La ideología es determinante

Por Denis Pitté Fletcher

La decadencia incesante que comenzara a recorrer nuestro país a partir de mediados del siglo XX, ha despertado el interés de filósofos, políticos, economistas, juristas, y, sobre todo, del ciudadano argentino que ensaya una y otra vez diversas explicaciones para explicar lo aparentemente inexplicable.

 Como dijera Armando Ribas, la Argentina es el único país latinoamericano que se encuentra en decadencia, porque para decaer es requisito previo haber sido. El resto de los países de la región sencillamente no conoció el pasado de grandeza y prosperidad que sí vivió la Argentina, colocada a fines del siglo XIX en el séptimo lugar de las naciones conforme a la medición del producto bruto ‘per cápita’, que tan claramente ha explicado el Dr. Juan José Cresto en sus vastas obras de historia nacional.

Varios ensayos se han elaborado para explicar el ascenso y el descenso de la Argentina, comenzando por la famosa invocación de la ‘pampa húmeda’ y los recursos naturales como determinantes de la riqueza experimentada en los primeros setenta y cinco años de historia a partir de Caseros.

Se trata éste de un argumento falaz, a poco que se considere que Rusia tenía mucha más y mejor pampa húmeda que la Argentina y, sin embargo, jamás logró salir de la pobreza extrema. La hambruna de Ucrania de 1932-33 -denominada “Holodomor”-, motivada por la colectivización de la propiedad rural impuesta por Stalin –Ucrania era por entonces el granero de Europa-, y que generó la muerte de alrededor de veinte millones de seres humanos –el peor genocidio de la historia universal-, muestra que los recursos naturales por sí solos no proveen riqueza. Además, este argumento nos llevaría a la conclusión, también falaz, de que la Argentina comenzó a decaer porque la pampa se secó…

También aquí viene bien recordar lo que dijera Ribas, en el sentido de que los recursos naturales, mientras son naturales, no son recursos. Por otra parte, Arabia Saudita y Venezuela cuentan con abundante petróleo bajo sus suelos, y sus poblaciones se encuentran mayoritariamente en la pobreza.

Obsérvese, finalmente, que Japón se construyó a partir de una gran roca sin pampa húmeda, y actualmente es uno de los países más ricos del mundo. También Chile, entre nosotros, que con una franja inerte ha comenzado a recorrer el camino del desarrollo y la prosperidad.

Otro tópico común es el de adjudicar el altísimo grado de crecimiento de los Estados Unidos –el país más avanzado del planeta- a su religión protestante y a su raza anglosajona. Otra falacia descomunal, que se demuestra con el simple expediente de observar que la Argentina llegó a ocupar el séptimo lugar entre las naciones, y no fue construida por los WASP sino por gallegos y católicos.

También observando que cuando los países de raza anglosajona y religión protestante cambiaron sus principios filosóficos de gobierno, como ocurrió con el laborismo en Inglaterra y con Carter en los Estados Unidos, su decadencia no se hizo esperar y no hubo religión ni raza que la detenga.

También se suele acudir al argumento que adjudica a la cultura de los pueblos, a sus costumbres y a su idiosincrasia, la razón de su riqueza o de su pobreza, olvidando que, tal como dijera Paul Johnson, culturas puede haber muchas pero civilización hay una sola, y ésta se da en donde se respetan los derechos individuales.

Una misma cultura puede tener dos destinos completamente distintos, como las dos Alemanias de posguerra que, tras la caída del Muro de Berlín dejó al descubierto la prueba de laboratorio más contundente de todos los tiempos: de un lado el sistema de las garantías de los derechos individuales, del otro, el sistema de los derechos sociales. De un lado la riqueza. Del otro, la miseria.

Por otro lado, se encuentra muy difundida y aceptada la opinión de que la causa del progreso está vinculada al avance de la ciencia y la tecnología, confundiendo de esta manera causa con efecto. Esta hipótesis no puede explicar cómo China, inventora de la pólvora y el papel y baluarte de las matemáticas, no logró despegarse durante siglos de la miseria y el atraso.

Hay quienes afirman que el avance de ciertos pueblos vino determinado por la esclavitud. Pero la esclavitud fue practicada en las colonias inglesas y no en Inglaterra. Los Estados Unidos, donde la esclavitud se practicó mucho más en el sur que en el norte, tuvieron mayor desarrollo en el norte que en el sur. Y España y Portugal, líderes mundiales en esclavitud en sus colonias no pudieron lograr economías crecientes a partir de este sometimiento.

Las teorías marxistas adjudican el desarrollo de ciertos países a sus políticas colonialistas y al imperialismo, confundiendo nuevamente causa con efecto. España y Portugal poseyeron las mayores colonias del mundo sin haber llegado a ser naciones avanzadas. Además, Inglaterra sembró semillas de progreso en sus colonias, como los Estados Unidos, Australia, Canadá, Hong Kong, Singapur y Nueva Zelanda, y esto hasta Marx, con sus manifiestas contradicciones, lo reconocía.

Todo lo cual nos lleva necesariamente a concluir que no está en los genes de los individuos que conforman ese universal denominado ‘pueblo’, ni en su cultura, ni en su religión, ni en su raza, ni en su suelo, ni en su tecnología o ciencia la razón que explica el comportamiento de esos individuos dentro de un determinado territorio, ni la razón que explica el avance o retroceso de sus economías nacionales.

Es bastante obvio que esa razón se encuentra en el sistema filosófico, político y jurídico que rige a una determinada sociedad, y que los individuos adaptan su conducta a ese sistema que los rige, pues, al permanecer la naturaleza humana inmutable, lo que hace variar sus acciones son las circunstancias. Y esta obviedad surge de la comparación entre los sistemas de los países desarrollados y los de los no desarrollados.

Ahora bien; tal como señaló en su “Tratado de la naturaleza humana” David Hume –ante quien debiéramos descubrirnos- toda ciencia social que se precie de tal debe partir de la ciencia del hombre, es decir, del conocimiento de la verdadera esencia del ser humano. Sabiendo cómo sienten y actúan realmente los hombres, es que se deben diseñar las instituciones sociales, en lugar de partir de una teoría idealista del ser humano –el famoso ‘hombre nuevo’ que lo único que logró es el asesinato de millones de ‘hombres viejos’- para luego pretender que esas acciones encajen en ella.

Podemos sintetizar la doctrina de Hume en la subordinación de la razón a las pasiones: “La razón es, y sólo puede ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”. A partir del sentimiento o pasión que otra persona, o un objeto, o un hecho cualquiera despierta en el hombre, éste dirige su conducta, salvo en las cuestiones puramente abstractas en que la razón hace su tarea en forma autónoma, incontaminada de las emociones, como en las matemáticas. Y aún allí…

Por ello, es necesario indagar cuáles son los verdaderos y reales sentimientos del hombre para, a partir de las respuestas, establecer las reglas de juego apropiadas para lograr dar satisfacción y protección a esas apetencias y necesidades. En otras palabras, debemos establecer del hombre cuál es su ´quiditas´, qué lo especifica, qué ‘es’, y no qué deseamos que sea.

Dado que el drama superlativo de gran parte de la humanidad es la indigencia y la desocupación, la primera pregunta que debiéramos hacernos, aunque parezca una obviedad, es si el hombre prefiere la abundancia o la escasez. La simpatía por la abundancia –o, si se quiere, por la ausencia de escasez- es algo tan evidente y natural, que pocas personas sentirán reparos en admitirlo.

Pues bien, segunda pregunta: ¿qué motiva voluntariamente a los hombres a crear riqueza, a emprender actividades tendientes a producir bienes y servicios, a generar fuentes de trabajo? ¿Lo hacen por amor al prójimo, por solidaridad, o por la ambición egoísta de mejorar su propia vida? Sobre la respuesta a esta pregunta se han montado dos sistemas filosóficos antagónicos y antitéticos: el primero, derivado de Rousseau y la Revolución Francesa, que con vértice en el idealismo y el romanticismo (como ironiza Armando Ribas, el hombre está obligado a ser Don Quijote) generó sistemas totalitarios, igualitarios y antiliberales como el comunismo, el fascismo y el nazismo; y el segundo, derivado de la Revolución Gloriosa de Inglaterra de 1688 y la Revolución Norteamericana de 1787 –al que adhirió la Constitución argentina de 1853- que con vértice en el realismo y el objetivismo (el hombre es Sancho Panza), generó sistemas de libertad, de tolerancia, de respeto irrestricto por la propiedad privada, y de seguridad jurídica. El primero, fundado en la envidia; el segundo, en el egoísmo o el propio interés.

El primero parte de un hombre que no existe ni existirá, en tanto que el segundo parte de la percepción realista de la falibilidad del hombre, que ya Jesucristo se había encargado de enseñar con aquello de que ‘el justo peca siete veces’, o ‘el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra’.

La observación científica, realista y desideologizada del ser humano, nos muestra que es el interés propio –y no la generosidad- la gran fuente voluntaria de la actividad generadora de riqueza. Juan Bautista Alberdi lo dijo sin ambages: ‘Los pueblos del Norte no han debido su opulencia y grandeza al poder de sus gobiernos, sino al poder de sus individuos. Son el producto del egoísmo más que del patriotismo…’

Pues producir para el solo provecho de los demás no se hace por amor a la humanidad –sentimiento que no existe en la naturaleza pues se trata de la universalización de un sentimiento que es particular- ni por propia vocación, sino por obediencia, temor y necesidad –lo que se utiliza implacablemente en los sistemas comunistas o nacionalsocialistas-, y, sistemáticamente, de mala gana y con poca eficacia.

Si es el propio interés el gran motor generador de emprendimientos productivos, tercera pregunta: ¿qué sistema filosófico y jurídico conviene implementar para asegurar e incentivar la producción de riqueza? Pues un sistema que, reconociendo el propio interés como una realidad genética inmodificable y no castigándolo, garantice al individuo humano la propiedad de lo que produzca y su libre uso y goce, es decir, que no atente contra esa motivación fundamental sino que la favorezca.

Ir contra la naturaleza humana es garantía de fracaso, y esto ocurrió, por ejemplo, en la ex Unión Soviética y en la actual Cuba, a pesar de la opresión utilizada para obligar a los seres humanos a producir. Allí, a pesar del extenso tiempo y de los ingentes esfuerzos en hacerlo, los genes no pudieron ser modificados, y los tiburones del Caribe pueden dar perfecto testimonio de ello.

Piénsese en las empresas del Estado o en cualquier organismo estatal. Quien las dirige no es el propietario, y, por tanto, si la empresa es deficitaria no es él quien pierde, como que si la empresa da ganancias no ve él incrementados sus ingresos. Es natural, entonces, que sea ineficiente en el gerenciamiento de esa empresa, que designe empleados en número exagerado y con sueldos no acordes a su productividad pues no los paga de su propio peculio, y que se generen corruptelas en todos sus niveles para malversar los fondos públicos.

En la empresa privada ocurre lo contrario: si el emprendimiento es exitoso el empresario obtiene ganancias; si es ruinoso, el propio empresario es quien pierde, y por ello tiende a ser eficiente y trabajador. Además, es improbable que se robe a sí mismo. Pero también en ciertos niveles de las empresas privadas grandes ocurre lo mismo que con las estatales: quienes sin ser propietarios ocupan cargos directivos, no tienen en juego su propio patrimonio, y, por tanto, no son más eficientes que lo necesario para que no los despidan. La naturaleza humana opera de idéntica forma en todos los ámbitos.

En los últimos tiempos, la Argentina ha establecido, en aras de una pretendida solidaridad social distribucionista que no es más que la máscara del propio interés de los gobernantes –pues el egoísmo no desaparece sino que cambia de lugar-, un sistema confiscatorio que desalienta las inversiones y provoca la huída de los capitales, a la vez que deriva fondos públicos hacia sectores que poco o nada producen. También en una muestra más de la verdadera naturaleza humana, ningún gobernante reparte lo propio –que misteriosamente se acrecienta- sino exclusivamente lo ajeno.

Es cierto que al propio interés deben fijársele límites para ser compatibilizado con otros valores, pero no a costa de pretender eliminar ese poderoso motivador de la creatividad y el emprendimiento pues en esto, como en ningún otro caso, es peor el remedio que la enfermedad.

Precisamente, fue John Locke en su ‘Segundo ensayo sobre el gobierno civil’ (1690) quien aportó un concepto de vital importancia, contrariando anticipadamente a toda la vertiente romántica-rousseauneana-hegeliana-kantiana-marxista, sostenedora de la falaz idea de que en el pueblo se encuentra la concupiscencia y la eticidad en el gobierno, criterio con el cual se le debe traspasar todo el poder al gobierno y que desembocara en los totalitarismos europeos del siglo XX.

Locke observó otra obviedad: que la falibilidad no sólo está en el hombre común sino también en los gobernantes –que también son hombres-, tal como podemos observar caricaturezcamente en ‘Rebelión en la granja’ (1945) de George Orwell, y de allí derivó la necesidad de limitar su poder. Gran Bretaña recogió este principio en la Revolución Gloriosa de 1688, y los ‘Founding Fathers’ de los Estados Unidos en sus ‘papers’ y en la Constitución de 1787. También, entre nosotros, Alberdi y la Constitución de 1853, de la mano de Urquiza. Fue así que Sarmiento en sus ‘Comentarios a la Constitución de 1853’ señaló que ‘Los americanos se han puesto de acuerdo en todo aquello que en el resto del mundo ha ido la causa de las revoluciones y de la opresión’.

Esta idea del límite al poder como garantía de los derechos individuales –específicamente el derecho a la vida, el derecho a la libertad, el derecho de propiedad, y, a mi juicio el comprensivo de todos éstos, el derecho a la búsqueda de la propia felicidad-, es la clave para que una determinada sociedad civil dentro de un territorio también determinado logre alcanzar los máximos niveles posibles de prosperidad y felicidad individual.

Y el límite al poder debe abarcar también al poder de las mayorías, pues, tal como dijera Madison, cuando el individuo está sometido al arbitrio de las mayorías se ha vuelto al estado de naturaleza en que el más débil está a merced del más fuerte. Realidad ésta también advertida por Lord Acton: ‘lo que el esclavo es en manos del amo, el ciudadano es en las manos de la comunidad’.

La consagración, entonces, de una Constitución como la de 1853 –que es la verdadera ‘pampa húmeda’ argentina-, ha sido la causa fundacional y fundamental de la Argentina exitosa, en cuanto diseñó un sistema de respeto por los derechos individuales y el consiguiente límite al poder, en armonía y sintonía con la real naturaleza humana. Descalificado y abandonado este sistema por obra y gracia de ideologías de corte absolutista –primero el nacionalismo católico y luego el socialismo-, comenzó la inevitable decadencia nacional, con sus secuelas de autoritarismo, inseguridad, pobreza y desesperanza.

Fuente: www.notiar.com

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