Occidente se devora a sí mismo

(Reseña del libro La paradoja postmoderna, de Manuel Bustos. Encuentro. Madrid, 2009. Publicado en Suplemento Libros de Libertad Digital, 16 de octubre de 2009).

 Desde el 11 de Septiembre, en algunos sectores de las sociedades abiertas ha saltado la alarma sobre el carácter corrosivo del postmodernismo: el relativismo moral, el escepticismo intelectual, el hedonismo descontrolado, el consumismo salvaje, el apaciguamiento y el pacifismo, la crisis de la filosofía o el arte apuntan, cada vez más directamente, a un radical cambio de paradigma cultural en Occidente.

El postmodernismo, instalado en nuestras sociedades, en La Moncloa o la Casa Blanca, parece ser capaz de asestar el golpe de gracia a la cultura occidental, y con ella a las sociedades abiertas, las instituciones democráticas y el sistema económico liberal.

 El postmodernismo tiene su fecha de presentación en sociedad en mayo de 1968. Pocas veces han mostrado los intelectuales mayor irresponsabilidad intelectual y cívica, mayor gusto por la destrucción del orden heredado, mayor desprecio por la racionalidad que cuando participaron de lo que Aron llamó pseudorrevolución lúdica, en aquel París.

 Pero conviene recurrir aquí al libro de Manuel Bustos editado por Encuentro para recordar que en la historia de las ideas nada ocurre por casualidad, ni de un día a otro.

La aportación de La paradoja postmoderna al complejo problema de la postmodernidad y la crisis de la cultura occidental está en el recorrido que hace por la filosofía moderna y contemporánea.

Su tesis, que suscribo, es que el postmodernismo no es más que la culminación de la filosofía moderna y la extensión e hipertrofia de algunos de sus valores y principios, que en el siglo XXI se han vuelto contra la propia tradición de la que provienen, poniéndola en peligro, así como a toda la cultura occidental.

Para Bustos, existe una continuidad fundamental entre el pensamiento grecorromano, la filosofía cristiana y la modernidad, que explica el éxito de Occidente. Algunas líneas básicas de argumentación intelectual, de concepción del hombre y de la sociedad son las mismas en Aristóteles que en Popper o Habermas.

En la Modernidad y la Ilustración, aquéllas alcanzan una nueva formulación, unidas a conceptos como libertad, igualdad, democracia o progreso. Conceptos que provienen de la tradición occidental pero que, con la maduración de la modernidad, han acabado por hipertrofiarse, alcanzando en el siglo XX y XXI un desarrollo que jamás nadie había pensado, y que desagradaría a los propios pensadores modernos que los parieron.

¿Cómo se produce este proceso de autofagia occidental? Sigamos los pasos de Bustos en su bien armada obra.

La Modernidad trajo la crisis de los grandes relatos religiosos y filosóficos previos, del cristianismo al platonismo. Pero en la medida en que el hombre es un ser en busca de la verdad sobre su destino, aquéllos fueron sustituidos por cosmovisiones que ponían en el centro la individualidad y la libertad, que sacralizaban la razón (primero filosófica, después científica) y que buscaban todas las respuestas y soluciones en este mundo nuestro. Libertad, razón, progreso son términos conocidos en Kant, Hume, Descartes o Comte, los grandes pensadores modernos, que no obstante se mantenían dentro del esquema cultural heredado del Medievo.

Ahora bien, este estado de cosas tenía su lado oscuro. No hizo falta mucho para la aparición de las grandes ideologías totalizadoras: el nacionalsocialismo, el nacionalismo y, sobre todo, el comunismo y el anarquismo. En nombre de la libertad, buscaban derruir la tradición y el pasado; en nombre de la razón, construir un mundo nuevo; en nombre del progreso, edificar un mundo sobre las cenizas del pasado. Poco a poco, se fue abriendo paso la cultura del rechazo al pasado.

En 1968, el fracaso de las ideologías era patente, y sólo los más fanáticos decían ignorar o justificaban los crímenes en nombre del paraíso socialista: así que el rechazo se extendió también a aquéllas.

 Ganaba así enteros el nihilismo como forma de explicación del mundo. La caída del Muro, la constatación del fracaso izquierdista, sumió al progresismo mundial en la desesperación y la frustración. No quedaban utopías, pero quedaba aún toda una cultura que destrozar. Desde 1989, esta actitud de rechazo obsesivo a un pensamiento fuerte se ha extendido por toda la sociedad.

Por otro lado, la Modernidad apartó la concepción histórica del cristianismo e inició un proceso de secularización filosófica: Kant o Hume creían en Dios y en la moral, pero los apartaron respetuosamente de la reflexión intelectual. Aún los tenían por referentes, pero separaron el conocimiento de lo moral y lo espiritual del conocimiento del mundo:

Kant dedicó su Crítica de la razón práctica a la moral y la religión, y la Crítica de la razón pura al conocimiento científico. Tras él, Dilthey hablaría de ciencias del espíritu y ciencias de la naturaleza. De nada sirvió que todos ellos consideraran lo religioso, moral y trascendente como lo más digno e importante del hombre: la fractura ya estaba ahí, y la cultura moderna transitaría, a partir de entonces, por la pura razón, que después quedaría reducida a razón científica y técnica.

 Si en el mundo grecolatino y medieval el conocimiento humano se abría a la totalidad, con la modernidad se había partido en dos; siguiendo su lógica, con la postmodernidad lo trascendental y religioso acabaría mutilado. Hoy, no sólo en relación con el cambio climático o la gripe A, sino con la felicidad o el dolor, sólo se confía en ese ente abstracto y misterioso que es la ciencia. Lo demás carece de cualquier valor.

Por eso la postmodernidad supone la ruptura del cosmos como unidad real y asequible a nuestro conocimiento. Para Bustos, la Modernidad trajo tres aportaciones: el imperio de la Razón, teórica y práctica, sobre todo lo demás; la separación de Dios y lo trascendente de nuestro mundo, regido a partir de entonces por las leyes de la ciencia positiva, y la autosuficiencia de ésta para explicar el mundo que rodea al hombre. No cabe mayor optimismo, en el buen sentido del término, en la era de los grandes descubrimientos científicos y de la revolución industrial.

Pero la Modernidad expandió su propia lógica hipertrofiando los conceptos: la razón se convirtió en algo meramente instrumental, al margen de la verdad; la ciencia y la tecnología –unidas a la burocracia administrativa se convirtieron en déspotas mucho más fríos y distantes que el Dios que decían superar, y la reducción de la realidad a cifras, leyes y teorías científicas lleva a la reducción del hombre su reducción a materia, a su mutilación y aislamiento.

Lo sumió en lo que Durkheim llamó anomia, que tiene en el suicidio su mayor patología contemporánea. Jamás ha estado el hombre más liberado que ahora, y jamás se ha mostrado más infeliz y frustrado.

A ello hay que sumar la implacable labor de los maestros de la sospecha: Marx, Nietzsche, Freud. Con notable éxito, los tres pensadores buscaban desenmascarar la cultura occidental: no era, en el fondo, más que el disfraz de los intereses de clase, de los mediocres y temerosos o de nuestro más inconfesable y brutal inconsciente.

Brillantes en la prosa, originales en la argumentación, Marx, Nietzsche y Freud eran al mismo tiempo la culminación de la modernidad y la génesis de su destrucción.

Suponían la más alta cota del criticismo humano: tanto, que volvieron la sociología, la filosofía y la psicología contra sus propios fundamentos.

 En sus obras, la razón ocupa un lugar fundamental; pero, volcada sobre sí misma, sospechosa de todo y de todos, comenzó a devorarse a sí misma. Al final, lo que entró en crisis fue la propia razón y sus principios; la lógica y el lenguaje acabaron tan sometidos a asedio como la moral o el cristianismo. Hoy, la mentira, la manipulación y el sentimentalismo dominan el discurso político y social en Occidente, carente de articulación lógica y racional.

 

Sin una concepción filosófica que dé razón del sentido de la vida, del hombre, de la historia; con la razón volcada exclusivamente en cuestiones científicas, técnicas o políticas; con el rechazo obsesivo del reconocimiento de la verdad, de principios o valores supraindividuales, con el desprecio al pasado y la tradición, la cultura occidental navega más a la deriva que nunca, y cabe preguntarse si el problema no es aún mayor que el que acabó con los restos del Imperio Romano: al fin y al cabo, este dejó una herencia intelectual, que la postmodernidad amenaza con aniquilar.

Es probable que, esta vez sí, la civilización occidental esté dando sus últimos coletazos, pues el postmodernismo está destruyendo los puentes que habían unido, desde los tiempos de Tales de Mileto, la cultura occidental.

En el fondo subyace el carácter profundamente paradójico de la libertad moderna y postmoderna. La Ilustración y la Modernidad son, sin ninguna duda, épocas de libertad. Constituye ésta hoy en día el primero de los valores, el primero de los principios, el más fundamental de los derechos. Fundada sobre ella, nuestra sociedad abierta constituye un fenómeno casi milagroso. Sin embargo, los pesimistas tienen buena parte de razón.

Siguiendo a Bustos, la libertad puede constituir el mayor logro de la Modernidad, pero al mismo tiempo puede acabar con ella: ¿cómo ignorar que ha extendido su lógica más allá de lo pensado, a campos donde jamás debió reinar?

Al situarla como valor supremo, todo lo demás queda a sus expensas: el lenguaje deja de señalar necesariamente lo real para utilizarse libremente, según convenga; la lógica deja de tener unas reglas inmortales para retorcerse según convenga; el pasado se reinterpreta según las preferencias del historiador o del político de turno.

Los conservadores, y aun los tradicionalistas, no dejan de tener razón cuando consideran que la libertad corre desbocada por nuestras sociedades, royendo sin control alguno los fundamentos de la sociedad que al mismo tiempo la protege y ampara: en buena medida, es culpable de la autofagia de la cultura occidental. Para los liberales, esta es la suprema paradoja postmoderna, que deberán en algún momento afrontar si no quieren perder la libertad para siempre. Por eso la obra de Bustos no deja de resultar una aportación de primer nivel.

Por Óscar Elía Mañú,  analista del GEES en el Área de Pensamiento Político.

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