EL PECADO DE LA HISTORIA (primera parte)

Por Federico Perazzo – Foro Republicano



Sin dudas es pecaminoso hablar de historia cuando solo se toman fragmentos de ella para ser contada. Dependiendo de quien sustraiga un determinado suceso pasado para manifestarlo en el presente, la historia será una u otra e inevitablemente quien la cuente se convertirá en víctima de su genio y en consecuencia aportara una cuota de subjetividad sobre aquello que esta trasmitiendo.
Por ello es que es válido hacer mención, en primera instancia, que el historicismo trae consigo infinidad de flaquezas al momento de mostrarse como una herramienta útil que nos permita aprender en un término amplio los sucesos pasados.
Así es como el profesor Ludwig Von Mises hace una distinción entre dos métodos completamente antagónicos. Por un lado aparece su afamada Praxeología, que estudia de manera formal, abstracta, analítica y general los procesos de interacción humana que constituyen la sociedad. En la vereda opuesta se encuentra la doctrina historicista, cuyas conclusiones son holísticas y rechazan el individualismo metodológico y al apriorismo miseano.
Vale decir, en pocas y sencillas palabras, que la Praxeología nace, queriendo o sin quererlo, como un método (si es que vale el término) que contrarrestó la naturaleza subjetiva de aquellos resultados que propiciaran los análisis históricos y estadísticos. La premisa de la que parte es que el hombre es un ser de acción capaz de pensar lógicamente, porque de valerse por la reacción de estímulos harían de él otra cosa que no es.
Habida cuenta de la complejidad que compone la esencia humana es que éste capacitado economista rechazara sobremanera el uso de la observación de meros hechos, alegando que no podría reducirse al hombre a sus componentes debido a su sistema complejo como así tampoco se podría evitar alterar su reacción al sentirse observado debido a su capacidad consciente. Por ello es que la observación y los estudios del ser humano a través del tiempo van a verse contaminados por factores que van a ser inevitablemente desatendidos.
Para entender un poco el fin de este ensayo, es menester hacer una pequeña parada en la metodología de Von Mises: el dualismo metodológico. Es mediante esta idea que se afirma la existencia de dos “especies” distintas, la de los objetos y la de la acción. Se hace sustancial decir que hay una diferencia de clase entre el estudio que se hace de los fenómenos naturales y biológicos con respecto del que se encarga de la acción humana.
El dualismo metodológico, parte de la idea de que no pueden explicarse las valoraciones y/o deseos e intenciones de los seres humanos a partir de los hechos físicos o químicos. El fundamento estriba en que un mismo hecho físico, por ejemplo, puede tener diferentes impactos en los hombres dependiendo de cada individuo.
En el campo de las ciencias naturales esto es distinto, puesto que es experimental y lo que busca es entender ciertos fenómenos a través de la experiencia. Por medio de la reiteración de sucesos puede llegarse a conclusiones generalizadas, cosa que se hace imposible al estudiar la conducta de los hombres a través del tiempo por la simple razón de que en este caso no se puede generalizar. Y no se puede generalizar, a su vez, porque se muestra por demás evidente que el mismo método experimental que se emplea para las ciencias naturales no puede ejecutarse con los hombres. Sería hasta ingenuo, por ejemplo, creer que haciendo un riguroso ejercicio mental podríamos dilucidar que hubiera sucedido en el pasado si en vez de actuar de tal manera se hubiera actuado de otra. Mismo pasa con la futurología, en donde los historiadores sacan humo de sus cabezas tratando, cual profetas, advertir que es lo que sucederá en un futuro si se hace tal o cual cosa.
Las acciones humanas son fenómenos complejos y como tales nos imposibilitan la concatenación de cada una de las variables que hicieron posible que algo sucediera. Un claro ejemplo de esto es la crisis del 30 en los Estados Unidos. Hay quienes dicen que se salió del pozo gracias a las medidas implementadas por el gobierno del presidente Roosvelt y hay quienes sostienen lo contrario, aduciendo que se salió a pesar de dichas medidas. Pues la verdad es que es un tema que debemos dejarlo más a la teoría que a la comprobación empírica, dado que si quisiéramos ver que hubiese pasado, entonces deberíamos hacer un viaje en el tiempo, dirigirnos al salón Oval de los años 30, interceptar al presidente Roosvelt y decirle: “señor presidente, olvídese del New Deal, déjenos probar que sin su intervención la economía se recompondrá más rápidamente”; ceteris paribus todas las demás variables.
Como se ve, los hechos y conexiones de las acciones humanas no son constantes ni fijos a diferencia de los que se estudian en las ciencias naturales.
Asimismo, es válido que vuelva a los primeros párrafos de este escrito para recordar que también existe, por parte de quien estudia la historia, una interpretación que dependerá de su educación y vivencias, lo que hará mermar, en mayor o menor medida, la objetividad.
Así es como llegamos a nuestros días con una historia tuerta producto de aquellos pensamientos presuntamente incuestionables que marginan ciertos aportes sumamente trascendentales, tal es el caso de muchos pensadores que han dedicado su vida para dejarnos un legado que negligentemente desechamos.
No es de extrañar, ya que quienes tienen voz y voto en las distintas sociedades y más aún en las menos desarrolladas, proponen estudios históricos que indudablemente estarán viciados por su conveniencia y su codicia. Así es como se llega a pensamientos compactados en un consciente colectivo que cada vez se interesa menos por las buenas lecturas y prefiere escuchar a los iluminados que supuestamente los representan. De esta asociación implícita entre el gobernante y el pueblo es que se desprenden ciertos axiomas que conforman lo políticamente “correcto” de lo “incorrecto” y es así como llegamos a dejar de replantearnos cosas que no debiéramos. Es un aparato prácticamente sin fisuras, porque cuando una voz aislada hace un llamado de atención a aquello que ya fue aceptado por la convención de la ignorancia, entonces es ahí cuando se antepone el dictamen de las masas para juzgar al disidente.
Hoy, por ejemplo, la gente puede darse el lujo de ser marxista sin siquiera haber leído a Marx. La premisa es serlo por el simple hecho que así me lo enseñaron, ya sea en mi casa o en la universidad. La inquietud del educando pereció porque no hubo quien motive en su juventud ese interés masivo por aprender. No hay incentivos porque la dádiva entro en escena. Así es como los políticos apelan a la desinformación, que es la mejor herramienta a la hora de querer forjar un poder omnímodo como el que han forjado algunos gobiernos a lo largo de la historia de la humanidad.
De esta manera se llega a ciertas conclusiones que son falaces por el mero hecho de partir de hipótesis equivocadas. La visión ilustradora de la historia se transforma en una frase hecha, cuando no hay nada más alejado de ello. De allí para abajo podemos dar cuenta que infinidad de temas han sido víctimas de esta idea, entre ellos los pensadores de la Escuela Austríaca.

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