Sarmiento, Estados Unidos y el default

Por Emilio Ocampo* – Para LA NACION

Como han demostrado los economistas Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff en un reciente libro ( This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly ), el repudio o default recurrente de la deuda pública es la norma en todas las regiones del mundo, incluidas Asia y Europa (aunque la región que, quizás injustamente, tiene la peor reputación es América latina). De hecho, según Reinhart y Rogoff la primera crisis de deuda soberana tuvo lugar en Inglaterra, en 1340, cuando el rey Eduardo III repudió los préstamos que adeudaba a la banca florentina. Casi cien años después, otro rey inglés, Enrique VIII (el de las seis esposas), ordenó la degradación encubierta de la moneda sustituyendo en su aleación el oro y la plata por el cobre, lo que provocó un fenómeno hasta entonces desconocido para los ingleses: la inflación. Al igual que en el fútbol, en el default los ingleses fueron precursores, pero luego dejaron que otras nacionalidades los superaran.

Menos conocidos y más recientes son los defaults de Estados Unidos. A partir de 1815, y por los siguientes 25 años, los Estados de la Unión (equivalentes a nuestras provincias) financiaron la construcción de un ambicioso programa de obras públicas mediante la colocación de bonos en el mercado londinense. Durante este período, el crecimiento de Estados Unidos fue fenomenal, así como el de la apreciación de la tierra, lo cual provocó una burbuja especulativa. Esta burbuja estalló en 1837, y provocó un pánico bancario que empujó a la economía a una profunda recesión. Pocos años después de esta crisis, entre 1841 y 1842, ocho Estados (Arkansas, Illinois, Indiana, Luisiana, Maryland, Michigan, Mississippi y Pennsylvania) y el territorio de Florida dejaron de pagar su deuda pública. Otros tres Estados (entre ellos, Nueva York) apenas lograron evitar el default. De los ocho Estados que entraron en cesación de pagos, cinco repudiaron total o parcialmente su deuda. Esta fue una de las primeras crisis de deuda soberana en mercados emergentes, precursora de otras al sur del río Grande. Como consecuencia de ella, la credibilidad del gobierno federal, que desde 1790 nunca había dejado de pagar su deuda, se vio seriamente comprometida, al menos por unos años.

El default seguía siendo tema de discusión en 1847, cuando un argentino ilustre llegó por primera vez a Estados Unidos. Se trataba nada más y nada menos que de Domingo Faustino Sarmiento. Aunque era gran admirador de la sociedad norteamericana, Sarmiento no pudo dejar de observar con ojo crítico la actitud de los gobiernos estaduales y de la opinión pública frente al default de la deuda pública. Sus observaciones tienen especial resonancia hoy en día.

“Cuando el especulador es un Estado, el pícaro se presenta más desfachatado. El Estado toma capitales en Inglaterra para abrir caminos de hierro, los obtiene y realiza su empresa, pero como es un Estado naciente del Oeste, donde la población y la riqueza no son grandes, los peajes no producen por largos años el interés del dinero. El Estado deudor promete, aplaza de hoy a mañana el pago sinceramente; miente, en seguida, por necesidad; se enfada de que le estén cobrando, y un día amanece de mal humor, pone a la puerta al acreedor inoportuno y declara a sus propias barbas y a la faz de todo el mundo que repudia la deuda, es decir, que no paga. ¿Demandarlo? ¿Ante quién? He aquí el primer pícaro que se presenta al mundo que no conoce juez en la tierra: el pueblo soberano.

“El presidente, el Congreso, el juez supremo [la Corte Suprema] nada pueden contra esta clase de bellacos. El gobierno mismo del Estado nada puede, ni la clase culta y, por tanto, con vergüenza, porque emanando el poder del voto de la muchedumbre ignorante y bribona no acepta esta contribución nueva para pagar la deuda contraída. Así se han conducido Mississippi, Illinois, Indiana, Michigan, Arkansas y algunos otros más.

“¡Qué bulla han metido los banqueros en Londres con aquella magnífica muestra de la más insigne felonía! ¿Y qué remedio? Aquí principia el reverso de la medalla.

“Los diarios de Europa hacen llover como sobre Sodoma y Gomorra el fuego de la execración universal, y los Estados alzados se ríen con insolencia de tales bravatas. Mas en los Estados que no han participado del crimen principia una reacción en nombre de la dignidad nacional, del honor de la Unión mancillado, y los delincuentes soberanos empiezan a ponerse serios. Una línea de circunvalación se establece en torno a ellos, y desde allí la opinión pública los fulmina a mansalva.

“La clase ilustrada de los Estados que han repudiado sus deudas siente la indignidad del procedimiento, pero ¿qué hacer contra la mayoría que los sostiene? Un diario entra tímidamente en la cuestión: copia como por incidente algún artículo censorio. Desde luego, reconoce que, dadas las circunstancias en que el Estado se halló y la insolencia de los ingleses, hizo perfectamente bien y les ha dado una lección severa para que en adelante respeten mejor la dignidad de un Estado soberano (tramposo).

“Pero las circunstancias empiezan a cambiar felizmente; la prosperidad se desarrolla rápidamente. ¿No convendría to repeal [repudiar] la repudiación? ¿Al menos reconsiderar el asunto, arbitrar medios, etcétera? El pueblo soberano oye ya sin enojarse. Al día siguiente, le insinúan ideas de honor, sentimientos de generosidad, hasta que al fin la opinión pública se forma, la reprobación excitada afuera halla ecos en el Estado, un sentimiento de vergüenza apunta en los semblantes; voces enérgicas se levantan en la minoría del Congreso, el movimiento se generaliza y el Estado criminal vuelve sobre sus pasos, entabla negociaciones con los banqueros defraudados y concluye por reconocer por legítima la deuda del capital y ofrece un 60% de los intereses.”

Esta no fue la última vez que hubo un default soberano en los Estados Unidos. Después de la Guerra de Secesión (1861-1865), la deuda contraída por los Estados Confederados del Sur fue completamente repudiada. Y, en 1933, el presidente Franklin D. Roosevelt, con la aprobación del Congreso, redujo el valor del contenido del dólar oro en casi 50%, lo que, de alguna manera, significó un repudio de las obligaciones de Estados Unidos. Como explicó muy bien Roberto Cortés Conde en un artículo publicado en LA NACION (8 de abril de 2002), Roosevelt también dispuso que todas las obligaciones en oro se convirtieran a los muy devaluados dólares. Esta medida fue validada por un fallo de la Corte Suprema para las transacciones entre particulares, aunque declarada inconstitucional para las del gobierno federal. La Corte, sin embargo, dispuso que los acreedores del gobierno sólo tenían derecho a una indemnización monetaria si probaban que la conversión había reducido su poder adquisitivo, lo cual era imposible en un período de deflación como el experimentado por la economía norteamericana en los años 30. Como dice el viejo refrán, en todas partes se cuecen (o, mejor dicho, se han cocido) habas.

*El autor es economista e historiador.

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