El balbuceo cívico

Por Norma Morandini*

Primero fue el verbo, dice la Biblia, y el poeta agrega: “Aun la atmósfera tiembla con la primera palabra, elaborada con pánico y gemido”.

Como en ese poema de Neruda, nuestras primeras palabras democráticas cargan con los miedos y el llanto dejados como marca del autoritarismo. Un balbuceo cívico dominado por los agravios y las descalificaciones personales, como si el lenguaje colectivo no pudiera despojarse de aquella atmósfera de maltrato y desconfianza de los tiempos en que nos desquiciamos como país. Tal vez el gran cadáver que nos dejó la dictadura haya sido la política. Nació muerta, asesinada por la prédica autoritaria de que es algo sucio y ensuciada por los que hicieron de los negocios públicos botines privados.

¿Cómo explicar, entonces, que dos décadas y media después de la democratización no hayamos sido capaces de construir un diálogo cívico, inherente a la vida con los otros? Si la democracia es el único sistema que legitima el conflicto, ya que la libertad pone en movimiento intereses y derechos, ¿cómo resolver esas diferencias sin compartir un idioma común? El lenguaje público, el que se escucha en los medios, ya sea el de los dirigentes o el de la gente, suena vulgar, altisonante, como si lo único que supiéramos hacer fuera gritar o insultar.

Ese desprecio hecho de palabras desnuda nuestro atraso cultural político. Sesenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, como en la Europa de entonces, los argentinos tenemos una concepción confusa de la democracia. Tal como lo observó Sartori, al igual que sucedió tras el nazismo, la democracia, lejos de convertirse en un ideal común, apareció como una “distorsión terminológica” que desembocó en la “ofuscación”. Tal como el comunismo, que contraponía su “democracia real” a la “democracia formal o burguesa”, reducida a los partidos y al sufragio, nuestra tradición política, dominada por el peronismo y la izquierda no democrática, descree de la democracia.

Porque tuve veinte años en los años 70, pertenezco a esa generación que antes que decirse democrática se definía revolucionaria. En nombre del socialismo se aceptaba la violencia como forma política. La vida y la Historia nos demostraron que la idea de que el fin justifica los medios desembocó en las mayores tragedias del siglo pasado, llámense nazismo, estalinismo o terrorismo de Estado.

Una lección no del todo aprendida es que sólo con política, que es negociación, no trueque de votos por favores, podremos superar los horrores del pasado. La irresponsable idealización de los años 70 lleva a que se ignore que hoy existe unanimidad en torno de la idea que vincula a la democracia con los valores universales, consagrados por la Declaración de los Derechos del Hombre. El primero, el respeto a la libertad ajena y el derecho de cada uno a formarse su opinión con libertad, sin tutelas ni imposiciones. De modo que es una contradicción en sí misma invocar los derechos humanos y luego negar el derecho de los otros a expresarse. Hay en la idea democrática una profundidad y una verdad superior que se nos escapan. La democracia no es sólo ir a votar ni alternarse en el poder.

Quien nos advierte sobre esa concepción es la filósofa brasileña Marilena Chaui, una de las intelectuales más brillantes de Brasil, fundadora del Partido de los Trabajadores, que en el gobierno demostró que se puede reducir la pobreza sobre la base de los derechos ciudadanos y no del odioso clientelismo, que toma a los pobres como rehenes electorales. Para la filósofa brasileña, “lo esencial de la democracia es que el poder no se identifica con los ocupantes del gobierno. No les pertenece. Es el lugar vacío que los ciudadanos periódicamente llenan con un representante, pudiendo revocar su mandato si no cumple con lo que fue delegado”.

Y va más a fondo cuando subraya que oficialismo y oposición no sólo deben ser respetados por la ley, sino que ambos expresan que una sociedad no es una comunidad única, indivisa, subordinada por consenso al bien común. Por el contrario: la sociedad es plural, diversa. Y como estas divisiones son legítimas, deben expresarse públicamente. “La democracia -dice Chaui- es el único sistema que legitima el conflicto.” Precisamente, la expresión pública del conflicto es lo que permite que trabajemos para resolver esas tensiones. El consenso no es un fin: es la consecuencia de reconocer las contradicciones sociales para que la solución surja de la propia sociedad. Lo mismo sucede con las ideas de igualdad y libertad, que son derechos ciudadanos y van más allá de su reglamentación formal. De lo que se trata es de saber que todas las personas, todas, son ciudadanos de derechos. Y cuando esos derechos no son garantizados se tiene el derecho y hasta la obligación de luchar para conseguirlos.

Los derechos se conquistan. No son la dádiva de ningún gobernante generoso. Esta es la idea fundamental de la democracia que permitió que las democracias liberales dieran lugar a las democracias sociales, basadas en el respeto a esos derechos. Como se trata, también, de bellas palabras, parafraseando a Borges cuando dijo que somos la justificación de nuestros muertos: la democracia no es de nadie, pero es de todos.

*Periodista, escritora, senadora por la provincia de Córdoba.

Artículo publicado en el diario La Nación

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