La hora de la Constitución

Quienes transitan los desprestigiados círculos políticos y lo hacen con dignidad, honradez y dedicación deberían hacer el esfuerzo por demostrar que esas virtudes existen y que es posible extenderlas. Poca gente cree que ello sea posible, pero yo conozco infinidad de políticos que hacen honor a su vocación de ocuparse de los asuntos públicos, dedicando su vida a ello. Merecen, por eso, nuestro respeto.

Sin embargo, también hay muchos otros que hacen del engaño, el cinismo y la hipocresía un culto y se vanaglorian de ello. Pero no sólo esos políticos tienen el doblez como método de acción. Los acompañan otros dirigentes sociales que hacen gala de igual desparpajo en el uso de la mentira. Periodistas que especulan con información, empresarios que especulan con contactos espurios, sindicalistas que se venden al mejor postor, intelectuales de pacotilla que opinan según intereses mezquinos pululan en el escenario de nuestra castigada sociedad.

Todos ellos son los verdaderos enemigos a quienes hay que denunciar. La tarea, sin embargo, no es fácil, pues la opinión pública no distingue entre unos y otros.

Hay quienes se esconden tras el velo que les otorgan sus inmerecidas posiciones. Vemos, entonces, individuos y organizaciones que, utilizando torcidamente sus contactos, sus pequeños arreglos, pontifican, especulan y lucran de modo indecente, sin que ello trascienda. De muchos, sabemos que no buscan el bien común o el bienestar general, sino sus propios intereses. Entre quienes más conocen esos chanchullos, están los dirigentes políticos, los honestos, los correctos, que son quienes deberían denunciarlos y excluirlos de la consideración pública.

Para ello hay que tener suficientes agallas y decir las verdades aunque duelan y sean “políticamente incorrectas” y priven a quienes lo hagan del halago fácil y la aceptación pública.

Esa es una tara pendiente. No hay, en la Argentina, en el presente, individuos que hagan esa tarea de denuncia y limpieza. Muchos se aproximan a ella, pero no tienen suficiente difusión; precisamente, por el tenor de sus manifestaciones.

Hay que llamar las cosas por su nombre y no temer las consecuencias, porque peor es el silencio cómplice.

Por ello, hay que denunciar a quienes dicen que se ocupan de los intereses de la comunidad y callan los atropellos de los “piqueteros”, que violan derechos constitucionales e infringen normas de igual rango. Hay que denunciar a quienes someten a nuestros conciudadanos a la esclavitud de la “ayuda social” y sólo consiguen indignas sumisiones. Hay que denunciar a quienes venden sus votos (legisladores) por un plato de lentejas y a quienes apoyan o promueven esa deshonestidad por ventajas personales disfrazadas de ventajas políticas.

Hay que señalar a quienes predican una cosa y hacen otra, a quienes mudan de opinión sin consideración ni respeto por la palabra empeñada. A quienes dicen promover la justicia e impartirla y se comportan como mentecatos vengativos.

Es cierto que, frente a la casi ausencia de políticas públicas que comprometan a los dirigentes a defenderlas, es fácil escapar de las declaraciones de principios y los solemnes juramentos. Sin embargo, hay un credo civil, la Constitución nacional, que nos obliga a todos, pero, especialmente, a quienes se ocupan de la cosa pública ( res publica), a defender sus principios.

Llegará la hora en que los indignos, los mentirosos, los ladrones serán juzgados; no tanto por los jueces, sino por el tribunal de la opinión pública. La salud de nuestra Nación lo exige.

por Guillermo V. Lascano Quintana

Fuente: Tábano Informa

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