Paquito y el mandito


Aquí en el Uruguay, y en cualquier otro lugar del mundo, cuando un primer mandatario accede a su alto cargo como resultado de elecciones tan límpidas como libres, hace declaraciones con las que muy difícilmente alguien pueda discrepar en su esencia. Todos ellos, en efecto, expresan buenos y sanos propósitos, todos manifestaron intenciones que generan un gran apoyo entre sus seguidores y aún entre quienes fueron o son sus adversarios políticos; todos, en resumen, quieren el bien del país. Con sus actitudes, pues, abren una enorme puerta hacia la esperanza porque, evidentemente, si tienen éxito en lo que planean, la sociedad entera se beneficiará.

De ahí, el sentimiento predominante en los diversos sectores que se integran la nación es que el gobernante, el nuevo presidente fruto de la voluntad popular mayoritaria y encarnación visible de los principios republicanos y democráticos, no fracase en la gestión que comienza a emprender.

No se trata, desde luego, de una adhesión ciega y absoluta la que recibe.

No es, tampoco, un cheque en blanco el que expide la ciudadanía. Es, sí, en cambio una actitud de espera prudente, un reconocimiento de que el elegido por el electorado debe tener su oportunidad de llevar a la práctica sus ideas y es, concomitantemente, una puesta a prueba de su voluntad y poder de decisión.

El pueblo aguarda, entonces, que la contundencia de los hechos se sobreponga a cualquier tipo de especulación pues dirá su veredicto más allá de la música de las palabras o de la simpatía de los gestos.

El ser humano es -no cabe otra posibilidad-, imperfecto, falible y, a menudo, esconde incapacidades y debilidades tras aspectos que aparentan lo contrario. Por ello, siempre flota, latente o manifiesta, una indescartable duda sobre las reales condiciones de quien se encargará de timonear la barca nacional.

Esa gran duda – o prevención sobre la naturaleza humana- es recogida por el humorismo español y traducida en una sutil sentencia: “¿Queréis conocer a Paquito?… Pues, dadle un mandito…”

Es que una cosa es ser un intérprete válido del sentir popular y poder encarnar las aspiraciones de amplios sectores de menguados recursos, expresarse sin academicismos y hasta utilizar un palabrerío chabacano, vestirse sin preocupaciones formales y no hacer mayores concesiones a las costumbres protocolares. Y otra cosa, muy distinta, -que muy poco o nada tiene que ver con lo anterior – es tener una clara concepción de los destinos del país, saber distinguir entre lo fantasioso y lo real, entre el clamor de las tribunas y las exigencias propias del desarrollo nacional, entre los lugares comunes de pretéritas y ya anquilosadas ideologías y los mandatos de un mundo en el que quien no avanza retrocede.

Obviamente, el pasado de cualquier hombre pesa en su presente. No obstante ello, es inconducente definir a alguien por sus actos juveniles -por más graves que estos hayan sido- o finalmente con el paso de los años, por su aspecto de viejo bonachón y espontáneo, reflexivo o dicharachero o intempestivo.

El lector sabe a quien nos estamos refiriendo.

Ignoramos, en consecuencia, cuál es su verdadera personalidad y cómo habrá de actuar en las circunstancias específicas inherentes a su elevado cargo. Nadie puede saber, con certeza, cómo reaccionará frente a los múltiples y delicados problemas que se le presenten, habida cuenta de que posee un fuerte liderazgo sectorial, una mayoría absoluta en ambas cámaras y poder… mucho poder. Irascibilidad probada, exabruptos destemplados, por ejemplo, sobre la justicia y sobre países vecinos, ¿son buenas cartas de presentación cuando se es cabeza de un régimen presidencialista como el nuestro?

Ante tal panorama, resalta el valor sicológico de la citada humorada hispánica.

“Paquito y su mandito” crea incertidumbres en el manejo que de su gran poder sea capaz de hacer un gobernante, cualquier gobernante. Porque -lo dice Voltaire- “la pasión de dominar es la más terrible de todas las enfermedades del espíritu humano”.

Fuente: El País Digital

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