ALBERDI Y MENEM

Armando P. Ribas – Foro Republicano

 

                     A esta altura del partido ya no debiera de haber dudas de que el gobierno del Dr. Menem, más allá de sus falencias, ha producido un cambio trascendente en la Argentina. Pero más aun, ese cambio ha sido precisamente en cumplimiento de la Constitución Nacional, no obstante la reforma de 1994. En ese sentido es importante señalar que la Constitución de 1853-60 tenía, al igual que la Constitución de Filadelfia y su primera enmienda, dos partes.

                        En Argentina la primera parte establece los derechos y garantías que gozan los ciudadanos frente al gobierno. En Estados Unidos, por el contrario, esta parte que se conoce como el “Bill of Rights” fue sancionada cuatro años después que la parte formal. Esto se debió a que muchos de los participantes de la Convención de Filadelfia en 1787, entre ellos los denominados anti-federalistas, pensaban que esos derechos eran por demás reconocidos ya en cada uno de los trece estados de la Unión.

                        Definitivamente no era así en la Argentina, donde, tal como decía Alberdi, imperaban las leyes de Indias, o sea, el régimen colonial, después de la independencia, tanto como en el resto de la América Latina. Es decir, que nuestra primera parte se refería al reconocimiento de derechos individuales que no habían tenido vigencia con anterioridad. La segunda parte, por el contrario, es el régimen de gobierno cuyo objetivo era precisamente lograr que se cumpliera con la esencia de los derechos individuales establecidos.

                        Igualmente Alberdi era consciente de las dificultades que esa transformación tendría y escribió en su “Sistema Económico y Rentístico”: “El moderno régimen está en nuestros corazones, pero el colonial en nuestros hábitos más poderosos de ordinario que el deseo abstracto de lo mejor”, y más específicamente señala en la obra citada: “Encarnado en nuestras nociones y hábitos tradicionales, el sistema prohibitivo nos arrastra involuntariamente a derogar por ley, por el decreto, por el reglamento, las libertades que aceptamos por la constitución”.

                        Con respecto a la libertad económica Alberdi dijo asimismo: “El libro más importante de Economía política aplicada no está hecho todavía. Sería aquel que tuviese por objeto estudiar y exponer la incoherencia de nuestra legislación civil de origen grecorromano con las leyes naturales que rigen los hechos económicos y los medios políticos de ponerlas en consonancia con ellas”. La necesidad imperiosa de lograr este cambio fundamental era tan vigente en el pensamiento alberdino que en “Las Bases” escribió: “Hay muchos puntos que las facultades especiales dadas al poder ejecutivo puede ser el único medio de llevar a cabo ciertas reformas de larga, difícil e insegura ejecución, que si se entregan a legislaturas compuestas de ciudadanos más prácticos que instruidos, y más divididos por pequeñas rivalidades que dispuestos a obrar en el sentido de un pensamiento común.”

                        Es indudable que Alberdi en estas propuestas sabía de la dificultad de cambiar el sistema cuando el pensamiento y la educación del país era contrario a la reforma. En la Argentina, a diferencia de Estados Unidos, lo que se discutía no eran problemas del sistema, sino la naturaleza misma del sistema. O sea que no era que descreyera del Congreso ni la división de los poderes, sino que sabía que la transformación tenía que  provenir de una cabeza directriz con poder suficiente para llevarla a cabo. Entonces la pregunta era, ¿es una transformación necesaria? Y la única respuesta fueron los hechos mismos de aquella transformación que produjo el milagro argentino de la segunda mitad del siglo XIX. Pero más aun, aquella transformación contenida en los principios liminares recogidos por la Constitución de 1853-60 no eran otra cosa que transportar a la Argentina el valor de la norma de derecho e impedir que ésta fuera violentada, precisamente, por las legislaturas a través de leyes, decretos o regulaciones.

                        Lamentablemente a partir de cierto momento histórico que me es difícil de ubicar en el tiempo, el camino trazado por la Constitución fue desconocido en los hechos. Esa violación de la norma de derecho – “Constitución”- que implicaba precisamente el valor de los derechos civiles llevada a cabo a través de las propias legislaturas y convalidada por la justicia, tomó el nombre de los derechos sociales. Esa violación, que encontraría en el movimiento peronista su fuente inspiradora pero que no podemos negar, fue compartido mayoritariamente por el país, produjo el milagro inverso: la involución argentina que logró salir del primer mundo al que había arribado política, cultural y económicamente en los albores del siglo XX.

                        No voy a describir las causas y los factores que definitivamente provocaron el estancamiento y la pobreza en Argentina, sino tan sólo que ese era el país que encontró el Dr. Menem en 1989. Increíblemente, dada su procedencia, es decir, del partido que había sido el ariete del desastre, el Presidente se dedicó desde el primer día a corregir el rumbo para volver a la Argentina a la norma de derecho, es decir, a la aplicación de las garantías y derechos de la Constitución. El proceso no era fácil e, indudablemente, todavía quedan muchas pero muchas cosas por hacer, y aun la transformación no ha estado ajena a errores graves. Pero lo que sí no debiera caber dudas es de que el presidente ha  intentado cambiar el rumbo y lo ha logrado en gran parte, no obstante la oposición de un país que había vuelto, sin darse cuenta, al régimen colonial.

                        Sin lugar a dudas uno de los escollos más grandes en esta transformación lo constituye la estructura totalitaria del sistema sindical argentino. Esa estructura es, en lo jurídico, inconstitucional y la mayor fuente de inseguridad jurídica en el país. En el orden económico es el mayor impedimento para mantener la estabilidad monetaria y con ella el continuo crecimiento de la productividad, que es la única forma de derrotar a la pobreza. Pero más específicamente es, a su vez, el mayor determinante del nivel de desempleo, tanto como se ha comprobado igualmente en otros países como Francia, Alemania, España, etc. La norma de derecho contenida en la Constitución es, pues, la fuente del bien común, que es precisamente desafiado por el poder sindical. Los decretos de reforma del sistema sindical ante la irresponsabilidad aparente del Congreso son la única respuesta en manos del Ejecutivo para lograr, nada más ni nada menos, que el cumplimiento de la norma de derecho. Como dijera Alberdi: “La democracia misma se aviene mal con nuestros medios, y sin embargo estamos en ella y somos incapaces de vivir sin ella.”

3 Responses

  1. Cavallo tomo las medidas “exitosas”. Gracias a la politica populista de Menem y el miedo a perder apoyo no devaluamos a tiempo como hizo Brasil. Y luego vino la crisis de balanza de comercial, etc…. Es ignorancia decir que menem hizo algo sensato…

  2. Ariel ¿Es ignorancia decir que Menem hizo algo sensato ? privatizaciones es totalmente sensato y , lamentablemente por la herencia cultural populista del peronismo, mal visto, Menem se atrevio.

    Quitar el serrvicio militar obligatorio no fue sensato? analicemos objetivamente el tema, , Que es “Devaluar a tiempo?” fijate como eran las exportaciones antes en la paridad cambiaria y como son ahora…. fijate el poder adquisitivo antes y ahora… saludos

  3. Privatizar es sensato? Esta todo dicho.

    La plata que deja una empresa privada hace rica a una bolsa pequeña de genet. Una empresa estatal hace rico a un estado. Luego es él el encargado de distribuir bien esa riqueza. Pero si alguien me pregunta que prefiero ante la riqueza para unos pocos (que en estos casos encima son extranjeros) o el estado, prefiero el estado.

    Creo que cualquiera que esté casado con las privatizaciones indiscriminadas tiene el panorama nublado.

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