Cada vez más populismo

Por René Balestra – Para LA NACION

Fue fuerte contra ese seductor inconstante que se llama el fervor popular.
Adolfo Saldías, sobre Rivadavia.
EL populismo no es un invento moderno; es tan antiguo como la humanidad. El que manda, los que mandan, necesitan acatamiento. Y algo más. Desde siempre, el poder debe ser aceptado. Pero el excesivo halago hacia los gobernados persigue la devoción, es decir, el seguimiento exaltado. A través de los siglos, adoptó formas diversas. Los “clientes” de la república romana fueron los primeros rehenes de los gobernantes patricios, cuando el sufragio fue otorgado a todos los hombres libres. El populismo es mucho más que el halago, la dádiva, el comercio de favores, las canonjías. Es un duro sistema de oligarquía en el que una minoría ejercita el poder en forma ilimitada y para su provecho exclusivo. Es un círculo minoritario y abusivo que no sólo se hace aceptar, sino aplaudir. Es un engaño estructurado que se autoalimenta. Modifica las formas, según los tiempos, pero no cambia la esencia.

El bonapartismo de Napoleón III y el estatismo lisonjero de Bismark consiguieron, en la Francia y en la Prusia de la época, el fervor de los explotados. En un tiempo de exitismo como el actual, importa demasiado saber que lograr la devoción ardorosa de multitudes circunstanciales no significa necesariamente estar en el buen camino.

El auténtico gobierno democrático contemporáneo consiste -en cualquier parte del mundo, y en nuestro propio país- en manejar los incontables resortes del Estado para intentar lograr un mejoramiento social. Esto significa utilizar los mecanismos de la república para conseguir un ascenso generalizado. Acompañando y alentando a esa sociedad en su propio adelantamiento. Paradójicamente, esto sólo es posible si los gobernantes de turno tienen una idea clara de la lamentable situación del común.

Conocer fehacientemente y a fondo el estado del país es una condición previa y necesaria para aplicar políticas adecuadas. Por una idea perversa de la sensibilidad, que es la sensiblería ramplona, la demagogia inventa la realidad. Imagina un conglomerado humano que no existe. Aviesamente edifica una patraña. En puridad de verdad, no es que se equivoque, sino que usa el ardid para sus objetivos. Estos no son otros que hacer perdurar la realidad deforme, llena de manquedades, para continuar usufructuándola. Este populismo antiguo, moderno y eterno vive de mayorías degradadas. Esta degradación es la materia prima del sistema. El adecentamiento de la masa, la elevación de su cultura, significaría su fin. El siglo XX fue un formidable muestrario -exhibidos en enormes vitrinas- de oligarquías zurdas que verbalizaron ideas avanzadas para fijar y hacer perdurar sistemas abyectos de explotación.

Nuestro siglo continúa en lo mismo. El oficialismo argentino actual es un ejemplo paradigmático. Venezuela, Cuba y Nicaragua constituyen otra “santísima trinidad” latinoamericana.

Desde siempre, las políticas auténticamente progresistas y exitosas son aquellas que se han enfrentado valientemente a ciertas realidades precarias, tal cual son. Las que han comenzado por aceptar la verdad de la miseria, el analfabetismo y la barbarie. Sabedores de ello, los civilizadores de ayer, de hoy y de siempre acometieron la inmensa tarea de la educación popular, no como una empresa pedagógica escolar, sino como un imperativo civilizador.

Suavizar la condena hacia la masa inculta no es una manifestación de ternura con ella, sino una imbécil complicidad con su barbarie. Es como si imagináramos a médicos supuestamente sensibles y solidarios con sus enfermos que, por una mentida fraternidad, les dijeran que están sanos. La clave de bóveda de este problema y de esta política es que se necesita en los controles del Estado gobernantes que, además de ganar elecciones, sean estadistas.

El mundo propiamente político es el del poder y el de los que lo ejecutan. Es inimaginable pensar en ese gobernante huérfano de apoyo. La autoridad, que es la otra cara inexorable de todo poder, se consigue con el acatamiento. Con la idea generalizada entre los gobernados de que quien dirige merece el cargo. Esto significa gozar de un consenso mayoritario, que en buen romance se llama popularidad. La popularidad es el renombre; la fama, el acompañamiento gustoso. El populismo es el exceso, el abuso, la desmesura. La popularidad apela a la conciencia, al criterio, al sentido común de los seres humanos. El populismo los transforma en objetos maleables. No somos originales si decimos que todos tenemos dentro nuestro impulsos nobles y otros francamente inaceptables. La educación, desde la paidea griega, consiste en alentar las partes buenas y aminorar, acotar o hacer desaparecer las malas. Existe una parábola de una tribu norteamericana: narra que un viejo cacique, rodeado de nietos, les dice que todos tenemos dentro dos lobos eternamente en lucha, desde el nacimiento hasta la muerte. Uno es bueno, generoso, altruista; el otro mezquino, bajo, ruin. El menor de los que escuchan interrumpe, y pregunta: “Abuelo, ¿cuál de los dos gana?”. El cacique contesta: “El que alimentamos”. Así de simple y de complejo. Toda la milenaria historia de la cultura ha consistido en alentar y alimentar lo mejor de los seres humanos. Y desde los orígenes eso ha significado tener el coraje de enfrentarse al facilismo. La educación involucra esfuerzo. Hasta en la etimología latina está el empeño. Literalmente educar viene de e-ducere , que significa “conducir hacia arriba”.

El populista halaga lo fácil; lo bajo. Excita los impulsos inferiores: el resentimiento, la envidia, el afán de venganza. Siempre ha sido así y siempre será así. La pueblada, el hombre anónimo del montón, el piquete, frente al aula, el taller o el laboratorio. El absurdo, la negación, el pecado mortal del educador o del estadista es el populista y el populismo. El primero alimenta con increíble esfuerzo la verdad objetiva; el segundo vive de la duplicidad y la mentira. El universo populista es sustancialmente cínico o sarcástico. La duplicidad entre lo que dice y lo que hace es fenomenal. El término apropiado sería “fantasmagórico”, por lo irreal. Sin embargo, está exhibido y a la vista de todos. En el gobierno actual, personajes de obscena riqueza y de guardarropas infinito pontifican cotidianamente sobre la austeridad. Ex funcionarios del Ministerio de Justicia (retengan el nombre del ministerio) en la época del proceso simulan ser mártires de ese mismo proceso. Madres y abuelas de desaparecidos del terrorismo adhieren fervorosamente al terrorismo actual en España y en Irán. Y una pandilla de sedicentes intelectuales oficialistas podrían reivindicar esta frase de Tertuliano: credo quia absurdum (creo porque es absurdo).

El populismo es la garantía segura del inmovilismo. No será nunca -nunca lo fue- la antesala de ningún progreso. Los glotones aprovechadores de esa oligarquía rapaz deben ser señalados y combatidos.

© LA NACION

El autor dirige el doctorado en Ciencia Política de la Universidad de Belgrano

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