¿Son progresistas los Kirchner?

Apoyar a un gobierno en nombre de un supuesto mal mayor escondido en la oposición no sólo se trata de una pobre operación intelectual sino que, como lo ha demostrado tantas veces la historia, es un argumento que opera como un justificatorio real de un orden dado que siempre es el peor.

 “Raros tiempos éstos en que la derecha no es derecha, la izquierda no es izquierda y el centro no está en el medio” (André Malraux)

Un argumento que suelen usar con frecuencia los defensores vergonzantes de los Kirchner es que a este gobierno hay que apoyarlo porque la oposición es mucho peor. El argumento no es nuevo, pero para cierto sentido común populista suele ser eficaz y, sobre todo, tranquiliza conciencias.

 En efecto, a una persona medianamente honesta se le hace muy difícil justificar las trapisondas de Kirchner corrompiendo o chantajeando a gobernadores, los atropellos institucionales de Moreno, la filmación que prueba que Antonini efectivamente estuvo en la Casa Rosada, la renuncia de Nacha Guevara a la banca demostrando que la lista de diputados kirchneristas en provincia de Buenos Aires fue una suerte de asociación ilícita organizada para estafar al electorado, la imposibilidad de justificar las fortunas multimillonarias de los Kirchner y sus colaboradores o la misteriosa fuga de los fondos de la provincia de Santa Cruz.

Alguien podrá decir que de todas maneras los errores mencionados no son más que anécdotas, episodios menores que no alcanzan a mancillar una gestión progresista, nacional, popular y, para algunos de izquierda. El rasgo distintivo de los oficialistas de toda cepa es relegar a la condición de anécdota los vicios del gobierno que integran. Por el contrario, a mi modesto criterio, en el único lugar donde es posible imaginar un kirchnerismo popular o de izquierda es en la fantasía de sus seguidores.

Seamos claros y vayamos al meollo de la cuestión. La Argentina de los Kirchner es más pobre, más injusta y más ignorante. Lo dicen las estadísticas, pero también lo dice la calle. Basta recorrer algunas barriadas o prestar atención al número creciente de indigentes en semáforos o esquinas para verificar aquéllo que no quieren ver o ven pero no están dispuestos a asumir.

Hay que decirlo una vez más para que “el que quiera oír que oiga y el que quiera entender que entienda”. El régimen kirchnerista no ha tomado una sola medida que tienda a mejorar la distribución de la riqueza a favor de las clases populares. Temas tales como reforma impositiva o impuestos a la renta financiera, brillan por su ausencia. La brecha entre ricos y pobres se ha profundizado y el poder económico y político está cada vez más concentrado, al punto que muy bien podría decirse que los multimillonarios titulares de este gobierno constituyen la real oligarquía económica y política que, a la hora de las comparaciones, permite relacionarlos no con Chávez o Castro, sino con Putin, el jerarca ruso – educado en el comunismo y salido de los servicios de inteligencia de la KGB- que gobierna al país apoyado en la represión, el espionaje interno y los formidables negociados con sus capitalistas amigos.

Que Cecilia Pando o algunos grupos conectados con el autoritarismo militar estén en contra de este gobierno no quiere decir mucho. En tiempos de Onganía y Lanusse algunos terratenientes liderados por un Anchorena estaban en contra de la política agraria de la autodenominada Revolución Argentina, pero eso no autorizaba a suponer que Lanusse u Onganía fueran de izquierda, como tampoco el comercio con la URSS habilitaba a decir que Videla fuera comunista.

Desde el punto de vista institucional los niveles de manipulación y corrupción de este gobierno son visibles. La “izquierda” kirchnerista justifica estos atropellos en nombre de una supuesta eficacia para hacer oír la voz del pueblo. Las instituciones para ellos son puntales del privilegio y la injusticia y, por lo tanto, deben ser burladas o destruidas.

La decisión está validada intelectualmente porque sería el único camino que dispone el pueblo para hacer oír su voz. Al respecto habría que decir que si un pensamiento alienado es aquel que pretende justificar lo imposible con abstracciones sacadas del mundo real y colocadas en el Parnaso celestial de las almas puras y las buenas intenciones, el caso de los kirchneristas de izquierda sería el más representativo.

En principio hay que decir que los Kirchner no atacan las instituciones burguesas, entre otras cosas porque los grandes burgueses de la política argentina son ellos. Lo que atacan es una variable republicana del orden burgués que es la que le impone controles y límites a sus ambiciones y voracidad. Los Kirchner no atropellan a las instituciones en nombre de la justicia social, sino para acumular más poder y más dinero. Los que deciden en este esquema de poder no son los chicos de Carta Abierta sino los De Vido, los Ulloa y la claque de multimillonarios que los rodean. El rol de González, Verbitski o Página 12 es más modesto, es el de mandarines del poder pagados, o no, para maquillar al monstruo y hacerlo presentable ante las almas bellas de cierta progresía nacional y popular.

Históricamente los defensores del oficialismo han recurrido a la coartada moral del mal menor. Los kirchneristas no inventan nada, tampoco necesitan hacerlo. En un escenario más trágico, los chavistas dicen lo mismo en Venezuela. La pretensión en todos estos casos es muy limitada: se admite que lo que se defiende no es bueno, pero se lo defiende porque lo que va a venir será peor. En tiempos de Stalin, los simpatizantes de uno de los regímenes más criminales de la historia decían lo mismo, nada diferente a lo que dicen hoy los defensores de la tiranía castrista, la misma que acaba de ordenar a sus sicarios que apaleen a una chica que dispone como única arma un blog.

Estas comparaciones a algunos les pueden resultar exageradas. Entre Stalin y Kirchner hay evidentes diferencias, pero lo que se mantiene es ese mecanismo exculpatorio de un régimen que en nombre de un mal mayor apoya a rajatablas un supuesto mal menor que, como la historia se encargó de demostrarlo, no sólo que se trataba de una pobre operación intelectual, sino que además el argumento operaba como un justificatorio real del orden dado que -y esto es lo que se resisten a admitir- siempre es el peor.

¿Y qué pasa con la oposición? En primer lugar, importa decir que no hay una sola oposición, sino varias. En segundo lugar, es necesario admitir que hasta el momento esas oposiciones carecen de un proyecto alternativo de poder, una incapacidad seria si creemos en el principio de que toda oposición es tal cuando, además de criticar, es capaz de presentarse ante la sociedad como capacitada para gobernar.

En la Argentina, la crisis de los partidos y de la democracia representativa se manifiesta también como una crisis de las fuerzas políticas opositoras. La oposición hoy es más una oposición de dirigentes, muchos de ellos mediáticos, que de partidos. Razones históricas explican estas fallas, pero el principal responsable de que la oposición exhiba serias dificultades para organizarse como tal es el propio kirchnerismo, quien con los fondos de la célebre caja corrompe políticos de todos los signos.

Por su lado, la oposición interna a los Kirchner, es decir la oposición peronista, tiene sus propios inconvenientes, salvo que alguien suponga que personas como Menem, Puertas o Rodríguez Saá son creíbles o son mejores que los Kirchner. En lo personal creo que no, que son lo mismo y en algunos casos son peores, cumpliéndose una vez más el principio tan peronista de colocarnos en la alternativa de elegir entre Drácula y Frankestein.

No obstante, y en nombre de una generosa amplitud, podría admitir que el discurso de Duhalde tiene algunos chispazos creativos. Vistas así las cosas, Duhalde -lo más viejo del peronismo- es lo único nuevo que observo en el horizonte porque, a mi modo de ver, la presencia de Reutemann sólo le agrega ojos azules al alma negra del peronismo.

¿Y dónde está entonces la oposición? Responderé a esta pregunta con lógica populista: la oposición real, la verdadera oposición a este régimen está en el pueblo, en ese ochenta por ciento de personas que han decidido de manera definitiva no votar a los Kirchner hagan lo que hagan y digan lo que digan. El dirigente que sepa cómo conectarse con esa mayoría, el dirigente que sepa cómo ganarse su confianza, habrá resuelto el dilema de una oposición social amplia y una oposición política débil, como respuesta efectiva a un régimen que hoy tiene mucho poder político y escaso, escasísimo, poder social.

Rogelio Alaniz

 Publicado en http://www.litoral.com.ar

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