Alberdi, la Independencia y el Bicentenario

Por Emilio Ocampo*.


A pocos días de celebrar el bicentenario de la revolución de mayo, las reflexiones, ensayos y comentarios se multiplican. Algunos quieren encontrar en el 25 de mayo de 1810 el origen de nuestra nacionalidad y nuestra democracia pero, cómo demuestra Vicente Massot en un ensayo reciente, la evidencia histórica no avala esta tesis. Otros quieren tergiversar el pasado para avanzar o justificar su agenda política, lo cual no sorprende ya que la politización de la historia es una tradición arraigada en nuestro país. Y otros comparan la situación de 2010 con la de 1910 y se lamentan de la decadencia argentina de los últimos cien años.

Entre todas estas voces, opiniones y comparaciones a veces se pierde de vista el verdadero significado del 25 de mayo. Celebrar la independencia, obviamente, sería la respuesta de un alumno de primer grado. Los argentinos tenemos cierta obsesión con este período de nuestra historia. De hecho, tenemos cuatro feriados nacionales que conmemoran hechos o personajes de esa época, un récord mundial. Esta multiplicidad de feriados llevó hace algunos años al genial Jorge Guinzburg a preguntarse en un especial de “Mañanas Informales” si debíamos celebrar nuestra independencia el 25 de mayo o el 9 de julio. La obsesión argentina con la independencia no es nueva. Hace más de un siglo la había notado uno de los pensadores más brillantes que ha tenido nuestro país: Juan Bautista Alberdi. Y como bien observaba Alberdi, esta obsesión trajo aparejada una peligrosa confusión que perdura hasta hoy.

Según Alberdi, “acostumbrado a la fábula, nuestro pueblo no quiere cambiarla por la historia. Toma la verdad como insulto.” Esto sigue siendo tan cierto hoy como lo era entonces. El problema es que, como recalcaba el ilustre tucumano, “donde no hay historia veraz no puede haber política veraz. Equivocar los hechos de lo pasado es equivocar los puntos de dirección. No se sabe a donde se va cuando no se sabe de donde se viene.” Es justamente respecto a las causas de nuestra independencia que existe mayor confusión entre los argentinos. Y si no sabemos de donde y como venimos, nos va a costar planear a donde vamos. Alberdi sostenía que parte del problema era que nuestros historiadores habían atribuido “a nuestros guerreros la independencia lo que nos han dado los acontecimientos de la Europa y del mundo”. Y señalaba que si San Martín sólo necesitó “dar dos batallas para libertar el Nuevo Mundo, es porque ya estaba libertado [sic].” Al desconocer las verdaderas causas de nuestra independencia, los argentinos no sólo desconocíamos los hechos del pasado sino también los “verdaderos sostenes y garantías” de esa independencia.

Pero hay otra cuestión importante que enfatizaba Alberdi. La independencia, reducida al simple hecho de no estar gobernados por un soberano que vive a miles de kilómetros de distancia y del otro lado del Atlántico, era sólo la mitad de la revolución. Lo que comenzó el 25 de mayo de 1810 fue, según Alberdi, una revolución inacabada e incompleta, “es la América sin gobierno, ni ajeno ni propio; ni extranjero ni nacional. Es la América gobernada por la anarquía, soberana tan funesta y abominable como la peor dominación extranjera.” Y es aquí donde surge otro concepto alberdiano que haríamos bien en recuperar y aplicar: el de la libertad interior. Esto significa no estar sujeto a los caprichos de un déspota, aunque viva en la misma ciudad, y que nuestros derechos estén protegidos por las instituciones.

Alberdi sostenía que había dos etapas en toda revolución: la de destruir la autoridad pasada y la de construir la autoridad nueva. Una debía suceder a la otra. Con la revolución iniciada el 25 de mayo se reemplazó el orden colonial por un “simulacro” de gobierno, que como dice Alberdi apenas tenía poder para conservarse. No se puede fundar la libertad interior sin fundar un gobierno que proteja los derechos de sus ciudadanos. La libertad exterior o la independencia podía ser el resultado de una guerra victoriosa, señalaba Alberdi, pero “un hecho de armas, por brillante y feliz que sea” no podía por sí mismo crear las instituciones necesarias de un buen gobierno.

En cuanto a la guerra, muy bien podía ser el origen de la libertad exterior o independencia, pero según Alberdi era “el medio más seguro y eficaz de sepultar la libertad interior.” Luego de su independencia, la América española enfrentó una “tarea casi sobrenatural, la de crear por sí sola, una cosa que le fue extraña y desconocida absolutamente desde su cuna, a saber: su libertad interior.” Y agregaba que la América española “ha retardado y entorpecido esta conquista de su revolución fundamental porque ha pensado que podía darse su libertad interior por el mismo instrumento que le sirvió para conquistar su libertad exterior o independencia: la espada.” Por eso Alberdi decía que para ser verdaderamente libre, América debía liberarse de sus libertadores (léase sus militares).

Afianzar la libertad interior fue la gran tarea que los hombres que lideraron la revolución iniciada en mayo de 1810 no pudieron resolver. “En la gran cuestión de la independencia la casi totalidad de nuestros conciudadanos no vieron en ella sino sacudir el yugo español, poner en lugar del Virrey o gobernador español a un hijo del país que mandase, y fuimos muy pocos los que conocíamos que si bien la independencia era la base principal de la revolución, con ella sólo muy poco se adelantaba si no daba por resultado organizar el país, quitar los obstáculos y conducirlo por instituciones libres y de mejora a un porvenir venturoso a la par de los pueblos civilizados y cultos,” escribía el general Carlos de Alvear en 1852. Y agregaba, “las tribus de los indios pampas son independientes; independientes son las naciones bárbaras del África y no hay nadie que no conozca que sería mejor ser colonias de España que vivir al estilo de aquellos pueblos bárbaros no tan sólo arruinándose sin ley ni garantías más que [a] la voluntad de un hombre feroz.” Esas leyes y garantías no surgieron de la revolución de mayo.

Pero mayo es indudablemente un mes importante para los argentinos. El 25 de mayo de 1810 fue el inicio de un proceso que nos dio la independencia o libertad exterior, y el 1 de mayo de 1853 fue cuando como sociedad establecimos las bases institucionales de nuestra libertad interior. En esa fecha fue sancionada nuestra primera constitución, cuyo autor fue nada menos que Alberdi. Justo José de Urquiza, presidente de la Confederación Argentina, eligió el 25 de mayo para promulgarla, lo cual no debe haber sido una simple coincidencia sino un reconocimiento de la importancia simbólica de la efeméride de 1810.

Como nos han demostrado los últimos ochenta años, en nuestro país la libertad interior ha sido más difícil de preservar que la libertad exterior. Así es que en este 25 de mayo celebramos no sólo el bicentenario de la independencia sino también el 147 aniversario de nuestra constitución. Y recordar que ella es la única garantía de nuestros derechos y libertades.

Publicado en La Nueva Provincia,  http://www.lanueva.com/edicion_impresa/nota/9/05/2010/a59156.html)

*http://emilioocampo.tumblr.com/

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