso lo fue aislando de la sociedad y transformó su poder en un ejercicio de sordera absoluta. Solo eso puede explicar su negación en aceptar la existencia y su total inacción para hacerse cargo de los 2 problemas que más preocupan la inmensa mayoría de los argentinos: la inseguridad y la inflación.

Un poder solitario que no escucha.

Tanto en materia política, económica y social, Néstor Kirchner nunca acepto tener a su alrededor verdaderos interlocutores. Ni siquiera su esposa podía convencerlo de tomar una decisión que él no quería tomar. Excepto Hugo Moyano, nadie en su entorno cercano se animó jamás a contradecirlo en la cara. Los únicos que en algún momento lo intentaron (Alberto Fernandez, Roberto Lavagna, Gustavo Beliz) fueron despedidos sin miramientos e inmediatamente catalogados por los militantes K como traidores de la causa « popular » (que de popular no tenía mucho ya que en las elecciones del 2009 solo cosecharon el voto de menos de un tercio de los argentinos). Hay que decir que Néstor Kirchner siempre se considero a si mismo como el único competente. Es así como la ausencia de filtros y de peritajes de comprobación -ni hablar de contrapoderes- hacía que Néstor Kirchner, cuando ya no controlaba una situación, no tenía mas a nadie que le soplara en la oreja que podía actuar de otra manera. Esto explica sus increíbles errores de juicio en los últimos 2 años, errores que podría haber evitado si hubiese sabido escuchar.

Pero quizás el Kirchner de la última hora, el mismo que rechazaba toda moderación y todo sentido común, quizás ese era el verdadero Kirchner… Podríamos pensarlo, mismo si nunca tendremos la respuesta definitiva de este misterio porque al morir, Kirchner nos legó el enigma de saber quién se escondía detrás de ese hombre con 1000 caras: capaz a la vez de luchar activamente por los derechos humanos al anular las leyes de amnistía y luego darles la espalda por completo al otorgarle un injustificado asilo político a un terrorista como Apablaza Guerra. Capaz de luchar por la justicia al promover la reforma de la Corte Suprema menemista de la década del 90, para después intentar pervertirla a través de una larga campaña de agresiones a la justicia independiente, reformando el Consejo de la Magistratura para que este se vuelva un organismo adulterado que termine produciendo algunos jueces impresentables como el caso de Faggionato Marquez. Capaz también de denunciar desde los atriles del poder la corrupción política mientras su propio patrimonio económico aumentaba de manera alucinante y desenfrenada (e injustificada) a través de practicas deshonestas como la adquisición de tierras fiscales a precios artificialmente reducidos, la desaparición inexplicable de los fondos de Santa Cruz que tenia bajo su mando o las transacciones financieras con delitos de iniciado incluidos. Sin olvidar de mencionar también las practicas escandalosas de corrupción de su entorno más cercano (el caso de Ricardo Jaime, de Felisa Miceli, etc). Todas estas contradicciones forman también parte de su legado. Las escenas de tristeza y de emoción popular en su velatorio (en su mayoría genuinas) no pueden sin embargo esconder debajo de la alfombra los graves errores cometidos porque eso también era Kirchner.

La fascinación argentina por la necrofilia ha permitido muchas veces en el pasado la falsificación de la verdad para reemplazarla por el mito. La prensa y los medios de comunicación, bajo influencia del reflejo políticamente correcto de no querer criticar a un muerto, eligieron descartar la objetividad y le dedicaron a Kirchner un panegírico digno de los mas grandes estadistas, cosa que Néstor Kirchner jamás ha sido. Quizás haya que ver en ese exceso de complacencia hacia un jefe muerto un defecto característico de los medios de comunicación modernos que disfrutan más del mito que de la verdad porque el mito se vende mejor en momentos de gran emoción popular como la muerte de un ex-presidente. En la extraordinaria película de John Ford, « Un tiro en la noche», cuando el periodista descubre que el respetable senador que todos creían ser un héroe no es nada mas que un fraude, se niega a pesar de todo a publicar la verdad porque entiende que el público prefiere creer en su héroe y se rehusaría a aceptar la realidad: «cuando la leyenda se vuelve hecho, nosotros publicamos la leyenda» -declara entonces para justificar su decisión.

Da para pensarlo en el caso de Néstor Kirchner.

 

*Lic. en Ciencias Políticas, University of Bristol, Inglaterra. Maestría en Ciencias Sociales, Politica  y economia comparativa en Latinoamérica, Universidad Paris III- La Sorbonne, Francia.
http://www.fororepublicano.com

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