Un argumento decisivo

Periódicamente, el Congreso norteamericano ha destinado dinero a causas denominadas caritativas. Un testigo presencial cuenta la experiencia de David Crockett frente a este asunto cuando él era miembro del Congreso.

Crockett era, entonces, el león de Washington. Yo era un gran admirador de su carácter y, como tenía varios amigos que cultivaban con él una relación más estrecha, no tuve dificultad alguna para conocerlo. Me fascinó su personalidad y yo parecí caerle simpático.

Me encontraba en una oportunidad en el vestíbulo de la Sala de Representantes en el momento en que se presentaba un proyecto de ley destinado a asignar una suma de dinero que beneficiaba a la viuda de un distinguido oficial naval. Se habían pronunciado varios hermosos discursos de apoyo; más, pensaba yo, porque ello permitía lucirse a quienes hablaban, que por ser necesario convencer a nadie, ya que, según me parecía, todo el mundo estaba de acuerdo con el proyecto. El presidente de la Sala estaba a punto de someter la cuestión a votación, cuando Crockett se puso de pie. Todos esperaban que pronunciara uno de sus discursos característicos a favor del subsidio proyectado.

Crockett comenzó de esta manera su intervención: “Señor Presidente: Tengo tanto respeto por la memoria del desaparecido marino y siento tanta simpatía por los sufrimientos de sus familiares, si es que sufren, como cualquiera otro integrante de esta Sala. Pero no podemos permitir que nuestro respeto por los muertos o nuestra simpatía por una parte de los vivos, nos lleven a un acto de injusticia para con el resto de los demás seres vivientes. No discutiré el hecho de que el Congreso puede carecer de facultades para destinar este dinero a un acto de caridad. Todos sus integrantes saben que es así. Como personas individuales, tenemos derecho a dar para obras de caridad todo lo que deseamos, de nuestro propio dinero; pero como miembros del Congreso, no tenemos derecho a destinar de este modo ni un solo dólar de los dineros públicos.

Se ha dicho con gran elocuencia que se trata de una deuda que tenemos para con el oficial desaparecido. Señor Presidente: el oficial desaparecido vivió muchos años después de finalizada la guerra; estuvo en actividad hasta el día de su muerte y jamás oí decir que el gobierno le adeudara sueldos atrasados. Este gobierno no puede tener otras deudas que no sean por servicios prestados y según un precio estipulado. Si se trata de una deuda, ¿a cuánto asciende? ¿Se ha determinado fehacientemente su monto? Si se trata de una deuda, éste no es el lugar donde deba reclamarse su pago o examinarse si corresponde abonarla. Si se trata de una deuda, debemos más de lo que jamás podríamos pagar, ya que deberíamos una suma igual a las viudas de cada uno de los soldados que combatieron en la Guerra de 1812.

Una vecina mía es viuda de alguien tan valiente como el que más de entre todos los que jamás llevaron un mosquete a sus espaldas. Murió combatiendo. Su viuda es tan buena, en todo sentido, como esta señora y tan pobre como ella. Se gana su pan diario con su trabajo pero, si yo presentara un proyecto de ley proponiendo beneficiarla con cinco o diez mil dólares, se reirían de mí y mi proyecto no reuniría ni cinco votos dentro de esta Sala. Existen miles de viudas en este país como la que acabo de mencionar, pero jamás oímos hablar de que se tenga una deuda para con ellas.

Señor, aquí no existe ninguna deuda. El gobierno no le debía nada al oficial fallecido cuando estaba vivo; es imposible que haya contraído esa deuda después de su muerte. No deseo ser grosero, pero debo ser claro. Todos los miembros de esta Sala saben que no se trata de una deuda. A menos que estemos dispuestos a cometer la más burda corrupción, no podemos votar la asignación de este dinero en concepto de pago de una deuda. Y no tenemos la menor autoridad para asignarla como acto de caridad.

Señor Presidente: he afirmado que en ese sentido, tenemos derecho a dar tanto de nuestro dinero como deseemos. Yo soy el miembro más pobre de esta Sala. No puedo votar a favor de esta ley pero estoy dispuesto a destinar al fin propuesto, una semana de mi sueldo, y si todos los integrantes de la Sala aceptan hacer lo mismo, reuniremos una suma mayor que la propuesta en el proyecto de ley”.

 Crockett se sentó. Nadie respondió una palabra. El proyecto se sometió a votación y, en lugar de ser aprobado por unanimidad, como seguramente hubiera ocurrido de no mediar sus palabras, recibió unos pocos votos y, naturalmente, la ley no fue sancionada.

Lo mismo que muchos otros jóvenes –y viejos también- que no habían pensado en el asunto, yo deseaba que la ley se aprobara; me sentí afrentado por el resultado de la votación y tomé la determinación de persuadir a mi amigo Crockett para que, al día siguiente, pidiera una reconsideración del proyecto. Compromisos anteriores me impidieron verlo esa noche. A la mañana temprano, me dirigí a su oficina y lo encontré dedicado a la tarea de poner direcciones y franqueo a sus cartas, de las cuales había una gran pila sobre el escritorio. Me dirigí a él de manera casi brusca preguntándole por qué demonios había pronunciado ese discurso causante del fracaso del proyecto. Sin volver la cabeza ni dejar de hacer su trabajo, replicó: “Como usted ve, estoy muy ocupado ahora; siéntese y cálmese. En pocos minutos habré terminado y entonces le daré todas las explicaciones”.

Continuó en su tarea durante unos diez minutos, y cuando acabó se volvió a mí y me dijo:

“Muy bien, mi amigo; ahora contestaré a su pregunta. Pero ello implica un cuento bastante largo y va a tener que escucharlo”. Escuché lo que me dijo y éste es el cuento: “Hace varios años me encontraba una tarde parado en los escalones del Capitolio con otros miembros del Congreso y, en ese momento, una enorme luz en Georgetown atrajo nuestra atención. Se trataba de un gran incendio. Saltamos a un carruaje y nos dirigimos al lugar con la mayor velocidad posible. Cuando llegamos, empecé a trabajar y jamás trabajé tan fuerte en mi vida como durante esas horas. Pero, a pesar de todo lo que pudimos hacer, muchas casas se quemaron y muchas familias quedaron sin hogar; sin contar que muchos de ellos perdieron todo excepto la ropa que llevaban puesta. Hacía mucho frío y cuando vi el sufrimiento de tantas mujeres y niños, pensé que algo debía hacerse en su favor, sentimiento que todos los demás parecieron compartir.

A la mañana siguiente se presentó un proyecto de ley destinando veinte mil dólares a ayudarlos. Postergamos todos los demás asuntos y nos ocupamos de éste con toda la velocidad posible. Dije que todo el mundo pensaba como yo. Pero no era realmente así  ya que, si bien todos lamentaban tanto como yo lo que les ocurría a los damnificados, algunos de los miembros del Congreso opinaban que no teníamos derecho a que nuestros sentimientos de simpatía y de caridad debieran ser traducidos en medidas que pagaran otros que no fuéramos nosotros mismos. Se opusieron al proyecto y, cuando fue aprobado, solicitaron que el voto se individualizara. No apareció el número suficiente de legisladores que ratificara su voto, pero muchos de nosotros quisimos que nuestros nombres figuraran a favor de una medida que considerábamos digna de elogio y votamos con ellos por la aprobación de la ley. Individualizados los votos a favor y en contra, mi nombre apareció en los diarios como a favor del proyecto.

Al iniciarse el verano siguiente fue tiempo de comenzar a pensar en las elecciones, siendo oportuno consultar la opinión de mis amigos del distrito. No tenía oposición allí; pero, como faltaba un tiempo para el acto eleccionario, no sabía qué podría ocurrir y pensé que convenía que mis amigos supieran que no los había olvidado y que el hecho de estar en el Congreso no se me había subido a la cabeza.

Metí un par de camisas y algo de tabaco en mis alforjas e inicié mi viaje. Después de casi una semana de estar afuera y de encontrar que todo andaba bien, un día, mientras recorría a caballo una parte de mi distrito en la que se me conocía menos que en las demás, vi a un hombre que estaba arando la tierra y se acercaba al camino. Acomodé mi paso de modo que ambos llegáramos al alambrado junto. Le hablé entonces y me respondió con cortesía pero, según me pareció, con bastante frialdad; y cuando ya se volvía a su tarea, lo detuve con estas palabras:

-No tenga tanta prisa, mi amigo; me gustaría conversar un rato con usted y que nos conociéramos mejor.

-Estoy muy ocupado y no tengo mucho tiempo para hablar pero, si es breve, puedo escuchar lo que tenga que decirme – Me contestó.

-Pues, mi amigo, soy uno de esos seres desgraciados llamados candidatos y…

-Sí, ya sé quién es usted: usted es el coronel Crockett. Lo he visto antes una vez y voté por usted cuando lo eligieron. Supongo que ahora está haciendo su campaña, pero es mejor que no pierda su tiempo conmigo. No volveré a votar por usted.

Esta era una afirmación terminante, y  le rogué que me dijera lo que pasaba.

-Pues, coronel, no vale la pena perder el tiempo o las palabras en esto. No creo que pueda tener arreglo, pero usted emitió un voto el invierno pasado que demuestra que carece de capacidad para entender la Constitución o que le falta honestidad y firmeza que guíen sus decisiones. Sea cual fuere el caso, no quiero que usted me represente. No tengo la intención de hacer uso del privilegio que todo votante tiene de hablar con claridad a un candidato, para insultarlo o herirlo. Sólo me propongo expresar que usted entiende la Constitución de modo diferente a como la entiendo yo; y quiero decirle que, a pesar de mi tosquedad, lo creo honesto… Pero no puedo pasar por alto una interpretación constitucional diferente de la mía porque, para que valga algo, la Constitución debe ser sagrada y observada estrictamente en todas sus disposiciones. El hombre que tiene poder y la interpreta mal es más peligroso cuanto más honesto es.

-Debe haber algún error en lo que usted dice, pues no recuerdo haber votado sobre ninguna cuestión constitucional el invierno pasado.

-No, coronel, no hay ningún error. Si bien vivo aquí en el bosque y raras veces voy a la ciudad, recibo los diarios de Washington y leo muy atentamente todo lo que ocurre en el Congreso. Mis diarios dicen que, el invierno pasado, usted votó a favor de un proyecto de ley destinando veinte mil dólares a los damnificados de un incendio en Georgetown. ¿Acaso esto no es verdad?

-Ya lo creo que sí, pero pensaba que ese sería un voto que nadie en el mundo criticaría.

-Muy bien, coronel: ¿adonde encuentra usted, dentro de la Constitución, la facultad para hacer caridad con los fondos públicos?

Esto también era terminante, ya que, cuando me puse a pensar en el asunto, me fue imposible recordar nada en la Constitución que lo autorizara. Pensé que me convenía tomar por otro lado y dije:

-Bueno, mi amigo, debo admitirlo. Tiene razón. Pero seguramente nadie puede quejarse de que un país grande y rico como el nuestro entregue la insignificante suma de veinte mil dólares para aliviar el sufrimiento de mujeres y niños, especialmente si nuestro Tesoro está rebosante. Estoy seguro de que si usted hubiera estado allí habría hecho lo mismo.

-No me quejo por la cantidad, coronel; lo que me interesa es el principio en juego. En primer lugar, el Tesoro no debería contar más que con lo indispensable para cumplir con sus fines legítimos. Pero eso no tiene nada que ver con el asunto. La facultad para percibir y desembolsar dinero a discreción, es una de la más peligrosas que se le puede confiar a un hombre, especialmente bajo nuestro sistema impositivo que alcanza a todas las personas del país, por pobres que sean (y, cuanto más pobres son, más es lo que pagan en relación con sus medios). Lo que es peor; soportan cargas cuyo monto ignoran, ya que no hay un hombre en los Estados Unidos que pueda adivinar jamás cuánto entrega al gobierno. Así que ya ve, mientras usted contribuye a ayudar a uno, le está sacando algo a miles que están peor que él. Si usted tuviera el derecho de dar algo, la cantidad dependería de su discreción y tendría tanto derecho a dar veinte millones como a dar veinte mil. Si usted tiene derecho a dar a uno, también tiene derecho a dar a todos y, como la Constitución no define la caridad ni estipula sumas, usted es libre de ejercer lo que usted cree y dice creer que es caridad con quien quiera, y dándole la cantidad que le parezca apropiada. Se dará usted cuenta enseguida de que esto puede abrir una enorme puerta para el fraude, la corrupción y el favoritismo, por un lado, y para robar al pueblo, por el otro. No, coronel, el Congreso no tiene derecho a hacer caridad. Sus integrantes individuales pueden dar todo lo que quieran de su propio dinero, pero carecen del derecho para tocar un solo dólar del tesoro público con ese fin. Si en nuestro distrito se hubiera quemado el doble de casas que en Georgetown, ni usted ni ningún otro congresal hubiera pensado en destinar un dólar para ayudarnos. El Congreso tiene alrededor de doscientos cuarenta miembros. Si hubieran demostrado su solidaridad donando una semana de sus sueldos, se hubiera reunido más de 13.000 dólares. En Washington y sus alrededores hay muchos hombres ricos que hubieran podido contribuir 20.000 dólares sin privarse de un solo lujo. Los congresales prefirieron conservar su dinero que, si lo que se dice es verdad, algunos no gastan de manera muy loable; y no hay duda de que los vecinos de Washington los aplaudieron, por haberlos salvado de la necesidad de dar lo suyo, dando, en cambio, lo que no era suyo y no podían dar. El pueblo ha delegado en el Congreso, por medio de la Constitución, facultades para hacer ciertas cosas. Para hacerlas, está autorizado a recaudar dinero y efectuar pagos; pero sólo para hacer esas cosas. Todo lo que vaya más allá, es usurpación y una violación de la Constitución.”

“Lo que le he ofrecido –continuó Crockett – no es sino un relato imperfecto de lo que el hombre me dijo. Mucho antes de que terminara de hablar, yo estaba convencido de haber procedido mal. Antes de terminar, el campesino me dijo:

– Así que, coronel, usted violó la Constitución en un punto que considero vital. Se trata de un precedente lleno de peligros para el país, porque, una vez que el Congreso comienza a ampliar sus facultades más allá de los límites constitucionales, ya no hay límite para seguir haciéndolo y el pueblo no se siente seguro. No pongo en duda que usted procedió con honestidad, pero eso no mejora las cosas, excepto en lo que a usted personalmente concierne y, como ve, no puedo votar por usted.

Me sentí muy mal. Me di cuenta de que, de tener oposición, si este hombre resolvía hablar, otros harían lo mismo y se acababan mis posibilidades en ese distrito. No tenía respuesta para él y, a decir verdad, estaba tan convencido de que tenía razón, que no deseaba responderle. Pero debía darle alguna satisfacción y le dije:

-“Bueno, amigo mío, dio usted en el clavo cuando dijo que no tuve el buen sentido de entender la Constitución. Pensé dejarme guiar por ella y creía haberla estudiado muy bien. En el Congreso he escuchado muchos discursos acerca de sus facultades, pero lo que usted acaba de decir junto a su arado, tiene más sentido común que todos esos lindos discursos. Si hubiera visto las cosas como usted, hubiera metido la cabeza en el fuego antes de haber votado como lo hice; y, si usted me perdona y vuelve a votar por mí espero que me peguen un tiro antes de volver a votar a favor de una ley inconstitucional.

“Riendo, él me contestó:

-“Si, coronel, ya una vez juró usted proceder así; pero le voy a tener confianza nuevamente, con una condición. Usted me dice que está convencido de haber votado mal. El hecho de reconocerlo hará un bien mayor que hacerle perder la elección. Si en su recorrida por el distrito, usted le habla a la gente de este voto y de su convencimiento de que era equivocado, no solamente votaré por usted sino que haré todo lo que pueda para que no tenga oposición y es posible que, en ese sentido, pueda ejercer alguna influencia.

-“Que me peguen un tiro si no lo hago –respondí- y para que usted se convenza de mi seriedad, dentro de ocho o diez días volveré por aquí y, si usted reúne un grupo de gente, les pronunciaré un discurso. Haga un asado y yo pagaré los gastos.

-No, coronel, aquí no somos ricos pero tenemos los recursos suficientes como para preparar una comida y hasta para invitar a quienes no los tienen. La cosecha terminará en pocos días y podremos entonces dedicar un día para eso. Hoy es jueves; lo prepararé todo para el sábado de la semana que viene. Venga a mi casa el viernes e iremos juntos; y le prometo que tendrá un grupo respetable dispuesto a oírlo.

-“Aquí estaré. Pero una cosa más antes de despedirme: quiero saber su nombre.

-“Mi nombres es Bunce.

-“No será Horace Bunce ¿verdad?

-“Así es.

-“Pues, señor Bunce, si bien jamás lo había visto, aunque usted dice que sí me ha visto a mí, sé muy bien quién es usted. Me alegro de haberlo conocido y me siento muy orgulloso de esperar que llegue a ser mi amigo. Debe permitirme estrecharle la mano antes de irme.

“Nos dimos la mano y me fui.”

 

Conocer a este hombre fue una de las cosas más afortunadas de mi vida. Bunce tenía pocos contactos con el público pero era ampliamente conocido por su notable inteligencia y por su insobornable honestidad, así como por tener un corazón desbordante de bondad y benevolencia que se evidenciaba, no sólo en palabras, sino también en actos. Era el oráculo de toda la zona y su fama se había extendido mucho más allá del círculo de sus conocidos más inmediatos. Si bien jamás lo había visto antes, había oído mucho sobre él y, de no producirse este encuentro, es muy probable que yo hubiera tenido oposición y me hubieran derrotado en las elecciones. Una cosa es cierta: ningún hombre podría hoy vencer en ese distrito con un voto de esa clase.

Llegué a su casa en el momento fijado, después de haber contado nuestra conversación a todos los grupos con los cuales me reuní y a todos los hombres en cuya casa pasé la noche, y me di cuenta de que ello hacía que la gente sintiera por mí un interés y una confianza que jamás me manifestaran antes.

Si bien me encontraba bastante fatigado cuando llegué a su casa y, en circunstancias ordinarias, me hubiera ido temprano a la cama, me quedé conversando con él hasta la medianoche, hablando de los principios y asuntos del gobierno y saqué de allí un conocimiento más real y verdadero del que recibiera durante toda mi vida anterior.

A la mañana siguiente fuimos al asado y, para mi sorpresa, me encontré con que había alrededor de mil personas reunidas. Conocí a muchos que jamás había visto antes y ellos y mi amigo me presentaron aquí y allá hasta que, por lo menos, todos supieron quién era yo.

A su debido tiempo se les comunicó que yo les dirigiría la palabra. Se reunieron alrededor de una plataforma preparada al efecto y comencé con estas palabras:

Conciudadanos: hoy me presento ante ustedes sintiéndome un hombre nuevo. Mis ojos se han abierto literalmente a verdades que la ignorancia o el prejuicio, o ambas cosas, me habían impedido ver antes. Siento que hoy puedo ofrecer a ustedes una mayor capacidad que en el pasado para presentarles buenos servicios. Estoy aquí más con el fin de reconocer mi error, que con el de lograr sus votos. El hecho de que lo reconozca se debe tanto a mí como a ustedes. Que ustedes voten o no por mí es un asunto que sólo ustedes deben resolver.

Continué hablándoles acerca del incendio y de mi voto a favor del subsidio tal como acabo de relatarlo a usted, añadiendo luego las razones por las cuales me daba cuenta de haber estado equivocado.

Terminé expresando: Y ahora, conciudadanos, resta sólo que les diga que la mayor parte del discurso que han seguido con tanto interés, no es sino una repetición de los argumentos con los cuales un vecino de ustedes, el señor Bunce, me convenció de mi error. Es el mejor discurso que he pronunciado en mi vida, pero el mérito le corresponde a él. Espero que esté satisfecho con su converso y que subirá a esta plataforma para decirlo.”

 

El señor Bunce subió al estrado y dijo:

Conciudadanos: Me da un gran placer cumplir con el pedido del coronel Crockett. Siempre lo he considerado un hombre con una honestidad a toda prueba y estoy convencido de que cumplirá fielmente con lo que hoy nos ha prometido.

Bajó de la plataforma y de esa multitud se elevó una tal aclamación del nombre de Davy Crockett como jamás he oído antes.

“No soy muy propenso a llorar pero me sentí muy tocado y noté que gruesas gotas rodaban por mis mejillas. Y puedo decirle a usted ahora que el recuerdo de esas pocas palabras en boca de un hombre tal y la aclamación sincera y de corazón que ellas provocaron, tienen mayor valor para mí que todos los honores que he recibido y toda la reputación que he logrado o jamás lograré como miembro del Congreso.

Pues bien –concluyó Crockett- ahora está usted enterado de por qué pronuncié ayer ese discurso. He hecho imprimir varios miles de copias de él y, cuando usted llegó, estaba enviándolas a mis electores.

Hay algo sobre lo que ahora deseo llamar su atención. Recuerde que propuse donar una semana de sueldo. En esa Sala de Representantes hay muchos hombres ricos; hombres que con toda tranquilidad gastan una semana de sueldo, o una docena de semanas, en ofrecer una cena o un vino si piensan que con ello lograrán algo que les interesa. Algunos de estos mismos hombres pronunciaron hermosos discursos acerca de la enorme deuda de gratitud que el país tiene para con el marino desaparecido –una deuda imposible de pagar con dinero- y de la poca importancia y valor del dinero, especialmente referido a una suma tan pequeña como diez mil dólares en comparación con el honor de la nación. Sin embargo ninguno de ellos respondió a mi propuesta. Para ellos el dinero no vale nada siempre que salga del pueblo. Pero es una gran cosa por la que la mayoría de ellos luchan, y muchos sacrifican el honor, la integridad y la justicia con tal de conseguirlo.”

David Crockett (1786-1836) fue soldado y político norteamericano, nacido en el estado de Tennessee. A las órdenes de Andrew Jackson luchó en la guerra de los cries (1813-1814) y fue dos veces diputado del estado y otras tantas miembro del Congreso (1827-1831, 1833-1835). Héroe legendario de la epopeya norteamericana, la fabulosa popularidad de que un día gozara se vio acrecentada con su romántica muerte en la batalla del Alamo (6 de marzo de 1836). Ha servido de protagonista a innumerables libros y no pocas películas de cine. En su autobiografía: “A narrative of the David Crockett”, pequeña obra clásica de la literatura norteamericana, describe con estilo llano y ameno su azarosa vida).

El texto es un estracto de “The Life of Colonel David Crockett”, compilada por Edward S. Ellis, Filadelfia, Porter & Coates, 1884.

 

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