Kirchner, a todo o nada en la provincia

Por Carlos Pagni – para La Nación –

En la provincia de Buenos Aires votan 10 millones de personas, que constituyen el 37% del padrón nacional. En su empobrecido conurbano, donde crecen la marginación y la inseguridad, reina el clientelismo, expresión lamentable de una crisis política que se va volviendo crónica. Desde que Eduardo Duhalde lo bendijo en el año 2003, el proyecto de poder de Néstor Kirchner dependió de esa demografía. Único distrito de gran magnitud en el que los comicios locales serán simultáneos a los nacionales, Buenos Aires determinará el destino de la sucesión presidencial.

Estas razones son suficientes para comprender la importancia de esa batalla. Sin embargo, en el caso de Kirchner se vuelve todavía más relevante: necesita un extraordinario triunfo bonaerense para compensar su mala performance en Santa Fe, Córdoba y la Capital Federal. Sus augures ya le indicaron que, para que su candidatura supere el 40% de los votos en la primera vuelta, debería rondar el 50% en Buenos Aires. Es un desafío gigantesco para quien viene de perder en ese distrito. Para colmo de males, el PJ disidente puede atraer a la clientela oficialista con un candidato de dimensión presidencial como Francisco de Narváez. Sobran los motivos, entonces, para que Kirchner se sobresalte pensando en Buenos Aires. De esta obsesión son hijas las sucesivas estrategias que garabatea, nervioso, en Olivos. Pero ninguna de ellas garantiza, por ahora, un triunfo sobre el adversario. Eso sí: todas amenazan con el fracaso de algún aliado. Las primeras víctimas de la ansiedad de Kirchner son los intendentes peronistas del conurbano. El pretende que se habiliten varias candidaturas a concejal, intendente, legislador o gobernador, que confluyan en una misma fórmula presidencial. Son las denominadas “listas colectoras”. Ese sistema perjudica sobre todo a los caudillejos municipales, porque al amparo de la boleta de Kirchner multiplica un sinfín de aspirantes que compiten con ellos.

Kirchner cree que se lo tienen merecido. Está convencido de que la derrota del año pasado se debió, sobre todo, a la traición de los intendentes. Los números colaboran con esa percepción tan poco autocrítica: hay localidades donde sus amigos le llevaron más de 20 puntos de ventaja. ¿Amigos? Ese peligro sigue estando allí, y no se debe a que los alcaldes sean más desleales que el resto de la corporación. El problema es que los dirigentes del conurbano han agotado su sensibilidad política en la administración material de una cotidianeidad despiadada. Kirchner con “su proyecto” -igual que, en horas anteriores, Carlos Menem o Eduardo Duhalde con los suyos- son anécdotas que los tienen sin cuidado. Los intendentes actúan para una gobernabilidad de emergencia, que sólo se controla desde la mayoría del Concejo Deliberante. ¿Qué importa que, para obtener esa mayoría, haya que pactar con candidatos a presidente de otro partido? Kirchner no tiene derecho a quejarse: gracias a ese pragmatismo capturó a radicales como Gustavo Posse (San Isidro) o Enrique García (Vicente López).

En Olivos disponen de un par de instrumentos para amenazar a los intendentes. El más dócil es el Movimiento Evita, organización social liderada por Emilio Pérsico y Fernando “Chino” Navarro. ¿Servirá también Hugo Moyano a esta táctica? El llegó a la conducción del PJ bonaerense venciendo la resistencia explícita de varios intendentes. Al final lo aceptaron, sobre todo cuando expuso este argumento: “Si no te gusta, podés tener algún problema con la recolección de basura; no te olvides”. Sigue siendo irrefutable: para un peronista no hay nada peor que otro peronista. Conclusión: Moyano ejerce ahora, con el resignado consentimiento de Kirchner, la conducción del PJ bonaerense. Pretende ver a un sindicalista secundando a Scioli y que en cada municipio haya concejales de la CGT. “Como en tiempos de Calabró”, recuerda. En los municipios ya registraron a este nuevo verdugo.

Igual que los intendentes, Daniel Scioli es la otra víctima de Kirchner. El gobernador aprendió tarde que la sed de dominación del santacruceño carece de un punto de saciedad. En Olivos ya se olvidaron de las autoflagelaciones de Scioli durante el conflicto agropecuario y de su incineración en la hoguera de las candidaturas testimoniales. Ahora Scioli es el que “no tiene gestión en la provincia”, “le estalló de nuevo el problema de la seguridad” y “no sabe armar alianzas”. Kirchner sabe que esas deficiencias eran las virtudes gracias a las cuales se le podía ceder a Scioli el timón de la provincia sin mayor riesgo. De allí que los reproches sean, en realidad, coartadas para anegar el distrito con candidaturas que compiten con la del gobernador. Kirchner, para quien el infierno siempre son los otros, explica: “El año pasado perdí también porque me dejaron solo; ahora los quiero a todos juntando votos”. Esta es la razón por la cual promueve a Sergio Massa, a Alicia Kirchner, a Florencio Randazzo, a Aníbal Fernández y hasta a Amado Boudou a la gobernación. ¿Que Scioli se perjudica? “Puede ser, pero él hace su juego para sacar más votos que yo, como hizo en 2007 con Cristina”, se autoabsuelve Kirchner.

No todas las postulaciones prosperarán. Ya lo demostró Aníbal Fernández, con inesperada sinceridad, al reservarse un lugar en el club Quilmes previendo la retirada general del kirchnerismo. En la Casa Rosada aventuran que sólo quedarán Scioli, Massa y Randazzo, que deberían competir en una interna para mayor gloria del jefe.

La estrategia de Kirchner exhibe dos debilidades. La idea de multiplicar hasta el infinito apoyos contradictorios entre sí suele ser exitosa cuando el candidato que encabeza la pirámide conduce a la victoria. En la declinación, las innumerables colectoras pueden facilitar innumerables traiciones. No conviene ilusionar a todos cuando no hay lugar para todos. La otra fisura es que, en el mejor de los casos, Kirchner podrá servirse de su ejército en la primera vuelta. En el ballottage, si llega, estará solo.

Más allá de estas dificultades, el oficialismo fracasó en su objetivo más ambicioso. De Narváez no competirá en la interna del PJ por la gobernación. Para Kirchner, que había soñado con arrebatarle al peronismo disidente la pieza principal en el distrito principal, es una pésima noticia. Y lo deja saber: cuando comenta, exaltado, la reunión en la casa de Héctor Magnetto, “el Colorado” es el que se lleva los insultos más gruesos. El aludido declara: “Tengo cuatro límites, que son Kirchner, su esposa, Scioli y Massa”.

De Narváez disfruta de los movimientos del kirchnerismo. No sólo mejoran su cotización en el PJ disidente, hasta lograr que su apoyo se vuelva crucial (promete no elegir candidato hasta abril, esperando a Carlos Reutemann). Al hostigar a Scioli, el Gobierno también le facilita la victoria. ¿Será un desenlace buscado? Como esos dibujos que, puestos boca abajo, muestran una figura distinta y coherente, la estrategia de Kirchner parece también comprensible cuando se la analiza bajo la hipótesis de su derrota. Hay muchos indicios, sobre todo en el intento de demoler a Mauricio Macri, de que, en caso de perder, los Kirchner preferirían ser heredados por un radical. Tal vez Ricardo Alfonsín. Lo mismo pensó Menem, cuando había que optar entre Duhalde y De la Rúa. Pero también es probable que Kirchner perfeccione la jugada de Menem, quien pasó al llano sin proteger sus espaldas del duhaldismo, que retuvo la provincia con Carlos Ruckauf. En La Plata se hizo mucho para que Menem estuviera preso en Don Torcuato. Para liderar al PJ en la oposición, Kirchner tal vez necesite que no reine uno de los suyos en la provincia. ¿Querrá, entonces, arrastrar a Scioli en la caída? Kirchner tiene derecho, como el resto de la dirigencia nacional, a imaginar su futuro calculando su derrota.

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