Es imposible exagerar la importancia del sistema electoral

Un importante hombre del entorno de Macri me explicaba años atrás porqué Mauricio tendría éxito político debido a dos características: “Por el éxito en Boca y por ser el hijo del Capo, y eso a la gente le gusta”. La frase se grabó en mi memoria por el agregado “… a la gente le gusta”. Tal vez, lo que imagina la gente es que para poder tener éxito en la política Argentina es necesario ser capaz de lidiar con las “mafias enquistadas en el poder”, sean los sindicatos, las corporaciones de empresarios y los banqueros prebendarios  o las corporaciones políticas.

“Para entrar en la política en Argentina es necesario tener un padrino” comentaba poco tiempo atrás Guillermo Vilas quien deseaba acercarse a Scioli para que lo introdujera en el mundillo de la política.

Tal vez no sea casualidad que en ambos casos se utilice el lenguaje de las mafias italianas. El “padrino” es alguien a quien una persona jura lealtad, besa su anillo en señal de sumisión y a partir de allí recibe su protección y pasa a ser miembro de su cofradía con todos los beneficios que eso pueda aportarle.

Nos guste o no, así funciona la política en nuestro querido país, sea en el oficialismo, en el resto del peronismo, en la Coalición Cívica, en Recrear, en el PRO… El mandamás de turno es el dueño de la lapicera con la cual llena las listas-sábana con todos los candidatos que alcanzarán un cargo como concejal, legislador porteño, diputado, senador.  Es la misma lapicera con la que reparten los puestos y subsidios públicos. El candidato sólo ingresa a la lista sábana si logra demostrar lealtad al dueño de la lapicera. Una vez que alcanza el cargo electivo obtiene una serie de privilegios: diez o más asesores pagos, fondos discrecionales para repartir a ONG`s amigas, pensiones graciables y premios por el estilo. Luego, si siguen demostrando lealtad creciente, pueden adquirir nuevas ventajas: un cargo en una comisión parlamentaria viene acompañado de más asesores pagos; si uno es Jefe de Bloque puede, además, negociar el reparto de ñoquis en la Biblioteca del Congreso o en otras reparticiones, o planes descansar (seriamente no se los puede llamar “planes trabajar”) para pagar punteros en las villas.

La única manera de romper el status quo de la cofradía es cambiar el sistema electoral para eliminar las Listas-sábana. En el Instituto de Pensamiento e Investigación del Foro Republicano, luego de un año de trabajo, creemos y hemos hecho público que el mejor sistema es el Voto Único Transferible (tanto el Irlandés como Australiano) y, como segunda opción, el sistema de elección por Circunscripciones Uninominales (EE.UU.) o Binominales (Chileno).

En cualquiera de estos tres sistemas los electores, es decir los soberanos, deben votar por personas en lugar de por listas. De esta forma, el candidato que quiera competir no necesita que el mandamás de turno lo agregue en la lista.  En cambio, necesita el voto de la gente.

La diferencia es sustancial.  En el caso argentino, todos los políticos ocupan gran parte de su tiempo en negocia (tranzar) hacia adentro del partido tratando de complacer o acercarse al dueño de la lapicera que es el GRAN ELECTOR (soberano apócrifo). Así, el sistema político argentino se puebla de lo que Ayn Rand llama “hombres mercancía” y “mercaderes de hombres”.

En otros países, en cambio, los candidatos ocupan gran parte de su tiempo en caminar su territorio, dar charlas, participar en debates públicos.  Otra porción sustancial de su día la ocupan en lograr financiamiento de empresarios, amigos y simpatizantes.  Por lo tanto, el trabajo hacia adentro del partido es completamente marginal. De ese modo, los candidatos en esos contextos y sistemas deben ser brillantes oradores, capaces de montar una gran organización y convencer a la gente no sólo para que los vote sino también para que financien su campaña. En Argentina, en cambio, les basta con demostrar lealtad y levantar la mano cuando se lo indiquen.  La única excepción quizás sea el primero de la lista que, en general, debe tener una buena imagen mediática para tapar todo lo que viene debajo…

De este modo, en el caso argentino, los candidatos deben su elección y su lealtad al GRAN ELECTOR o Jefe partidario (soberano apócrifo); mientras que en el resto de los casos mencionados deben su lealtad y su elección a los empresarios y aportantes en general, a los simpatizantes y a los votantes, es decir, a su electorado (verdadero mandante).

INTERNAS ABIERTAS Y SIMULTÁNEAS

Para completar la apertura política es indispensable también cambiar el sistema de elecciones internas. La mayor parte de los partidos en Argentina son unitarios, verticalistas y anti-republicanos. No se distingue en esta caracterización el oficialismo de la oposición: prácticamente ninguno hace internas. El mandamás elige a todos los candidatos e interviene el distrito donde no le gusta lo que ocurre, como hizo Macri en Catamarca o en la provincia de Buenos Aires, y luego negocia a puertas cerradas con otros capos partidarios como de Narvaéz, Solá… Del mismo modo que Carrió digita con los capos de la UCR, el socialismo o el ARI, Unión por Todos.

Como es lógico, quienes creen ser buenos candidatos y no son elegidos por los jefes partidarios, tienen un gran incentivo para hacer su propio partido.  Esto explica porqué hay más de 700 partidos en Argentina.

Desde hace 8 años escuchamos las mismas excusas para no hacer internas: “es un partido joven”, “somos muy pocos”, “tenemos miedo a los aparatos partidarios de otros partidos”, “los punteros” y, en general, el sempiterno miedo al omnipresente peronismo. Pero son sólo excusas. Lo cierto es que las internas cerradas, las pocas veces en que se dignan convocarlas, son mucho más fáciles de controlar con unos pocos punteros, mientras que las internas abiertas no son controlables por el aparato. Y si fueren simultáneas en todos los partidos, como lo establecía la ley,  ningún político distraería parte de su capital electoral para intervenir en otro partido porque estaría plenamente ocupado en su propia interna, a sabiendas que muchas veces las elecciones se definen por pocos votos.

Las primarias norteamericanas nos mostraron cómo un desconocido OBAMA puede en pocos años ser Senador y luego vencer al apellido más poderoso del partido demócrata,  Clinton. Lo mismo entre los republicanos: Mc Cain, quien se ubicaba quinto en las encuestas, logró encaramarse en el primer lugar. Sin irnos tan lejos, nuestros vecinos uruguayos también disfrutan de elecciones primarias. 

En conclusión podríamos decir que la política argentina actual luce como una vieja casona en penumbras, semiderruída, con las ventanas y las persianas tapiadas, con un olor rancio en su interior y matones que cuidan la única, estrecha, puerta de entrada. La reforma que proponemos conlleva abrir puertas y ventanas, ventilar el ambiente para que huela a libertad y permitir que surjan los nuevos agentes del cambio. 

Es imposible exagerar la importancia del sistema electoral

 

Un importante hombre del entorno de Macri me explicaba años atrás porqué Mauricio tendría éxito político debido a dos características: “Por el éxito en Boca y por ser el hijo del Capo, y eso a la gente le gusta”. La frase se grabó en mi memoria por el agregado “… a la gente le gusta”. Tal vez, lo que imagina la gente es que para poder tener éxito en la política Argentina es necesario ser capaz de lidiar con las “mafias enquistadas en el poder”, sean los sindicatos, las corporaciones de empresarios y los banqueros prebendarios  o las corporaciones políticas.

 

“Para entrar en la política en Argentina es necesario tener un padrino” comentaba poco tiempo atrás Guillermo Vilas quien deseaba acercarse a Scioli para que lo introdujera en el mundillo de la política.

 

Tal vez no sea casualidad que en ambos casos se utilice el lenguaje de las mafias italianas. El “padrino” es alguien a quien una persona jura lealtad, besa su anillo en señal de sumisión y a partir de allí recibe su protección y pasa a ser miembro de su cofradía con todos los beneficios que eso pueda aportarle.

 

Nos guste o no, así funciona la política en nuestro querido país, sea en el oficialismo, en el resto del peronismo, en la Coalición Cívica, en Recrear, en el PRO… El mandamás de turno es el dueño de la lapicera con la cual llena las listas-sábana con todos los candidatos que alcanzarán un cargo como concejal, legislador porteño, diputado, senador.  Es la misma lapicera con la que reparten los puestos y subsidios públicos. El candidato sólo ingresa a la lista sábana si logra demostrar lealtad al dueño de la lapicera. Una vez que alcanza el cargo electivo obtiene una serie de privilegios: diez o más asesores pagos, fondos discrecionales para repartir a ONG`s amigas, pensiones graciables y premios por el estilo. Luego, si siguen demostrando lealtad creciente, pueden adquirir nuevas ventajas: un cargo en una comisión parlamentaria viene acompañado de más asesores pagos; si uno es Jefe de Bloque puede, además, negociar el reparto de ñoquis en la Biblioteca del Congreso o en otras reparticiones, o planes descansar (seriamente no se los puede llamar “planes trabajar”) para pagar punteros en las villas.

 

La única manera de romper el status quo de la cofradía es cambiar el sistema electoral para eliminar las Listas-sábana. En el Instituto de Pensamiento e Investigación del Foro Republicano, luego de un año de trabajo, creemos y hemos hecho público que el mejor sistema es el Voto Único Transferible (tanto el Irlandés como Australiano) y, como segunda opción, el sistema de elección por Circunscripciones Uninominales (EE.UU.) o Binominales (Chileno).

 

En cualquiera de estos tres sistemas los electores, es decir los soberanos, deben votar por personas en lugar de por listas. De esta forma, el candidato que quiera competir no necesita que el mandamás de turno lo agregue en la lista.  En cambio, necesita el voto de la gente.

 

La diferencia es sustancial.  En el caso argentino, todos los políticos ocupan gran parte de su tiempo en negocia (tranzar) hacia adentro del partido tratando de complacer o acercarse al dueño de la lapicera que es el GRAN ELECTOR (soberano apócrifo). Así, el sistema político argentino se puebla de lo que Ayn Rand llama “hombres mercancía” y “mercaderes de hombres”.

 

En otros países, en cambio, los candidatos ocupan gran parte de su tiempo en caminar su territorio, dar charlas, participar en debates públicos.  Otra porción sustancial de su día la ocupan en lograr financiamiento de empresarios, amigos y simpatizantes.  Por lo tanto, el trabajo hacia adentro del partido es completamente marginal. De ese modo, los candidatos en esos contextos y sistemas deben ser brillantes oradores, capaces de montar una gran organización y convencer a la gente no sólo para que los vote sino también para que financien su campaña. En Argentina, en cambio, les basta con demostrar lealtad y levantar la mano cuando se lo indiquen.  La única excepción quizás sea el primero de la lista que, en general, debe tener una buena imagen mediática para tapar todo lo que viene debajo…

 

De este modo, en el caso argentino, los candidatos deben su elección y su lealtad al GRAN ELECTOR o Jefe partidario (soberano apócrifo); mientras que en el resto de los casos mencionados deben su lealtad y su elección a los empresarios y aportantes en general, a los simpatizantes y a los votantes, es decir, a su electorado (verdadero mandante).

 

INTERNAS ABIERTAS Y SIMULTÁNEAS

 

Para completar la apertura política es indispensable también cambiar el sistema de elecciones internas. La mayor parte de los partidos en Argentina son unitarios, verticalistas y anti-republicanos. No se distingue en esta caracterización el oficialismo de la oposición: prácticamente ninguno hace internas. El mandamás elige a todos los candidatos e interviene el distrito donde no le gusta lo que ocurre, como hizo Macri en Catamarca o en la provincia de Buenos Aires, y luego negocia a puertas cerradas con otros capos partidarios como de Narvaéz, Solá… Del mismo modo que Carrió digita con los capos de la UCR, el socialismo o el ARI, Unión por Todos.

 

Como es lógico, quienes creen ser buenos candidatos y no son elegidos por los jefes partidarios, tienen un gran incentivo para hacer su propio partido.  Esto explica porqué hay más de 700 partidos en Argentina.

 

Desde hace 8 años escuchamos las mismas excusas para no hacer internas: “es un partido joven”, “somos muy pocos”, “tenemos miedo a los aparatos partidarios de otros partidos”, “los punteros” y, en general, el sempiterno miedo al omnipresente peronismo. Pero son sólo excusas. Lo cierto es que las internas cerradas, las pocas veces en que se dignan convocarlas, son mucho más fáciles de controlar con unos pocos punteros, mientras que las internas abiertas no son controlables por el aparato. Y si fueren simultáneas en todos los partidos, como lo establecía la ley,  ningún político distraería parte de su capital electoral para intervenir en otro partido porque estaría plenamente ocupado en su propia interna, a sabiendas que muchas veces las elecciones se definen por pocos votos.

 

Las primarias norteamericanas nos mostraron cómo un desconocido OBAMA puede en pocos años ser Senador y luego vencer al apellido más poderoso del partido demócrata,  Clinton. Lo mismo entre los republicanos: Mc Cain, quien se ubicaba quinto en las encuestas, logró encaramarse en el primer lugar. Sin irnos tan lejos, nuestros vecinos  uruguayos también disfrutan de elecciones primarias. 

 

En conclusión podríamos decir que la política argentina actual luce como una vieja casona en penumbras, semiderruída, con las ventanas y las persianas tapiadas, con un olor rancio en su interior y matones que cuidan la única, estrecha, puerta de entrada. La reforma que proponemos conlleva abrir puertas y ventanas, ventilar el ambiente para que huela a libertad y permitir que surjan los nuevos agentes del cambio.

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