Cambiar la receta…

Por Elena Valero Narváez* – Foro Republicano.


El incremento de la actividad estatal da al estado la función de garante del funcionamiento del aparato productivo. Se cree que con ello se favorece el nivel de inversiones y se crean efectos multiplicadores que estimulan la economía. En Argentina como en cualquier parte del mundo el gobierno que promovió este camino fracasó en sus aspiraciones.

La planificación de la producción intentando darle a la propiedad y al capital un sentido social mostró que lleva a tener que subir los salarios provocando mayores costos a los productores a la vez que se reduce la demanda.

Las políticas basadas en las finanzas sanas y equilibradas, en cambio, donde el estado se mantiene lo más al margen posible de la economía, preocupándose por evitar el déficit fiscal,  -receta liberal-  produce resultados positivos.

La presidente del Banco Central, Marcó del Pont, mostró hace pocos días, con puntero en mano, los sectores a los que el gobierno ayudará a expandirse mediante las reservas del organismo que dirige, abandonando éste sus funciones originales al convertirse en factor de desarrollo y crédito.

De esa manera nos anuncia que accederá a un gasto público aún más dispendioso como lo pretende la presidente Cristina Kirchner.

La nacionalización del comercio exterior fue invención del gobierno de Perón, y representó, por los errores e improvisaciones que se opusieron a leyes vinculadas a la economía, un desastre para el buscado desarrollo del país.

Parte del programa fue el famoso Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) con el que el gobierno peronista se convirtió en el único comprador de los cereales y oleaginosos, fijando, además, los precios. Ese organismo se encargaba incluso de destinar “a piacere” los volúmenes que según opinión del gobierno necesitaban los molinos, las fabricas de aceite etc. También destinaba los cupos a la exportación, siempre en nombre de la independencia argentina, negociando, incluso, los precios, con gobiernos extranjeros. Las empresas exportadoras debían adquirir, del IAPI, la producción, a los precios indicados desde el gobierno para, recién, poder comerciarla en el exterior.

El gobierno justicialista ayudó a algunos empresarios argentinos a amasar enormes fortunas -como en la actualidad lo hace el kirchnerismo-  por tener el manejo de los contratos y hacer uso del poder que ello le confería.

También por medio de ese organismo se dieron subsidios y compensaciones con la misma intención actual de bajar los precios.

El fracaso de la política estatista fue bien observable hacia 1949 cuando comenzaron a bajar los precios de los granos. Se agregó en 1951 y 1952 una sequía que ayudó a dejar en terapia intensiva las exportaciones. Se tuvieron que bajar los precios y vender lo producido a lo que era aceptable para el mercado internacional. Para poder exportar el estado tuvo que vender por debajo del costo absorbiendo las pérdidas.

El resultado fue que la crisis obligó a tener que comer pan negro obtenido del mijo y los asalariados pagaron el indispensable abandono de las políticas keynesianas con la reducción  de salarios y la consecuente reducción de compra.

Después de su prédica en contrario, Perón se dio cuenta de que la política intervencionista de regulaciones, subsidios, prebendas, política de tipo socialista que lastimó la propiedad privada nacionalizando el comercio exterior e incluso los depósitos bancarios, no había dado el resultado esperado. Pero, la sociedad en su conjunto había absorbido las ideas estatistas de Perón. Nadie quería un cambio.

Los aumentos de salarios decididos arbitrariamente por el gobierno llevaron al aumento de los precios. Las empresas ganaron menos y se redujo la producción y la acumulación de capital, exactamente igual a lo que ocurre hoy en nuestro país.

La solución para la crisis actual es cambiar de receta: dejar de privilegiar al estado por sobre el individuo. No es otra cosa que dejar de recurrir a elementos artificiales como son, los pactos con empresarios, el crédito dirigido o utilización del presupuesto en desarrollar la actividad económica. Se debe  gobernar aceptando las preferencias y acciones de las personas.

Tanto peronistas, militares y radicales adhirieron a políticas similares a las de Perón.  Todos fracasaron y sufrimos similares consecuencias. No es Marcó del Pont quien tiene que decidir qué sector debe desarrollarse porque  será el estado el que siga generando gasto público y deberá responsabilizarse de los fracasos. Es la sociedad en su conjunto la que se perjudica como sucedió en varias etapas de la historia económica argentina.

El cambio de receta debe dirigirse de una vez por todas hacia grados cada vez mayores de libertad económica y restituir el respeto por la propiedad privada. Esta debe ser el motor del desarrollo futuro. No se puede ser liberales en política y socialistas en economía como lo pretenden, aún, gobiernos bien intencionados. La inversión por la cual hoy nos desesperamos sólo puede regresar abandonando la incoherencia.

El futuro presidente deberá asumir la responsabilidad de arreglar el descalabro que legarán los Kirchner. Debemos volver a las políticas que salvaron a países destruidos por la segunda guerra y que son similares a las que están salvando ahora a algunos países de America latina.

Es hora de que algún partido de la oposición muestre un programa de acción política que olvide el desarrollo voluntarista del estado y predique la fórmula, en muchos países exitosa, basada en una democracia estable y una economía sana que desista de la absorción de la actividad económica por el estado. Dejar que funcione el mercado con reglas claras de competencia, de libre formación de precios, de oferta y de demanda.

Casi todos los sectores de la economía pueden llegar a protegerse solos, sin ayuda estatal si se le sacan trabas y cargas impositivas desproporcionadas. Se deberá orientar al país hacia un comercio internacional más libre, exigiendo la debida reciprocidad.

El futuro gobierno tendrá que crear condiciones que estimulen la actividad exportadora  en vez de prohijar y fomentar el aislamiento internacional.

Debe tenerse como principio general de gobierno que el estado no avance por encima de los fines de las personas.

La planificación que pretende el gobierno actual sobre la economía, deja de lado al individuo y endiosa lo colectivo, expresión dilecta del socialismo. Tenemos infinidad de ejemplos que demuestran el fracaso del socialismo: su esencia, la abolición de la propiedad privada y la planificación central de la economía lleva con sus métodos compulsivos a las dictaduras y a los totalitarismos. Se necesita del autoritarismo para ejecutar el plan de desarrollo elegido por los burócratas estatales.

La economía de mercado por el contrario se ha aplicado con éxito en los países que dejaron atrás la pobreza y la ruina que les produjo la guerra. Alemania, Bélgica, Austria, Italia. Francia, cuando la aplicaron, alcanzaron prosperidad y estabilidad política y social.

Debemos regresar al desarrollo espontáneo que permite el respeto de las reglas del mercado y al equilibrio presupuestario que nos aleja de la inflación. El declamado desarrollo que prometen los burócratas desde el estado es otro. Deviene en inflación y déficit de presupuesto. La planificación central deja de lado como hemos visto, a través de los planes inventados por los funcionarios, a la iniciativa individual que genera el crecimiento espontáneo.

Los próximos gobiernos tienen que alinear el sistema democrático que proporciona un ambiente pacífico para la resolución de los problemas con una política económica basada en una orientación liberal donde el desarrollo por decreto sea reemplazado por el que privilegia las preferencias de las personas, la competencia de productores en el intento por satisfacerlas y el precio justo que produce la relación entre vendedores y compradores. La regulación de la producción y el consumo es provocada por estas libres interrelaciones.

Chile es un ejemplo a seguir aunque haya sido gobernada por pseudo-socialistas. Llámense como quieran, los políticos de ese país, desde Pinochet en adelante, son fervientes defensores de la economía de mercado. Ya puede ser considerado un país democrático, capitalista, con estabilidad política y económica.

El postulado de Marx de que fatalmente la sociedad capitalista se transformaría en una sociedad socialista no se ha cumplido. Por el contrario, en las sociedades capitalistas el trabajador mejora su nivel de vida ostensiblemente, justamente, porque en ellas, el campo de la libre iniciativa y acción se amplía considerablemente.

* Elena Valero Narváez: Autora de “El Crepúsculo Argentino” Lumiere. 2006

evaleronarvaez@hotmail.com

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