El Estado distribuidor en Suecia

Por Diego F. Wartjes.

Alfred Nobel, inventor de la dinamita e instituidor del Premio Nobel.

Pocas cosas me parecen más importantes que comprender cómo los suecos construyeron su famoso Estado de bienestar o “Estado distribuidor”. El lector puede preguntarse “¿qué tiene que ver los suecos con nosotros?”. Es que la sociedad argentina, en tanto estatista, también pretende un gran Estado de bienestar; un Estado que lo distribuya todo, y el Estado de bienestar de Suecia (hoy en desarme) fue el más grande de la historia.

Es válido, pues, revisar el caso sueco como un modelo de “estatización” totalmente opuesto al nuestro.

La justicia social de Suecia es posible gracias a que antes, mucho antes (en el siglo 19), los suecos crearon un sector privado innovador y competitivo (con empresas de nivel internacional como Volvo, Saab, Scania y Ericsson), que es el que financia las generosas prestaciones sociales que otorga su Estado.

De ahí la advertencia de Mauricio Rojas (diputado sueco de origen chileno): cuando uno piensa en Suecia, “… puede cometer un error importante: creer que el bienestar que se repartió y los beneficios que se lograron fueron debidos a la política. Fíjense que digo que la política sólo ayuda. No crea la riqueza. Por eso, en Sudamérica, les advierto que, cuando Suecia construyó este modelo, disponía de un nivel industrial pionero, de los mejores del mundo. Las grandes empresas suecas (como Ericsson, por citar una) fueron creadas todas a fines del 1800. Por lo tanto, el modelo sueco se constituyó en un país rico y muy adelantado, con una fuente de riqueza industrial inmensa, que casi garantizaba un modelo efectivo…” (1).

En cambio, gran parte de la sociedad argentina supone que el Estado de bienestar se puede hacer ahora, cuando la Argentina es subdesarrollada; es decir, pobre, llena de villas miseria y con un sector privado mínimo.

Pero lo más insólito es creer que la manera de hacerlo es hostigar o reducir aun más este sector privado, multiplicar el empleo público, demonizar el mercado y limitar la productividad con trabas burocráticas e impuestos (basta el campo como ejemplo de sector privado).

Cabe recordar que los altos impuestos en Suecia se establecieron después de que el país se había vuelto inmensamente rico, alcanzando el récord de 56% del PBI, a fines de los 80. Sin embargo, en los años en que desarrollaban su país (1933/1950), los impuestos y el empleo estatal fueron más bajos que en Estados Unidos (la mayoría de los empleos eran privados); incluso, en 1960, el empleo público, como parte del empleo total, continuó por debajo del estadunidense (12,8% en Suecia, contra 14,8% en Estados Unidos) (2).

En suma, fue después de que se convirtieron en una potencia industrial del Primer Mundo (libre de pobreza marginal), que los suecos construyeron, exitosamente, su Estado de bienestar.

En la actualidad, las izquierdas y derechas suecas continúan impulsando la actividad del sector privado. Ambas siguen fomentando las inversiones extranjeras de origen privado, que llegan alentadas por la seguridad jurídica y la libertad para producir y hacer negocios.

Honda, General Motors, IBM, DHL, Mitsui y Procter han invertido en Suecia, multiplicando los puestos de trabajo. El sector privado sueco se destaca por una serie de inventos extraordinarios, como el bisturí de rayos gamma, la hélice de barco, el sistema eléctrico trifásico, el termómetro, el congelador, la aspiradora, el envasado de bebidas tetra pak , el sistema Skype, el cierre relámpago, el fósforo de seguridad, el motor turbo, el cinturón de seguridad de tres puntos, el marcapasos cardíaco y el mouse (3).

En proporción a su cantidad de habitantes (9 millones), es el segundo país del mundo con más publicaciones científicas (ciencias biológicas y médica), superado sólo por Suiza, y uno de los que más gastan en investigación y desarrollo (4% del PBI).

Su economía es una de las más competitivas del mundo: figura 4º en el ranking de competitividad global del World Economic Forum (134 países). Esto no sorprende, pues ya en 1850, el 90% de los adultos sabía leer y escribir, uno de los niveles de alfabetización más altos del mundo. Junto con ingleses, alemanes, franceses, judíos, estadunidenses y japoneses, los suecos integran esa elite mundial de los pueblos inventores.

Es verdad que el Estado sueco participa en empresas comerciales, pero, en general, lo hace siguiendo las pautas de su management privado, mientras que el Estado argentino, al manejar las empresas de servicios públicos, generó una pérdida de 52.397 millones de dólares, entre 1965 y 1987, según la SIGEP, contributiva del descalabro inflacionario de 1989 (4).

Como podrá concluir el lector, la sociedad sueca no tiene mentalidad marxista: no está en contra de la empresa, el sector privado, las inversiones extranjeras, el mercado, la tecnología y la competencia. El Estado de bienestar sueco no es socialista, como suponen muchos argentinos, sino un modelo de socialdemocracia.

La socialdemocracia (izquierda liberal) nació, aproximadamente, en 1930 (en Suecia, precisamente) y, desde su inicio, rechazó el marxismo, aunque fue la socialdemocracia alemana la primera en ponerlo por escrito, en 1959 (congreso Bad-Godesberg). Allí, el proyecto del Partido Socialista Alemán decía: “La libertad de consumo, de trabajo y de iniciativa empresarial es fundamental y la libre competencia es un elemento importante de toda economía libre. La presión económica totalitaria destruye la libertad. Por ello, el PSA propugna un mercado libre”.

Mauricio Rojas lo aclara: “… La socialdemocracia reconoció que “la gallina de los huevos de oro” era el capitalismo sueco y que hacía falta cuidarla, engordarla y no matarla. El Partido Socialdemócrata sueco ha sido el más procapitalista de todos que pueda imaginarse. Las derechas occidentales son nada, comparadas con lo que ha sido la socialdemocracia respecto del gran capital sueco. Y me sorprendió mucho, cuando llegué a Suecia, la gran amistad existente entre los sindicatos y el capitalismo. No se manifestó ninguna situación propia de la lucha de clases; al contrario…” (5).

En lo político, Suecia es un país serio (con instituciones), donde manda la ley y no los caudillos populares de turno; en efecto, el Estado sueco es constitucional y el constitucionalismo es creación exclusiva del liberalismo político (Locke, Tocqueville, Montesquieu y otros).

Finalmente, una diferencia determinante: en Suecia, impera un rígido código moral, basado en la ética luterana, mientras que aquí festejamos la “viveza criolla” y el robo de la propiedad privada (de ahorros, jubilaciones, etc.).

Las generaciones futuras deben comprender que, para hacer justicia social en serio, es imprescindible multiplicar las empresas privadas y atraer inversiones extranjeras, porque estas significan más puestos de trabajo. Para que los argentinos podamos aspirar a un porvenir digno, la mentalidad Estado-socialista, en contra del sector privado, debe ser reemplazada por Estado-constitucional, cooperando e impulsando el sector privado.

Cuando el ideólogo del socialismo español (Felipe González) visitó la Argentina, un periodista le preguntó por qué, siendo socialista, “defendía tanto a las empresas”, a lo que González respondió que “si no las defendiera, no habría riquezas para distribuir”.

El problema de los Estados bienestar es que desincentivan la ética de trabajo en los pueblos, como ocurre hoy entre los jóvenes suecos, que se preguntan: “¿Para qué estoy estudiando? Sin estudiar, tal vez ganaré lo mismo…” en subvenciones. No obstante, el Estado distribuidor es posible, pero sólo si se impulsa y desarrolla el sector privado, no si se lo reduce, acorrala y demoniza.

(1) Conferencia de Mauricio Rojas en el Centre D’Etudis Jordi Pujol, Barcelona, noviembre 15 de 2005 (www.jordipujol.com).
(2) El Estado de bienestar y el malestar de la Europa social, Mauricio Rojas, CADAL, Nº 72, mayo 14 de 2007.
(3) La cultura sueca conquista el mundo, web embajada de Suecia en la Argentina (www.swedenabroad.com).
(4) “La Nación”, 14/6/2004, Ernesto Poblet.
(5) Conferencia de Mauricio Rojas en el Centre D’Etudis Jordi Pujol.

Diego F. Wartjes es abogado y autor del libro Sálvese quién pueda. Patología de la sociedad argentina.

http://www.lanueva.com/edicion_impresa/nota/21/03/2010/a3l162.html

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: