El Absolutismo Democrático

Otra vez sopa: el problema argentino

(y venezolano, y boliviano, y ecuatoriano…)

Por Pablo López Herrera

“El señor Marx no cree en Dios, sino que cree profundamente en sí mismo. Su corazón no está lleno de amor, sino de rencor. Tiene muy poca benevolencia hacia los hombres  y se convierte en furioso y rencoroso cuando alguien se atreve a cuestionar la omnisciencia de la divinidad a la que adora, es decir, el propio señor Marx.” (Bakunin, 1872)

1984

Si es más fácil someter un pueblo hambriento, mejor que sea así a dejar que haya un pueblo libre y próspero. Reemplácese Marx por cualquiera de los gobernantes de los países mencionados, y se podrá constatar que del “absolutismo monárquico” del Antiguo Régimen estamos llegando en estas latitudes a un “absolutismo democrático” que consiste en utilizar el sistema democrático para lograr el poder absoluto y someter a la sociedad, en el punto de riqueza o pobreza en que esta se encuentre. (1)

Así, están hoy severamente dañadas no solo la república y la democracia, sino hasta la propia convivencia (ahora se la llama gobernabilidad) y puestas al servicio de un poder que tiende a ser cada vez más absoluto, más arbitrario, más corrupto y más impune.

Todo ello incluye la destrucción de la persona. O mejor dicho, la exige como requisito previo: mientras un pueblo quiera  mantener su dignidad, luchará  por su libertad, e impedirá a estos socios forzosos que son los gobiernos totalitarios apoderarse de a poco de todo aquello que es lo propio (la propiedad es lo propio), incluyendo la esencia misma de las personas, destruyéndoles su autoestima y su voluntad para convertirlas en marionetas en manos del poder.

De allí la importancia y urgencia para la Argentina de los Kirchner de “la profundización del modelo”, que no es otra cosa que el apoderamiento del poder en el sentido orwelliano y la cuidadosa preparación de un campo minado para quien herede las ruinas que dejarán al partir. De donde lo importante no son los Kirchner sino todo aquello que el pueblo argentino los está dejando hacer impunemente. Como sucede también con Chávez, Morales y Correa en los países incluidos en el título.

La pareja reinante, luchará por permanecer tanto como pueda. Tiene “compañeros de ruta” que continuarán su proyecto al término de sus mandatos legítimos, o cuando se produzca el natural agotamiento del gobierno actual como le pasó a Alfonsín.

Lo que resulta curioso es que parezca legítimo destruir la república e ilegítimo defenderse de una tiranía democrática, más sorprendentemente parecida al nacionalsocialismo que al comunismo clásico, puesto que alimenta e incentiva a un “empresariado nacional” más proclive a la creación de la riqueza que los jerarcas del socialismo soviético. Es más fácil cobrar retenciones, impuestos y gabelas sobre el trabajo de los demás que organizar una economía de esclavos que produzcan las ganancias necesarias para que el “sistema” funcione. Todo está en que el agua les llegue al cuello, pero que puedan respirar.

¿Cuál es la solución?

La única forma de reinstalar una democracia republicana no provendrá de los ideologismos parcializados, ni de la lucha de clases, sino de la “sociedad civil organizada”, que constituye la mayoría numérica, y que no ha terminado de asumir un rol activo en la puesta en funcionamiento de proyectos que incluyan -pero que trasciendan- los liderazgos personales.

La “sociedad civil organizada” deberá abarcar la totalidad de los sectores perjudicados por esta máquina de poder al estilo “gran hermano”, a todos los que están afectados en su sana dignidad por la descomposición social, sino quiere convertirse en el brazo político de una de las partes y caer rápidamente así en la descalificación.

A solo título de ejemplo debería convocarse a los productores, empresarios y emprendedores de todas las clases sociales que están impedidos de crear riquezas tanto por la carga impositiva, como por la inseguridad jurídica y el continuo cambio de las reglas del juego; a los trabajadores que padecen un aparato sindical corrupto, prebendario o totalitario; a los padres y madres de familia que experimentan el deterioro de la educación de sus hijos y la demolición de la vida social mediante drogas y  vicios, y la intromisión del estado por encima de la patria potestad; a los que pretenden que tengamos fuerzas armadas respetadas y respetables, fuera de las manipulaciones de una “inteligentzia”(¡de las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado!); a los educadores que ven dificultada su sagrada misión de formación y preparación de los jóvenes, “encuadrados” por grupos ideologizados. Y también deberían participar los miembros de la administración pública que quieran que esta sea eficiente y libre de corrupción, nepotismo o favoritismos por la intromisión de los políticos.

Si se pretendiera crear condiciones para obtener resultados exitosos, estos y otros grupos sociales deberían trabajar juntos de modo organizado y con una visión de largo plazo, y hacer visible y sensible a la opinión pública y al gobierno nacional, así como a los provinciales y municipales su existencia, su presencia y sus objetivos. Deberán generar procesos y hacer surgir nuevos líderes que mantengan una presencia pública activa toda vez que se conculquen derechos y se procure continuar la destrucción voluntaria y activa del sistema social republicano o se avasalle la dignidad de la persona.

Los tiempos que corren son difíciles y lo serán aún más. La lucha será dura. Cuesta más sacrificios y esfuerzos construir que destruir. Pero habrá que sacar fuerzas de flaquezas y tener esperanzas, porque solo vale la pena vivir si es al servicio de causas que justifiquen la existencia. Más que optimismo, deberíamos tener entusiasmo, pensando que “quizás lo peor haya quedado atrás, y no lo sepamos”.

(1)     El tema es el poder. Como bien lo señalaba Orwell: “El Partido busca el poder enteramente para su propio bien. No estamos interesados en el bien de los demás; estamos interesados exclusivamente en el poder. Ni en la riqueza o en el lujo, o en una vida larga o en la felicidad: sólo en el poder, el puro poder. (…) Sabemos que nadie toma el poder con la intención de renunciar a él. El poder no es un medio, es un fin. Uno no establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer la dictadura. El objeto de la persecución es la persecución. El objeto de la tortura es la tortura. El objeto del poder es el poder. ¿Ahora empiezas a entenderme?” (Orwell “1984”)

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