Los impuestos y la naranja mecánica

Por Ezequiel Luppi – CoPE. Para Foro Republicano.


Me parece oportuno analizar cierta  similitud que encuentro entre el sistema impositivo vigente, y el sistema Ludovico, curioso tratamiento aplicado a delincuentes en el libro de Anthony Burgess “La naranja mecánica”, y que se hizo famoso a través de la película del mismo nombre realizada por el director Stanley Kubrick; similitud a pesar de la cual la mayoría de las personas reacciona de manera distinta frente a cada uno de ellos.

Cuando uno protesta frente al aumento de algún impuesto, o simplemente por su existencia, rápidamente encontrará alguien que le explicará que el dinero que se paga en concepto de impuestos es utilizado por el estado para realizar todo tipo de obra benéfica para la sociedad, es decir, educación, hospitales, seguridad, infraestructura, etc.

No importa si usted es mala persona, avaro, poco caritativo, o pobre, el sistema impositivo actual exige en forma compulsiva dinero de los ciudadanos para luego, en el mejor de los casos, dedicarlo a algún fin útil.

Ese es exactamente el mismo razonamiento que se utiliza en el libro “La naranja mecánica” en donde a través de un tratamiento conocido como el sistema Ludovico una persona, en este caso el personaje principal, pierde la capacidad de ejercer todo tipo de violencia, y como consecuencia de ello deja de cometer delitos, o como claramente se explica en la novela, pierde la capacidad de tomar una decisión ética.

Es importante destacar que el personaje de la novela no se vuelve bueno, no avanza en el camino moral del hombre, sino que simplemente encuentra imposible hacer el mal, de forma tal que un personaje descripto como el sacerdote de la prisión donde alojan al personaje, que en esta fase del libro es solamente conocido por un número,  le aclara lo siguiente “El problema es saber si esta técnica puede hacer realmente bueno al hombre. La bondad viene de adentro, 6655321. La bondad es algo que uno elige. Cuando un hombre no puede elegir, deja de ser hombre” (1)

En alguna forma esto es lo que ocurre con los contribuyentes, los cuales no se vuelven más desprendidos, generosos, o concientes del sufrimiento del prójimo, sino que descansan tranquilamente entendiendo que el ejercicio efectivo de estas virtudes corresponde al estado.

Los entusiastas del sistema Ludovico impositivo entienden que privar a los ciudadanos de determinada cantidad de dinero, evita que estos lo despilfarren en lujos suntuarios o vicios, sin observar que al mismo tiempo estas personas tampoco podrían utilizar su dinero en causas nobles, ejercitando alguna virtud.

Hoy los contribuyentes no deciden que cantidad de dinero deben aportar, ni cuando hay que hacerlo; tampoco como ni donde invertirlo, es el gobierno quien toma estas decisiones por ellos.

Surge claramente que este modo de actuar, al igual que en el libro, no mejora la condición moral de los ciudadanos, es decir, no hace de los contribuyentes mejores personas, sino que incluso los hace peores, por cuanto pierden la costumbre de tomar decisiones éticas por sí mismos, olvidando virtudes como el ahorro, debido a que el estado ahorra por ellos, y careciendo por completo del hábito de la caridad, por cuanto ésta es canalizada a través de los organismos de promoción social.

De esta forma las personas lentamente van perdiendo la capacidad de tomar decisiones respecto de qué medicina, seguridad, e infraestructura necesitan, todo eso es decidido por otros, por lo que finalmente comienza a desaparecer la capacidad de discernimiento, siendo usual escuchar a personas sugerir soluciones a distintos problemas sin contemplar mínimamente componentes de la realidad como la escasez de recursos, o la relación costo-beneficio, etc.

Si bien es cierto que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes, es importante destacar que esta deliberación y gobierno es acerca de los grandes temas de un país, no sobre cuestiones que pueden ser resueltas en forma individual por los ciudadanos, casi diría que justamente aquellas cosas que no pueden ser resueltas en forma individual por los ciudadanos son las que deben resolver sus representantes.

Al privar al hombre del producto de su esfuerzo, se le impide ejercitar su capacidad de decidir entre vicios y virtudes, transformándolo lentamente en un ser irresponsable, incapaz de hacer efectivas las virtudes que dice defender.

Vuelvo una vez mas al libro, donde el sacerdote de la prisión advierte al personaje principal: “Estás entrando en una región nueva. Una cosa terrible si bien se mira. Y sin embargo, en cierto sentido, al aceptar que te priven de la capacidad de tomar una decisión ética, en cierto sentido realmente has elegido bien. O por lo menos eso quisiera creer. Eso quisiera creer, Dios nos asista a todos.” (2)

Lo llamativo de la cuestión es que a pesar de ser el mismo razonamiento el que se aplica en ambos sistemas, a la gente que le resultó repugnante el sistema Ludovico tanto en la novela como en su versión cinematográfica, es muy posible que le parezcan adecuados la mayoría de los sistemas tributarios vigentes.

Frente a este modo de pensar el libro señala un camino a seguir, en este caso, a través  del escritor que es brutalmente atacado por el personaje principal al inicio de la novela, y quien en ese momento estaba escribiendo un libro titulado la “La naranja mecánica”, que empezaba así “Para oponerme al intento de imponer al hombre, criatura que crece y puede demostrar bondad, que es capaz de beber el néctar que brota de los labios barbados del señor, para oponerme al intento de imponerle leyes y condiciones sólo apropiadas para una creación mecánica, levanto la acerada pluma…”(3)

(1) La naranja mecánica de Anthony Burgess, Ed. Minotauro. Pág. 79

(2) La naranja mecánica de Anthony Burgess, Ed. Minotauro. Pág. 90

(3) La naranja mecánica de Anthony Burgess, Ed. Minotauro. Pág. 26

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