Más que festejar es hora de reflexionar

Por Roberto Cachanosky

Argentina está lejos de cumplir con las expectativas de prosperidad que tuvimos en las celebraciones del primer Bicentenario.

Hemos llegado a los 200 años de la revolución de mayo (recordemos que la declaración de la independencia fue recién 6 años más tarde, el 9 de julio de 1816) con una Argentina que lejos está de cumplir con las expectativas de prosperidad que tuvimos en los festejos del primer bicentenario.

No fue sino hasta luego de la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, cuando Urquiza derrota a Rosas, que el país logra entrar en la organización nacional. Primero firmando el Acuerdo de San Nicolás y luego sancionando la constitución de 1853. Igual tomó un tiempo organizar el país, pero ya se perfilaba una generación que, con sus diferencias personales, tenían un mismo proyecto de país, federal, integrado al mundo, buscando la paz interior, incorporando la Argentina al mundo, educando a una población mayoritariamente analfabeta, estimulando la inmigración, atrayendo capitales, etc. Fue una generación, la del 80, que hoy los progres desprecian, la que estableció las bases para que Argentina se ubicara entre uno de los países más prósperos de la tierra. Era una generación que no estaba pensando todo el tiempo en inaugurar alguna alcantarilla para que las cámaras de televisión los mostraron dando discursos vacíos de contenido. Obvio que en ese momento no existía la televisión, pero sí había una visión de largo plazo. Un simple ejemplo que no es económico muestra la visión de largo plazo de esos gobernantes.

Los bosques de Palermo comenzaron a ser parquizados a fines del siglo XIX y su diseño estuvo a cargo del paisajista Carlos Thays. Quienes pensaron en ese gran pulmón para Buenos Aries y el disfrute de la gente nunca iban a ver terminado el proyecto porque se plantaron árboles que tardaron años en tomar las formas y los coloridos actuales. Había visión de largo plazo. Una visión de país que superaba la esperanza de vida de los gobernantes de ese entonces.

Por supuesto que, como decía antes, tenían sus grandes diferencias, pero todos apuntaban a un proyecto que tenía la misma dirección. Alem, líder radical, era un liberal en su pensamiento. Su diferencia con los gobernantes de ese momento pasaba por la forma de elegir las autoridades de la Nación. Es cierto que en esos años el uso de los punteros políticos, el fraude y otros mecanismos nada transparentes regían en el sistema de votación, pero eran mecanismos que no se diferencian demasiado de los que hoy se utilizan, con una gran diferencia, esa generación construyó un país y estos lo destruyen sistemáticamente.

Se habla de la oligarquía vacuna de esos años. Puede ser que existiera, pero, ¿qué diferencia hay con la actual oligarquía surgida de escandalosos negocios corruptos con el gobierno de turno? ¿Choferes de funcionarios públicos que de la noche a la mañana manejan empresas que nadie sabe cómo crearon? ¿Funcionarios y ex funcionarios que no pueden presentar una declaración de ganancias mínimamente creíble, mientras el ente recaudador, persigue implacablemente a todos aquellos que piensan diferente?

¿Por qué crecimos a tasas fabulosas en esos años? Porque se garantizó la propiedad privada, se vio al mundo como una oportunidad para vender nuestros productos y se atrajo capitales e inmigrantes que basaban su progreso en el espíritu emprendedor. El sueño del inmigrante italiano era tener a su hijo el “dotor”, al cual educaba con el esfuerzo y sacrificio de su trabajo. Como contraposición hoy tenemos los planes universales por hijo que le dan un subsidio a la gente para que no trabaje y, encima, tengan la obligación de mandar a sus hijos al colegio. Tanto hemos denigrado a la Argentina que hemos llegado al extremo de pagarle a los padres para que manden a sus hijos a la colegio. Eso no es solidaridad ni justicia social. Eso es perversidad con la gente porque el camino correcto es crear las condiciones institucionales adecuadas para que haya inversiones, se creen puestos de trabajo y la gente pueda mantener a su familia con el fruto de su trabajo y mande a sus hijos a la escuela para prepararlos para la vida. Del esfuerzo personal, el trabajo honesto, la capacidad de innovación y del ahorro para el futuro pasamos a la cultura de la dádiva por la cual se denigra a la gente en nombre de la justicia social y la distribución del ingreso.

¿Cuándo se produjo ese punto de inflexión que hizo que Argentina dejara de ser el país próspero y respetado que prometía ser? Desde mi punto de vista a partir de los 40 cuando se instalan las ideas fascistas, con la cultura de la dádiva, de cerrarse al mundo, de las empresas estatales, de las regulaciones y del gasto público como mecanismo de financiar el populismo. Es a partir de ese momento que comenzó a gestarse una sociedad de saqueadores. Todos recurriendo al gobierno de turno para que le transfiriera el ingreso y el patrimonio de los otros. ¿Cómo no íbamos a entrar en el segundo centenario en plena decadencia si producir eficientemente es un mal negocio y estar cerca del burócrata de turno asegura ingresos y patrimonios que fueron generados por otros? ¿Qué sociedad puede progresar basada en saqueo?

Argentina no es una curiosidad intelectual por su auge y decadencia. Argentina es el ejemplo más categórico que confirma lo que enseña la ciencia económica y la economía de las instituciones. Los países que tienen gobierno no sujetos a la ley, alejados de la democracia republicana solo producen pobreza y decadencia. Los países que se alejan del mundo para no competir están condenados a ser ineficientes. Los países plagados de regulaciones y burócratas iluminados son víctimas de la corrupción más descarada. Los países que para financiar gastos públicos desorbitantes confiscan los ahorros, están condenados a no tener ahorros para invertir y crecer. La fuga de capitales que ha sufrido y sigue sufriendo la economía argentina es consecuencia directa de la ausencia de respeto por los derechos de propiedad. Hasta nos hemos dado el lujo de destruir 4 signos monetarios desde 1935 hasta la fecha, y hoy tenemos una moneda que no sirve como reserva de valor, por lo tanto no es moneda en el estricto sentido de la palabra. Y sin moneda no hay crédito ni transacciones de largo plazo. ¿O alguien se cree que es cierto lo de las 50 cuotas sin intereses en un país que tiene disparada la inflación?

Sinceramente no creo que tengamos mucho para festejar en estos 200 años de la Revolución de Mayo. Más bien es tiempo de reflexionar porque dejamos de ser un país próspero a otro de creciente pobreza, indigencia, descapitalizado, mendicidad y sin un horizonte que entusiasme a nadie.

En el 2002 tocamos el piso y pensamos que podíamos levantarnos, sin embargo los Kirchner en vez de levantarnos cavaron un pozo para hundirnos más.

Si los futuros gobernantes logran liderar a la población nuevamente hacia la cultura del esfuerzo, la competencia, el riesgo empresarial, el respeto por los derechos de propiedad, integrar la Argentina en al mundo y logran cierto grado de disciplina monetaria y fiscal, podremos empezar a soñar con recuperar aquella Argentina fallida que sucumbió bajo el fascismo que viene hundiéndonos desde la década del 40.

Fuente:  www.economiaparatodos.com.ar

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