La libertad frente al determinismo

Isaiah Berlin rechazaba el “comprenderlo todo, es perdonarlo todo”

Isaiah Berlin, nacido el 6 de junio de 1909, era un pensador liberal más interesado en la experiencia interior de los individuos, y en particular de los grandes personajes de la Ilustración y el Romanticismo, que en los grandes discursos y compromisos públicos. Podía haber sido uno de tantos estudiosos de la filosofía analítica, e incluso de las relaciones internacionales, pero eligió expresamente el ámbito de la historia de las ideas, pese a que en las universidades americanas de mediados del siglo XX, en las que era profesor invitado, cuando el psicologismo, y no la psicología, se imponía como rey absoluto. Un investigador de las ideas tenía que sentirse incómodo en un horizonte vital que concebía al ser humano como mero receptor de terapias y servicios sociales, aunque su incomodidad habría sido mayor si viviera en la Europa posmoderna, cuyas raíces afloran en esa mentalidad de individuos autosatisfechos, y supuestamente rebeldes, que detestan la Historia en su afán de desprenderse del pasado para anclarse en el presente, aunque Berlin habría matizado que pretenden volver a un pasado muy remoto. ¿Por qué la mítica Edad de Oro, a la que se asemeja el actual presente, siempre se nos ofrece como una sociedad de individuos indolentes, joviales y a la vez melancólicos, y que han renunciado a pensar para ser felices?

Berlin no sería tan recordado hoy si se hubiera limitado a concebir la libertad desvinculada de los aspectos morales, salvándolo todo con el expediente de un relativismo que bien podría presentarse con la presunta respetabilidad de una frase de Tolstoi: “Comprenderlo todo, es perdonarlo todo”. Nuestro historiador de las ideas la conocía y era capaz de desmontar su falacia, pues en el fondo es una invitación a creer que todas las ideas tienen el mismo valor, que están más allá del bien y del mal. No hace falta dar argumentos religiosos o morales: los hechos demuestran que las ideas tienen consecuencias, y algunas de ellas son trágicas. El problema es que cuando esas ideas triunfan en el poder, pocos se acuerdan de los aspectos morales. Se ha impuesto un determinismo que no admite más que la libertad de, y no tanto la libertad para. Esta última libertad era la defendida por Berlin, como condición indispensable para la existencia de una auténtica democracia.

Los análisis de aquel detective de las ideas llamado Isaiah Berlin, le llevaron una vez a concluir que Hegel y Marx, y por supuesto el utilitarista Bentham, habrían considerado a Don Quijote como absurdo e inmoral. Es de una lógica aplastante porque, bajo el comunismo o cualquier ideología con pretensiones totalizadoras, la moral y el bien son lo que tienen éxito. Berlin reprochaba a un historiador  como E.H. Carr, cuyo utopismo realista desembocaba en la “originalidad” de apoyar a Stalin, que de sus obras se saque la conclusión de que sólo vale la pena escuchar a los vencedores. Quien tiene autoridad para hablar así, suele ser porque ha vivido una experiencia personal, porque de otro modo sería más cómodo adherirse a los dogmas oficiales. La experiencia era la del niño judío Isaiah, de siete años, al que le había quedado la imagen de un policía zarista llevado a empellones por las calles de Petrogrado, durante la revolución de febrero de 1917. Los ojos aterrorizados de aquel hombre le vacunaron para siempre contra los experimentos políticos basados en la violencia física o moral.

 

Por Antonio R. Rubio Plo
Analista internacional.

One Response

  1. PAZZZ Y AMORR,, Y EL PLUS PAL SALON😀

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