Los héroes de la República

Una república implica división de poderes. Ese principio supone la capacidad de interrelacionarse de esos poderes, de funcionar en equipo actuando como contrapesos unos de otros y controlándose en forma cruzada.

Para ello, resulta imprescindible la autarquía de los mismos. El concepto de independencia es un criterio relativo. Se es independiente en relación a algo diferente, en este caso respecto de otro poder y de las organizaciones políticas.

La Argentina lleva unos cuantos años de democracia que ha sabido sostener con tropiezos. Sin embargo, nos cuesta aún comprender como ciudadanos la importancia de defender no solo la democracia sino la República. La una sin la otra, tiene poco sentido.

El ejercicio del gobierno suele, inexorablemente, derivar en abusos de autoridad. Siempre es posible que el mandamás de turno se tiente con hacer uso de esa fuerza incontenible, con esa impunidad casi legitimada, que cree que se deriva de una decisión electoral. No entiende que se trata solo de un “préstamo”, de una delegación transitoria de facultades al mandatario que tiene, en realidad, más obligaciones que derechos.

Para evitar esa eventual concentración del poder, resulta preciso acudir a los inteligentes e imperfectos mecanismos que propone la República. Aún con sus defectos, esta institución puede aportar “los frenos” a los exabruptos del poderoso de turno.

Es trascendente que la República funcione, que los poderes se encuentren debidamente balanceados, que nadie consiga aglutinar decisiones, que todos deban rendir cuentas y que puedan ser cuestionados, auditados y hasta despojados de sus atribuciones, cuando ejerzan de modo incorrecto el mandato delegado por los votantes.

El juego de la democracia y de la república tiene sentido, en tanto y en cuanto, consigue evitar un poder incontrolable. Se trata de lograr consensos y no de imponer formas ni decisiones.  Para evitar las atrocidades, están justamente los mecanismos institucionales.

Sin embargo la Argentina, como algunos otros países de estas latitudes, tiene un comportamiento históricamente autoritario y mesiánico. Ciertas sociedades pretenden un líder fuerte, que decida acerca de todo. No solo sobre lo que eventualmente le pudiera corresponder, sino también en relación a las leyes y la justicia.

Es demasiado frecuente escuchar a gente inteligente e instruida reclamando al titular del poder ejecutivo que tome decisiones legislativas o judiciales. Esto NO tiene que ver  con desinformación, sino con una marcada ausencia de convicciones republicanas.

Tal vez no creamos en la República. Quizás solo hayamos registrado esa observación evidente que nos muestra que quien detenta la autoridad conferida por el sistema democrático es aquel que se sienta en el sillón del titular del ejecutivo y que luego hace y deshace con absoluta discrecionalidad.

Un intendente, un gobernador o un presidente, define en ese modelo, no solo sus tareas, sino que establece la agenda legislativa y también la judicial. Salvo honrosas excepciones, decide que normas serán aprobadas y cuales otras rechazadas, y hasta define que fallos judiciales deben demorarse y cuales tomar mayor impulso.

Del otro lado, los serviles de la republiqueta, legisladores y funcionarios judiciales de diferente rango, aceptan mansamente “el empleo”, que fuera acordado en un sistema de lealtades atado a la suerte del propietario de la firma que suscribe las decisiones.

Para que esta payasada funcione como tal se precisan unos cuantos responsables y otros tantos cómplices necesarios. Un ambicioso con ínfulas de monarca, una secta de alcahuetes y traidores en potencia, y una sociedad sin convicciones.

Seguramente no será fácil librarse de los que están trabajando para constituirse en el próximo Mesías, ni de los aduladores profesionales. La especie humana está plagada de personajes como ellos. Sin embargo, una comunidad puede adquirir la confianza suficiente en un sistema imperfecto, pero claramente superador de la perversidad actual.

Buena parte de esa sociedad cree que la República esta dibujada, que es solo una institución ideal. Por eso sigue apostando a fuertes liderazgos. Pero puede y debe animarse a confiar en los mecanismos que otros países han aprendido con esfuerzo y diversa efectividad. Para ello, resulta imprescindible, tener una escala de valores y creer incondicionalmente en ella. En el proceso habrá, muchas veces, que privilegiar esas creencias por sobre las supuestas y tentadoras soluciones simplistas.

No tenemos República porque no hemos sido capaces de defenderla. No hemos tomado nota que el poder en pocas manos es peligroso, y que la esencia de la equidad es el equilibrio de las fuerzas. Aquel que todo lo puede, siempre tendrá sus preferencias y las ejercerá con la discrecionalidad e impunidad que la sociedad le permita.

Por eso, cuando vemos a legisladores capaces de resistir, remando contra la corriente, pidiendo informes y luchando por la transparencia, exigiendo a los demás poderes que hagan lo suyo y aportando las normas para que el ejecutivo las aplique, tenemos la responsabilidad de respaldarlos, aun en las diferencias.

Cuando los fiscales y los jueces son capaces de arriesgar su comodidad para investigar al poder, o fallar en contra de sus lineales intereses, cabe apoyarlos en forma irrestricta.

Si realmente se entiende el concepto de República, debemos defender a capa y espada, a aquellos hombres y mujeres que son capaces de resistir la tentación de buscar los calores del poder, que entienden que son empleados de la República y no de quienes eventualmente los promovieron en la lucha política.

En esa escala de valores, los hombres que se dedican a la cosa pública, deben comprender que su único compromiso es con la sociedad y con los derechos de cada ciudadano. Si no pueden sumar a esa causa, si solo son títeres del poderoso de turno, tal vez deban dar un paso al costado, revisando sus atrofiados e inconfesables principios. Asumir ciertas responsabilidades implica tener la grandeza suficiente para ocupar esos lugares. Esas posiciones, la del legislador, la del fiscal o la del juez, están reservados para gente INTEGRA. Los “escribanos” de decisiones ajenas, los que esperan la llamada telefónica con la orden actualizada, no merecen ni el espacio ni el respeto de la sociedad. No solo no hacen su tarea, sino que son mediocres a los que la historia no les tiene reservado ningún lugar de privilegio. Ni siquiera sus hijos podrán enorgullecerse del patético rol irrelevante que cumplieron, dejando pasar la oportunidad de hacer algo útil por sus vidas y su dignidad para dejarles un legado ejemplar a sus sucesores.

Hay que defender a los jueces que trabajan bien, a los fiscales, a los legisladores, a los que son capaces de establecer los indispensables contrapesos. Ellos son los héroes, muchas veces anónimos, de esta República anémica que supimos conseguir.

Cuando un fiscal investiga las denuncias de corrupción que recaen sobre el poder de turno, cuando un juez es capaz de darle impulso a una causa antipática para los gobernantes, cuando un legislador pide informes exigiendo transparencia, debemos apoyarlos como sociedad, sosteniendo públicamente a los que buscan verdades. No se trata de potenciar esas denuncias, sino de imprimirles idéntica fuerza para evitar caer en el “clásico” de las causas frenadas de esta bendita tierra.

Nuestra evidente ausencia de convicciones como sociedad, tal vez no nos haga merecedores de tanta entrega republicana. Pero alguien debe animarse a dar la batalla moral. Esos, ellos, los que están dispuestos a arriesgar su comodidad, merecen mucho más que nuestro respeto, porque están mostrando el camino correcto. Nosotros, como comunidad, aún no comprendimos la importancia de sostener las instituciones. Ellos, definitivamente son la reserva moral de esta sociedad. Con su lucha, defienden las instituciones. Sin dudarlo, son los héroes de la República.

 

 

Alberto Medina Méndez

Corrientes – Corrientes – Argentina

amedinamendez@gmail.com

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