¿Estamos dispuestos?

Quienes manifiestan su preocupación por lo que esta pasando en el mundo, por lo que nos ocurre como sociedad, siempre corren el riesgo de caer en excesos de diagnóstico y convertirse en meros relatores del presente.

La desazón, la impotencia, la resignación aparecen así como si todo estuviera perdido y cada círculo vicioso fuera eternamente interminable.

En algunos casos, efectivamente, solo se trata de meros detractores de lo que nos pasa. Gente capaz de describir lo que sucede, pero absolutamente inhábil para el diseño de una construcción que incluya, al menos, los pilares básicos para la reconstrucción.

En otros casos, los que lo dicen, hacen algo más que verbalizarlo. Con aciertos y errores, intentan esfuerzos en su “metro cuadrado” para mejorar su ámbito más cercano. Por insuficiente que parezca, al menos, ellos alinean discurso y acción. No es poco.

En estos tiempos es frecuente escuchar frases, tales como “la queja no es suficiente”, “es muy fácil criticar” o “nadie propone soluciones”. Y lo mas grave, es que esos lugares comunes, tienen bastante de asidero.

Por otra parte, resulta razonable que muchos hayan alcanzado su máximo punto de  saturación. Es que son demasiados los que dicen “BASTA”. Afirman con convicción que no quieren reiterar  su presente y mucho menos proyectar ese futuro que les propone poco.

Pero la cuestión de fondo es aún mas profunda. Quienes dicen sentirse superados por la situación, llegan también a estar molestos con los relatores que solo recitan diagnósticos y críticas, aunque estas estén parcialmente ajustadas a la realidad en más o en menos, porque las consideran inconducentes, irrelevantes.

Bajo esos supuestos, cabe preguntarse, si eventualmente alguien, o  algunos, propusieran, o tímidamente, sugirieran un recorrido posible, ¿Qué estamos dispuestos a hacer? Y es que esta cuestión aparece, porque muchas veces, todo hace pensar que el problema pasa solo por fallas diagnósticas, o hasta por ausencia de ideas. Y es posible que eso fuera así, en alguna medida. Sin embargo, ¿Qué sucede cuando alguien propone algo concreto, audaz, específico, una lucha por un derecho legítimo?

Entonces surge -necesariamente- la pregunta: ¿Realmente queremos saber que debemos hacer para cambiar el curso del presente? ¿Nos interesa en serio modificarlo, o sólo se trata de otro formato de la queja simplista, de un recurso retórico?

Es que la ausencia de ideas, de propuestas, de caminos alternativos resulta excesivamente confortable. No requiere sacrificio. Solo conversaciones de café, insignificantes y superficiales, que solo consiguen socavar las pocas convicciones que les quedan a algunos.

Los problemas que enfrenta la humanidad, el continente, nuestro país y cada una de sus ciudades, son complejos, al menos los más de ellos, sobre todo los mas significativos. Requieren de dedicación, inteligencia, una eficiente asignación de recursos y esa sincronizada convicción popular que sea capaz de sostenerse en el tiempo.

Algunos dirán que las soluciones son simples. Probablemente lo sean, para temas secundarios o menores. Pero la pobreza, la inseguridad, la decadencia de los valores, la república perdida, la democracia imperfecta, los indispensables contrapesos del sistema, precisan de soluciones, que las más de las veces son difíciles. Suponen no solo mucha tarea, sino de una coordinación absoluta que resuelva cada una de las aristas de esa innumerable nómina de componentes parciales de la problemática abordada.

Ninguno de esos flagelos se resuelve con un chasquido. Hace falta bastante más que genialidades e iluminados para eso. Lo que incluye, claro está, un diagnóstico que nos encuentre mayoritariamente encolumnados en una interpretación ideológica afinada. De lo contrario solo aplicaremos paños fríos a nuestro enfermo que agoniza. Los problemas son complejos, las soluciones no solo lo serán, sino que además, si aspiramos a superarlos, nos encontrará en el camino, con la necesidad de revisar si estamos haciendo lo correcto casi en forma permanente.

Y entonces, vuelve irremediablemente la pregunta original. ¿Estamos dispuestos? ¿Hemos tomado la decisión previa de saber que el proceso tiene un costo? ¿Qué ese costo como individuos, supone esfuerzos, recursos económicos y de los otros? ¿Qué, en el camino, las cosas que salgan mal implicaran pérdidas importantes? ¿O es que acaso en este mundo algo se consigue sin esmero? ¿Estamos dispuestos a abandonar los espacios de comodidad, los privilegios mal habidos, esos beneficios con los que nos endulzó el perverso sistema presente? ¿O es que creemos que la lucha se trata de que otros hagan la tarea y nosotros solo aplaudamos de tanto en tanto?

Cambiar la historia, requiere de buenos diagnósticos, inteligentes soluciones, pero fundamentalmente precisa de brazos, del esfuerzo de gente dedicada y capaz de hacer de eso, una tarea literalmente “militante”, disciplinada, perseverante, consecuente y coherente con el resto de los valores individuales que esgrimimos a diario.

¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a eso? ¿O es que ante la primera convocatoria para convertirnos en piezas claves de esta causa, aparecerán las excusas de siempre, esas que esgrimen los abúlicos, esas que funcionan como justificativos que explican que yo no puedo, pero que otro debe hacerlo por mi?

Formamos parte de una sociedad plagada de discursos desdoblados. Decimos una cosa y hacemos otra. Reclamamos que otros se ocupen de lo que nosotros debiéramos y nos enojamos con el sistema por nuestras propias torpezas y decisiones equivocadas.

El relato del presente sirve. También es cierto que no alcanza. Pero antes de dar el siguiente paso, el de llenarnos la boca con lo que creemos que debemos hacer, sería bueno que revisáramos con absoluta honestidad intelectual “que estamos dispuestos a hacer”. No sea cosa que esos que dicen VAMOS solo digan que no lo hacen porque no saben que hacer, cuando en realidad esconden algo más elemental, más básico, más primitivo. No están dispuestos. No importa el plan, no es relevante la idea.

Su preocupación solo llega hasta allí. Después de todo, si el plan existiera, deberían finalmente demostrar que su discurso era consistente y que realmente estaban dispuestos a todo. ¿Será así? ¿Realmente faltan orientadores, esos que nos digan hacia donde ir y cómo hacerlo? Pareciera que antes de eso debiéramos poder contestar a la pregunta original, esa que define cuanto esfuerzo personal, individual e intransferible creemos estar en condiciones de ofrecer. ¿Estamos dispuestos?

Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

http://www.albertomedinamendez.com

Corrientes – Corrientes – Argentina

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