QUE QUEDÓ DE LA VIEJA IZQUIERDA

Por Claudio Chaves

Cuando el Presidente del Uruguay, José Mujica,  convocó a un nutrido grupo de empresarios a una reunión en Punta del Este la sorpresa fue hacia ambos lados del arco político. Gratas para un sector, naturalmente amigable de la democracia, la libertad y el capitalismo, y supongo, aunque todavía no han hablado, poco amigables para el arco progresista y enemigos del capitalismo.

Lógicas reacciones cuando se escucha de boca de un ex guerrillero plantear las necesidades que tiene el Uruguay de recibir inversión extranjera capaz de generar riqueza y garantizarles, al mismo tiempo,  a los empresarios que allí no serán expropiados. Desde el lugar que se lo mire la alocución de Mujica habla de una izquierda que nuestro país no conoce. Su discurso no fue de fractura y confrontación. Reivindicó a su patria porque todavía pueden caminar por las calles sin ser agredidos ex presidentes y funcionarios. Raro para una vertiente del pensamiento que hace de la lucha de clases y la violencia las parteras de la historia.

Frente a la irrupción de Mujica ya no quedan dudas que en América latina el progresismo está partido o dicho de otra manera  tiene dos visiones de la realidad mundial.

Por un lado, un sector de izquierda, que denominaré vieja izquierda, aliado a un nacionalismo rancio y arcaico y es proveedor de un discurso anti mundialización. Festeja todo aquello que interrumpa los flujos comerciales, financieros e industriales, atacando a los organismos mundiales que pueden facilitar el libre funcionamiento de la economía mundial como la OMC, el FMI, la ronda de Doha, el Banco Mundial, etc. La crisis capitalista del 2008/09 la observa como un final de época y el renacer del intervencionismo estatal. Augura un retorno al proteccionismo, que por otro lado, desea.  Con mercados nacionales autárquicos semejantes al de la década del 30’ -época en la cual forjó su bagaje teórico- volvería a empezar. La pereza intelectual es la madre de los más grandes errores teóricos.

Cree  en valores como el antiimperialismo, al que asocia con el anti norteamericanismo y la antiglobalización. Da por cierta la revolución que se avecina. Estas visiones se han hecho fuertes en Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Bolivia, Cuba y la Argentina. Son coincidentes con cierto nacionalismo de extrema derecha de Europa que ve con temor como las pequeñas y antiguas naciones del viejo continente se disuelven en la Unión.

Cree aún en la sustitución de importaciones alejada de las grandes corrientes del capitalismo internacional. Su imaginario se apoya en la consolidación de una nación, como lo hizo en su momento Alemania o los EE.UU.: expansión del mercado interno recortado de la economía mundial. Friederich List y Karl Marx son sus autores favoritos o quienes mejor iluminan el derrotero a seguir.

La otra visión, más moderna, podríamos denominarla nueva izquierda, asume como una realidad ineludible el proceso de globalización. No está en una postura antimundialización sino que pretende aprovechar las oportunidades que brinda un capitalismo triunfante y, al parecer, arrollador. Para ella ya no hay revolución. Ese ciclo está terminado. Aspira a encontrar ventajas para su país y los sectores sociales más postergados de su patria en la economía mundial, asumiendo riesgos y ventajas.[1] Los más claros ejemplos son Chile y Brasil. Lula, en el medio de la crisis mundial del año pasado, alertó sobre la torpeza de caer en el viejo proteccionismo aislacionista de antaño, preocupado por ciertos movimientos que observó en algunas naciones europeas. Es que la economía de su país creció aceptando la mundialización como una posibilidad cierta. Chile y China del mismo modo. Y ahora irrumpe Uruguay. Su punto de discusión con otras vertientes políticas pro-mundialización (denominadas incorrectamente de derecha) es su crítica al neoliberalismo, al que acusa de ser la ideología de la globalización.  Su antiliberalismo persigue el afán de construir un relato “popular”   al servicio de los marginados del mundo, dotando al movimiento global de un nuevo discurso.

¿Porque una izquierda piensa de una forma y la otra de manera distinta? ¿Qué  las separa y cuando comenzó la diáspora? Evidentemente, han procesado de manera diferente los acontecimientos de 1989, esto es, aquellas jornadas que marcaron el triunfo del capitalismo por un lado y el final de la guerra fría por otro.

Una dirigente de izquierda uruguaya, casualmente, la mujer de Mujica, Lucía Topolansky, afirmaba el primero de diciembre del 2009 por radio Mitre:

“Por aquellos años (los 60’) la Unión Soviética iluminaba el horizonte de lo probable y todos creíamos en aquella posibilidad y mucho más frente al triunfo de la revolución cubana. Pero la caída de la Unión Soviética modificó todo. No es que la lucha por la justicia y la igualdad ya no tenga sentido. Lo tiene pero en el marco de las nuevas realidades. Hay que entender que hemos perdido (lo repitió tres veces, y no hacía, solo, referencia a la derrota militar de los Tupamaros en el Uruguay sino a la derrota mundial del modelo alternativo al capitalismo). Con la caída de la Unión Soviética, ha quedado un ganador y nosotros hemos perdido. La utopía hoy es el acuerdo.”

En síntesis una izquierda que todavía piensa con los esquemas de la Guerra Fría y  otra que se ha actualizado.

MIENTRAS TANTO EN LA ARGENTINA

En nuestro país, por su historia, el problema se complejiza aún más. La izquierda nunca contó con el favor popular de manera que no tuvo la necesidad política de actualizarse. No tenía responsabilidades de poder a presente ni a futuro. Y el espacio de los intereses populares fue ocupado por el peronismo. Este, con su líder vivo, fue adaptándose a las circunstancias con el transcurrir del tiempo y  los cambios mundiales. No era lo mismo 1945 que 1973, los dos momentos en que Perón asumió las presidencias. Mientras en sus dos primeros gobiernos adoptó un relato sesgado al nacionalismo, viró en el segundo a desarmar la conflictividad con los EEUU. Desde el exilio europeo y en plena década del 60’ acentuó un discurso más revolucionario con aditamentos del pensamiento de izquierda. Quizás Perón, desde Europa y por aquellos años, pensaba que la Guerra Fría la ganaba la URSS. Fue muy impresionante para la intelectualidad europea y latinoamericana la Sputnik I en el espacio, la perra Laika y el Yuri Gagarín. La URSS parecía invencible.

Kennedy desesperado bramaba:

“¿Hay algún lugar donde podamos alcanzarlos? ¿Qué podemos hacer? ¿Podemos dar la vuelta a la Luna antes que ellos? ¿Podemos saltarles por encima? ¿Ojalá alguien me dijera como alcanzarlos? Busquemos a alguien, a cualquiera. No me importa si es un portero. Alguien que sepa como hacerlo.”[2]

Más allá de si esto fue así o no en el pensamiento de Perón lo cierto es que hubo una adecuación del peronismo. Para eso contó con una importante galería de pensadores denominados “nacionales” que contribuyeron a la tarea. Y con “formaciones especiales”, con buenos vínculos con Cuba. Es que Perón seguía pensando como su discurso, de comienzos de los 50’s, en el Colegio Militar de la Nación:

“La Revolución Francesa comienza su acción efectiva en 1789, derrotada por la Santa Alianza; sin embargo, arroja sobre el mundo su influencia a lo largo de un siglo, por lo menos. Todos somos hijos del liberalismo creado en la Revolución Francesa. En 1914, para mí, comienza un nuevo ciclo histórico que llamaremos de la Revolución Rusa.

Y si esa Revolución Francesa ha arrojado sobre el mundo un siglo de influencia ¿cómo esta Revolución Rusa triunfante y con su epopeya militar realizada no va a arrojar sobre el mundo un siglo de influencia. El hecho histórico es innegable. Si la Revolución Francesa termina con el gobierno de las aristocracias, la Revolución Rusa termina con el gobierno de las burguesías. Empieza el gobierno de las masas populares”  [3]

En el marco de la guerra fría, la URSS cobraba una importancia central en el pensamiento de Perón. No se abrazaba a ella, pero entendía su influencia en occidente. La Tercera Posición nace, en consecuencia, como alternativa a los dos bloques que se disputaban el mundo. El peronismo es hijo de la Guerra Fría. Ni yankees ni marxistas fue la mejor síntesis política-popular del peronismo y explica luminosamente su ubicación en el tiempo histórico.

Es interesante interrogarnos que hubiera pensado Perón de haber vivido los acontecimientos de 1989, al cerrarse el ciclo de la Revolución Rusa. Pero eso es responsabilidad de los que vinimos después. A manera de anécdota vale comentar que para un importante historiador marxista como Hobsbawm, el siglo XX comienza en 1914, con la Primera Guerra Mundial. Notable coincidencia con Perón y, al igual que el General, sostiene  que es el inicio de un nuevo ciclo.[4] Como el hombre, aún, vive y se halla muy lúcido, ha observado que la implosión soviética marca un cierre:

“Es indudable que en los años finales de la década de 1980 y en los primeros de la de 1990 terminó una época de la historia del mundo para comenzar otra nueva. Esa es la información esencial para los historiadores del siglo.”[5]

EL PROBLEMA DEL PERONISMO

Al peronismo le ha ocurrido lo mismo que a la izquierda latinoamericana. Tiene dos miradas.  Hay uno que sigue pensando en términos de la Guerra Fría y hay otro que afirma que el conflicto  ha terminado y que este es otro mundo. Se podría decir que un abismo los separa. En todos los órdenes difieren. Veamos.

El peronismo del 90’ decidió los indultos. Varias interpretaciones pueden hacerse, la pacificación, el cierre de las heridas como se afirmó por aquellos años. Sin embargo nada de esto podía alcanzarse si la Guerra Fría hubiera continuado. El triunfo de un bando sobre el otro, el triunfo del capitalismo sobre el comunismo transformaba en obsoleto la continuación del conflicto en este rincón del mundo.

Mandela en Sudáfrica hizo exactamente lo mismo que el peronismo en los 90’. Por estos días puede verse una excelente película dirigida por Clint Eastwood, Invictus, altamente reveladora de estos hechos. En Polonia luego de la caída del comunismo, Lech Walesa planteó la política de la línea gruesa, como él le gustaba decir. Trazar una línea que perdone para atrás porque como él manifestaba, si se lanzaban acusaciones en un ambiente de revancha político-histórica hubiéramos tenido la guerra civil y no se habría logrado nada. La línea gruesa era imprescindible para continuar la transformación pacífica.

En definitiva el triunfo sobre las organizaciones armadas y la patria socialista en la Argentina anticipó el 89’ alemán y el triunfo de Walesa.

En términos culturales las miradas vuelven a diferir. Un sector del peronismo,  exegetas de los pensadores “nacionales”, alertan  sobre los riesgos de nuestra cultura ante el avance diabólico de la mundialización que es la cara moderna del  neoimperialismo, el viejo imperialismo norteamericano remozado y actualizado. Hablan, entonces, de proteger nuestro cine, teatro, música, valores, costumbres en la creencia que nuestra inferioridad cultural no podrá sobreponerse a la potencia de los forasteros. Un destino signado por una historia de derrotas y fracasos. La vieja consigna de “Una cultura nacional y popular” es la mejor síntesis de esta sicología. Cuando, por el contrario, la realidad  muestra a nuestro cine, telenovelas, guiones, artistas, libros,  novelas, música como se imponen en el mundo y son valoradas en el corazón imperial.

Exagerando ya no debemos cuidarnos nosotros,  ahora ha llegado la hora de que se cuiden ellos. Esto piensa otro sector del peronismo y de la sociedad argentina.

En definitiva en tiempos de mundialización la cultura no se protege, se promueve.

En lo económico al igual que en lo cultural las diferencias pueden sintetizarse en el aislamiento y desconexión del mundo o en la integración a los mercados mundiales.

Esto implica al interior del país distintas alianzas sociales. El peronismo del aislamiento, del vivir con lo nuestro, de cortar, en la medida de lo posible, los vínculos con los organismos internacionales y que pregona un neokeynesianismo industrialista valorará fundamentalmente un mercado interno protegido y aislado del mundo. Un dólar alto de vinculación al mundo sólo en las exportaciones y cierre de nuestra economía al aporte tecnológico y de inversiones y un Estado interventor.  En este caso la alianza social se hará con sectores industriales poco competitivos y amigos de un Estado protector y sectores obreros vinculados al modelo mercado internista. En definitiva poco amigos de la globalización económica. Esta mirada ha empujado a funcionarios del actual gobierno tanto como a intelectuales que lo sostienen  a afirmaciones temerarias que chocan con el sentido común de la historia como por ejemplo que la crisis capitalista del 2008 es terminal y marca final de época porque comienza lo que ellos siempre han pregonado: el intervencionismo de estado. El Neokeynesianismo. Sin discriminar cuando una medida es, tan solo, una  herramienta y cuando se transforma en cuerpo doctrinario. Choca también con el sentido común de marxistas serios como Hobsbawm.

El otro peronismo de apertura al mundo privilegiará los sectores económicos altamente competitivos en el mercado mundial: el campo y la cadena agroalimentaria, las industrias culturales, el turismo y los sectores obreros vinculados a esta economía con mayor dinámica.

En este intríngulis se halla la política argentina. Esta divisoria de aguas habla  de la magnitud del conflicto político argentino.

EL KIRCHNERISMO

Es un conglomerado heterogéneo de fuerzas peronistas tradicionales, progresismo peronista, no peronista y antiperonista. Eso sí, cada vez más menguado y raleado.

Como armado político guarda en su interior posiciones muchas veces encontradas. Algo los unifica sin embargo, su rechazo a la década del 90’ que denominan neoliberalismo. Luego difieren en muchas otras.

Un primer análisis nos lleva a dividir a este gobierno en dos períodos. El primero, de origen. Como heredero del descalabro de la Alianza hubo de gobernar bajo el clima político creado por las circunstancias de la crisis y el clima ideológico-cultural gestado por las fuerzas políticas mayoritarias, opositoras a los años 90’. Es justo señalar que por aquellos años la oposición a los 90’ abarcaba a la casi totalidad de la partidocracia. En la actualidad este rechazo ha cedido ostensiblemente. En ese clima Kirchner tuvo que subirse a la marea progre porque esa era la atmósfera excluyente. Como político que es comprendió el sentido de la ola que rugía bajo sus pies al decir de Bismark y actuó en consecuencia. Indudablemente fue izquierdoso. No hay dudas sobre ello. Si algunos políticos e intelectuales hoy afirman que habla con la izquierda e implementa políticas de derecha se confunden. Pasa que en el siglo XXI el progresismo no es más el futuro como se arrogaban en los 60’, es el pasado, es retro, si se quiere es conservador de aquí la confusión. Pero sin lugar a dudas fue progresismo anticapitalista como lo indican sus posturas de fractura con el mundo globalizado. Coincidente con los  movimientos antiglobalización que comenzaron a reunirse en Porto Alegre a partir de 2001. Y con la derecha europea.

Fue el período de la soja cara y la recaudación jugosa. Hoy el kirchnerismo prácticamente ha desaparecido. Muchos de los que lo acompañaron en origen han comenzado a comprender el mundo y otros se apartaron porque el Gobierno no avanzó todo lo que los grupos extremos pretendían. El peronismo-kirchnerista-camporista hace lo que puede para terminar el mandato como Dios manda. De manera que hoy es muy difícil encuadrarlo. Se alejan a la disparada. Como le decía Kirchner a su consejero José Pablo Feinmann: “Los intelectuales como vos buscan la pureza todo el tiempo, los políticos no nos podemos dar ese lujo”

Un puñado de intelectuales de izquierda que acompañaron la experiencia se encuentran desolados porque la posibilidad que veían se les ha escapado. Galazzo, Viñas, Feinmann, Aliverti, Forster, Nun, Di Tella, Caparrós, Anguita, Bauer, Horacio Gonzalez, Noe Jitrik, Pino Solanas, Sabatella, Pigna, han iniciado el camino del desierto. Saben que ya no hay esperanzas.

De todos modos no piensan del mismo modo. Han evolucionado del mismo modo que los foros antiglobalización. Algunos hacia Lula otros hacia Chavez.

Así estamos.

CLAUDIO CHAVES


[1] Wallerstein, Immanuel: ¿Qué sisgnifica hoy un movimiento antisistémico? En  Michel Wieviorka: Otro mundo… F.C.E. México. 2009

[2] Johnson, Paul: Estados Unidos. La Historia. Javier Vergara Editor. Bs. As. 2001.  Pág. 727.

[3] Ramos, Jorge A.: Revolución y Contrarrevolución en la Argentina.  La Era del Peronismo. Senado de la Nación. Pag. 63. Bs As 2006. Citado de Miguel A. Pérelman Cómo hicimos el 17 de octubre.

[4] Hobsbawm, Eric: Historia del Siglo XX. 1914-1991. Ed. Grijalbo. Barcelona 1995. Pag  15.

[5] Hobsbawm, Eric: Ob. Cit. Pág. 15.

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